miércoles, 19 de diciembre de 2012

Hay una sola


   Estoy aprendiendo a esperar. Esperar que las cosas sucedan, y si no suceden, al menos sacar algo provechoso de la mera espera.
   Paradójicamente, mi vida, íntimamente ligada al tiempo, está más relacionada a la espera que a las esperanzas. En la raíz de los términos esté, quizás, el significado necesariamente mutuo de ambas nociones; porque sin esperanzas, ¿qué se espera? Esperar no implica movimiento, pero muchas veces moviliza.
   Previo a mi última sesión de terapia, tuve que esperar y elegí reparar en una imagen que comenzó a producirse casi mágicamente frente a mis ojos. Yo, solo, estaba quieto –esperando- en uno de los sillones; en frente mío, una bella madre y su hijito de no más de 7 años, completaban el escenario, que se adornaba con algunos libros, una luz tenue y algunos muebles algo antiguos, dignos de una sala de espera de terapia; algo así como la espera para la esperanza.
   Primero, debo admitir, quedé asombrado por la simple belleza de la madre, que se hacía aún más interesante con dos grandes anteojos que configuraban su rostro, dotado de una amplia y blanca sonrisa, de manera ideal. El niño, evidentemente, era su hijo; sus rastros lo delataban.
   Primero comenzaron leyendo un libro de colores, pero evidentemente, el nene quería algo más complejo. Apenas pasaron segundos cuando ella sugirió: “Una revista de animales. ¿Vamos a leerla?”, y el nene asintió entusiasmado. Y comenzó lo que para mí serían, más que minutos de espera, momentos de paz, de significación y de contemplación.
   Es cierto que hay excepciones, pero en las generales, las madres –siempre hablando en la cultura occidental y en madres de lo que vulgarmente se conoce como “clase media”- tienen el don de educar, de guiar, de mostrar caminos; de comenzar a mostrar a sus hijos las alternativas de lo que es el complejo mundo donde vivirán por, esperan, muchos años.
   Esta no era otra imagen que esa: mientras ella leía, con un tono casi de maestra jardinera, lleno de onomatopeyas, sonrisas cómplices y variaciones pedagógicas de la voz, el nene completaba cada frase, cada dibujo y cada momento con una sonrisa que cerraba perfectamente esa suerte de simbiosis que sólo un vínculo como el de madre-hijo puede hacer posible. Yo, mientras, miraba feliz, con algún dejo de ilusión y remembranza tal vez perdido en el tiempo.
   Los minutos de espera, por suerte, siguieron pasando, como fueron sucediéndose, también, las sonrisas de ambos y los aprendizajes, míos y del niño; también, quizás, de la madre.
   En ese contexto, no era menor el hecho de que ambos estaban, al igual que yo, esperando que su terapeuta los llamara para su turno; eso le ponía a la situación el necesario ingrediente de conflictividad propio de cualquier vínculo de esa índole y casi necesario para mi observación.
   Pensé, por un momento, en generar algo así como un estado de situación; y, entonces, me imaginé a una joven madre recientemente separada –la mujer no tenía más de 35 años-, llevando a su hijo a terapia para poder asimilar la falta del padre que, presente o no, podía condicionar su crecimiento armónico. Así pensado, ella era la heroína total de la película y el cuadro era sencillamente inigualable.
   Eso, ciertamente, le otorgaba a la escena un matiz invalorable y sublime; podía sentirme parte de esa historia; creía poder encontrar en ella alguna similitud, alguna extraña y propia complejidad que hacía aún más maravilloso el lugar, el rol, el papel, de ella, la madre, en todo este engranaje de relaciones.
   No hay nada en nuestra cultura como la relación madre/hijo; nada se equipara y nada llega hasta esas dimensiones impensadas y maravillosas. La espera para una terapia “de pareja”, no era otra cosa que la reafirmación de esa noción, y no podía sino conmoverme tanto que no emití sonido durante los 20 minutos de espera –algo difícil para mí-.
   Una foca –o un lobo marino-, un león –o un tigre-, rojo o azul o violeta, verde, amarillo, naranja… todos eran conceptos que el niño estaba reafirmando de la mano de su madre, que pacientemente –casi como una metáfora del momento- le enseñaba con una devoción y un amor dignos de una escena publicitaria.
   Hasta que mi terapeuta bajó y me llamó; ellos dos, sumergidos en su mágico inframundo de animales y sonrisas, siguieron construyendo un lazo inviolable.
   Probablemente, en unas semanas más, el chico no recuerde ese momento; a la madre, tal vez, le llevará algunos meses más que su mente borre o al menos filtre este episodio quizás repetido y rutinario. Yo, por mi parte, pude sentirme un privilegiado; estando casi sin estar, presencié algo tan simple como maravilloso y reviví, como hacía mucho no lo hacía, la insuperable sensación de sentir el amor de una madre.

4 comentarios:

  1. Mientra esperamos con mamà en la sala de esperas me aburro, ella lo sabe, ella siempre sabe todo. Hoy cuando salimos del cole la hice enojar, me dijo que no abriera la gaseosa y lo hice…y aunque se que se enojo, también se que se divirtió mucho cuando la coca cola salio disparada como si fuera el chorro de una manguera.
    Ahora tenemos que esperar…y mientras lo hacemos ella me muestra una revista de animales…es maravilloso cuando los describe…el león es mas grande y la jirafa es mas alta.
    Él nos mira…esta como hipnotizado …se que le gusta lo que ve y escucha. Mientras mami me habla de la velocidad de los leopardos él puede imaginarlos como los imagino yo…que lindo es verlo sonreír en secreto…porque como es grande le debe dar vergüenza que le gusten los leopardos…
    Mi mamà me ama…eso dice la seño…lo que ella no sabe, es que yo ya lo se.
    Se abrió la puerta y lo llamaron a terapia…pobre…y vino solo…yo por suerte vine con mamà.
    No puede decírselo porque nunca nos hablo, pero me gusto que mami nos contara a los dos sobre animales…él seguro recordaba a su mama, y yo se que su mamà estaba ahí, a su lado, porque las mamas siempre están cerca de la forma que sea.

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    1. Cuánta verdad... gracias por tomarte la molestia de comentar

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