Hace rato que vengo pensando en la idea de escribir sobre los ruidos; me parecía un tema interesante, con muchas aristas y significados que lo enriquecían y le daban matices muy variables. Estuve cerca, a minutos, a días, pero recordé la canción de Sabina, “Ruidos”, y desistí.
En este momento
estoy solo, tranquilo, salvo algunas voces lejanas, en el patio del hostel de
Lima, al lado de la espantosa calle de las Pizzas, en el coqueto barrio de Miraflores,
interrumpe el sonido de los bichitos de luz que, de todas formas, se ensaña en
meterse entre algunas charlas y lejanos temas de reaggeton más llenos de “mami”
y “papi” que la boca de un nene que recién empieza a hablar.
Una de las cosas
que signaron este viaje, bien pudieron haber sido los ruidos. Su presencia, su
ausencia, sus razones y sus implicancias; y sus consecuentes sufrimientos.
El “progreso” es
ruido, pero también el retraso que deviene de ese progreso. Ya había
experimentado una sensación similar cuando estuve en Mexico y, en la plaza
principal, justo atrás del Museo de Bellas Artes, valga paradoja, los fines de
semana de enero, al menos, se montaba una suerte de parque de diversiones
municipal con todos los artificios que existen en el mundo del consumo más
bajo; gente gritando, un locutor arengándolos como si fueran animales, tratando
de sacar de sí esa animalidad que los hace vivir más cerca del instinto que de
la razón; luces, muchas luces, muchos colores, juegos para niños, para no tanto
y, sobre todo, la locura, pero la locura manifiestamente generada, que es algo
así como la forma que toman estas prácticas culturales tan ajenas al buen gusto
y la reflexión.
Así,
atemperadas, las masas son funcionales al sistema y así todo se regenera y se
degenera en un sentido unilateral e indivisible.
Ahora, en Perú,
también viví varias sensaciones ligadas a los ruidos; tanto en Cuzco como en
Lima y, obvio, en Machu Picchu.
Ruido y “progreso”
Las esquinas
suelen ser los lugares más ruidosos de las cuadras; porque convergen allí dos
calles, porque no hay nada que atenúe la propagación de los sonidos y porque
sí, ni más ni menos. Allí, a una esquina, en un primer piso de una esquina de
las más transitadas del Cuzco más profundo y triste, daba la ventana del hostel
de Cuzco, aceptable de no ser por ese detalle.
Llegamos el
sábado 30 de diciembre, vísperas alargadas del fin de año, y no se podía vivir. Si
se pensaba que Argentina es el país donde más irresponsablemente se usan las
bocinas, comprobé, con furia y absorto, que no.
Para mi sorpresa, en Cuzco viven más de 600
mil personas, y no creo que menos de 75 por ciento no pase al menos una vez por
día por esa bendita arteria, que a esta altura no le vendría mal un stent. El tránsito,
de por sí ruidoso, se combina con millones de bocinazos por segundo; bocinazos
cortos, irritantes, y sin sentido alguno; tocan bocina aún cuando no lo
necesitan y lo hacen a cada rato.
No contento con
eso, tanto el 30, como el 31 y el 1 de enero, un animador, así como sucedía en
la plaza de México, animaba, arengaba y ofrecía “tres uvas, un sol” o “dos mil
dólares, un sol” incansablemente durante varias horas; el consumo, la búsqueda
última de todo, en este caso, se producía a veces por repetición.
Además, para sumar a mi idea de escribir, luego pregunté y lo que ofrecía en la segunda opción era un falso manojo de papel pegado y pintado como si fueran dólares por un sol; una crueldad innecesaria, estúpida y funcional.
Además, para sumar a mi idea de escribir, luego pregunté y lo que ofrecía en la segunda opción era un falso manojo de papel pegado y pintado como si fueran dólares por un sol; una crueldad innecesaria, estúpida y funcional.
Además de eso,
toda la tarde y hasta entrada la madrugada, por el parlante, que daba
exactamente a la ventana, sonaban canciones de cumbia peruana provistas algunas
de letras violentas y sin sentido que le daban al escenario sonoro tintes macabros.
Ahora cesaron
las charlas a mi alrededor, y sólo quedan los bichitos de luz más valientes
haciéndole frente a las canciones, cada vez más audibles y variadas.
Estamos en una
calle de las perpendiculares a la de la Pizza, como ya mencioné antes, y en esa
calle, están haciendo un trabajo de refacción total. Mi ventana, otra vez,
claro, da a esa calle en la que desde las 6 de la madrugada retroescavadoras y
demás artefactos no paran de taladrar lo que queda de la ya inexistente calle
Bellavista.
Más allá de
algún enojo y alguna risa irónica, rescato la riqueza de esta experiencia; la
claridad con que se muestra ante mis ojos –mis oídos, en rigor- las dos caras
de la misma moneda. Por un lado, el
ruido como amansador, somnífero y droga; por el otro, como sinónimo de cambio,
de “progreso”.
El silencio "productivo"
Quise llorar y
no pude; no me sale. Pero me recorrieron por el alma muchas de las más
maravillosas sensaciones cuando, por unos minutos me senté en una parte del
templo de Machu Picchu para contemplar la inmensidad de lo que estaba ante mis
ojos y mi corazón.
En psicología se
habla siempre de la tensa convivencia de las pulsiones de vida y de muerte; de
Etos y Tánatos; de lo angustiante que es tener en nuestro disco rígido la
certeza de que algún día, esta vida va a terminar y lo maravillosamente digno
que puede ser vivir para camuflar esa pena.
Entre tanto
placer, admito, también pensé en morir; y no lo pensé como algo definitivamente
malo. ¿Qué más podía pedirle a la vida después de haber sentido lo que sentí? Así
como la oscuridad en el caso del relato del insecto, la muerte también es
silencio y ausencia, permanente ausencia. Y paz, teóricamente, para las
religiones que desean que así sea el “descanso” –esperanzadora forma de invitar
a pensar que todo continúa cuando uno “despierte allá arriba”-.
Sentí paz, sentí
soledad, sentí silencio y, en lugar de oscuridad, sentí la más maravillosa de
las luces; el sol y el cielo, de un azul impactante. Nada me faltaba para morir,
para desdramatizar la muerte, salvo vivir.
Si el progreso es ruido, la paz es silencio; por
ende, el progreso nunca conduce a la paz.
Este axioma funciona
con una crueldad a veces dolorosa, pero es tan cierto que siguen pasando las
modas y los años y cada vez más ruidos nuevos se producen como sinónimos del progreso;
ruidos que, como casi todo, molestan al principio pero después entran en
nuestra mente y se quedan a vivir allí armoniosamente, sin poder despertar la
menor crítica, queja o esperanza de cambio.
El silencio, en
cambio, no espera nada para producirse. Está, puede estar; existe, a pesar de todos; es la no producción,
la paz, la calma y el ideal.
Me pierdo por un momento en tu escrito….ruidos, silencios, vida, muerte, paz…
ResponderEliminarTe imagino sentado frente a tu neet (progreso), rodeado de esos bichitos de luz, luciérnagas que brillan de un modo específico en cada especie y cada forma de brillar es una señal óptica que las ayuda a encontrar posibles parejas.
Me pregunto si en Perú las luciérnagas son ruidosas o estabas acompañado también de varios grillos que estaban ahí con el solo objetivo de distraerte de esos reaggetones agobiantes ?????
Por un momento estoy tan abstraída por la imagen mental que me genera tu relato, que no es hasta que suena el teléfono, que tomo conciencia de todos los ruidos que tengo a mi alrededor, las chicharras que me dicen cuanto calor hace, el ruido de un ventilados prendido hace horas, el sonido lejano de una soldadora y mas ruidos de los que no logro identificar su origen.
Creo que hay ruidos y ruidos….también creo que toman otra significación dependiendo de cómo estemos parados dentro de nuestra eterna lucha entre Eros y Tánatos.
Somos la única especie conciente de que vamos a morir….y de nuestros deseos depende que la idea de la muerte no se transforme en una realidad agobiarte. El deseo y su permanente cambio es lo que marca la diferencia y le da sentido a esta vida , a la que fuimos arrojados sin pedirlo y de la cual nos iremos, sin saber cuando.