Soles más, soles menos, esa es la diferencia monetaria entre ser viajero de segunda y de tercera en el tren que une la majestuosa ciudad de Cuzco con Aguas Calientes, o Ciudad de Machu Picchu. Apenas 11 dólares, una cifra en términos relativos insignificante, pero en cuestiones relacionadas al servicio tranviario cruciales, definitorias.
Todo mi viaje a Perú, hasta ese momento,
estuvo enmarcado en algo parecido –a grandes rasgos- con lo que se puede
entender como un “viaje semi gasolero”, excepto la excursión al templo sagrado
de Machu Picchu; ésta es una excursión, además de obligada en el itinerario de cualquier
pasajero que vaya a esos lados, mágica, maravillosa, dueña de una energía
sublime. Por todo eso, ir se hace una cita obligada y como toda cita obligada
cuenta con varios condicionantes de mercado que la hacen, además, costosa.
Tanto el hotel
más caro de todo Cuzco como el hotel que yace en la superficie misma del
mencionado templo y el servicio de tren más popular –por lo conocido- que llega
hasta Aguas Calientes, pertenecen –los hoteles- y está administrado –el tren-,
como muchos podrán imaginarse, a capitales ingleses. Esto implica, claro,
puntualidad, limpieza e infraestructura acorde a las demandas implícitas de la
mayoría de personas que acceden a este servicio.
Admito que la
idea de saber que el servicio era brindado por capitales ingleses, a priori, no
me gustó, pero traté de pasarlo por alto. Y, afortunadamente, tuve la
posibilidad de viajar en los dos servicios más económicos –el otro, de un lujo
casi recalcitrante, tiene un valor inmensamente mayor y nunca estuvo en mis
planes- y poder comprobar en menos de 30 horas la cara más cruel del mercado,
esa que siempre está presente pero que a veces se camufla con colores y música
fuerte.
Repito, para
volver al concepto, que entre el viaje en segunda y el de tercera la diferencia
es de 11 dólares, y es por ello que es inaceptable –de cualquier modo lo sería-
el nivel de degradación al que se expone a los pasajeros.
Y lo más grave no son las diferencias en
cuanto a las comodidades –las cuales son previsibles- sino la actitud de
personal. El itinerario en el tren B era el siguiente: primero traían la
comida, luego de un rato pasaban a vender bebidas “extra” y, minutos más tarde,
merchandise alusivo; y, además, a poco de iniciado el viaje la voz en off
anuncia que en luego de unos minutos se servirá un lunch.
En el C, por
darle una letras alegórica, no sólo que el aviso del snack nunca llegó sino
que, además, el orden de los factores buscaba alterar el producto, seguramente
a fin de recuperar algo de los miserables 11 dólares que separan un servicio
del otro. Entonces, lo primero es la venta de las bebidas “extra”, pequeña y
cruel estrategia.
Honestamente,
no tenía ni el más mínimo interés en gastar nada de más en ese servicio; porque
es de capitales ingleses, porque me dan culpa algunos gastos innecesarios y
porque, además, sospechaba la inminencia de un servicio gratuito.
Y no tuve mejor
idea que preguntarle al camarero, cuando me ofreció las bebidas con buen tono y
sonrisa acorde, si más tarde iban a servir algún snack. “¿Gratis?”, me remarcó,
“Sí”, le dije, tragando saliva para no decirle “No, gratis nada. Yo pagué por
este servicio el dinero que vale”. Pero entrecerré los ojos y me dijo que sí.
Pero eso,
claro, no fue todo. Luego de media hora, después de que el vagón B sirviera sus
alimentos, obviamente, el camarero fue asiento y, al llegar al mío, me dijo “¿Qué
quiere de tomar, gratis?”, y me dio las posibilidades. Elegí y, a los pocos
segundos, le dije a mi amigo, al lado mío; “¿Me dijo gratis?; “Sí”, me dijo, y
le explique por qué me lo había dicho. Ahora bien, ¿Es necesario remarcar algo así? ¿Qué macabras órdenes sigue este
muchacho para tratar así a la gente?
Acto seguido,
la parada obligada en Ollantaytambo, una pequeña población en la que ya
habíamos parado en la ida y la cual había bajado para hacer algunas compras sin
restricción alguna. La parada, en el tren C, también fue en Oallantaytambo, y,
con algo de sed y arrogando el derecho que tuve en el viaje de ida, traté de
bajar, no sin la interrupción del uno de los camareros –no sé si el mismo- que
me dijo que no podía bajar, y que, en el mejor de los casos, podía quedarme
literalmente abajo del tren, en el andén, a esperar, quieto, la partida. Dejé de
tragar saliva, hice valer mi moderado derecho y fui a comprar con la
advertencia de que fuera rápido porque, caso contrario, el tren seguiría viaje.
No es menor
mencionar que esta desagradable situación, claro está, pasó -y seguirá pasando,
lamentablemente- en un servicio que, vale mencionar, no es precisamente
consumido por indigentes y que, en todo caso, hace alusión a algo así como una
comodidad que perfectamente podría no elegirse dada la existencia de otras
formas alternativas de llegar a Machu Picchu –buses, Camino del Inca, etc.-.
El destrato, ese incordioso personaje aparece
en todos lados; hasta en tierras sagradas dotadas de una paz y una energía
inigualables. Y todo por una hamburguesa completa, con papas y gaseosa.
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