martes, 11 de diciembre de 2012

El miserable contagio cotidiano

   Ninguna enfermedad está excenta del contagio y nadie debe estar del todo desprotegido si quiere seguir "sano"; sano en términos médicos y en términos sociales, que no es lo mismo pero enfocados desde una óptica puede parecer algo similar.
   Este artítculo está escrito hoy, pero bien pudo haberlo estado hace meses, años o, bien dentro de meses o años. Su lectura carece de una temporalidad definida y me atrevo a decir que va a seguir teniendo vigencia por mucho tiempo más.
   El, a mi entender, excesivo tratamiento de determinados temas en casi todos los medios tiene una incidencia directa, además de en el humor social de la gente, en los actos de una sociedad que, por pertenencia, contagio o simple imitación, reacciona de la peor manera.
   No es casual -no puede serlo- que a cada episodio lamentable lo sucedan una indetermimnada cantidad de episodios similares. Presas de un mundo sin identidad, en donde los límites propios están cada vez más dispersos y difusos, las personas tienden a imitar, siempre, las peores actitudes de los demás.
   Después de cada hecho de envergadura con determinadas características macabras, por lo general, es previsible que durante algún tiempo se prolonguen situaciones similares en diferentes lugares del planeta y, aquí, meros consumidores y expectadores de realidades que nos sobrepasan, hacemos lo imposible por sentirnos parte.
   La globalización lo es todo; la propia identidad, casi nada. El permanente taladreo de determinados temas -en su mayoría del tipo policial tipo robos, crímenes, estafas, saqueos, etc..- suele tener un correlato en nuestra realidad cotidiana, generando así una especie de espiral de violencia que hace aún más compleja de lo que de por sí lo es, la sana convivencia.
   Y no es sólo en los ejecutores de los delitos en quienes se genera este contagio. También se genera un pánico ulterior en el seno mismo de la sociedad, que ve demonios donde no hay; que genera miedos en lugares antes no concebidos y que, en definitiva, termina cayendo en un intricado círculo de aislamiento que nada tiene que ver con el vivir en sociedad.
   La falta de cuidado, de prudencia, a la hora de tratar temás delicados, complejos y conflictivos, tiene un exacto correlato en la desemdida exaltación de la primicia como valor supremo del periodismo. Las imágenes fuertes no tienen análisis previos, no pasan por el necesario filtro editor que las haga más comprensibles, asimilables y, en definitiva, digeribles para un público estratégicamente interesado en los golpes de efecto.
   Ayer fueron matanzas y masacres; hoy, saqueos; mañana, tal vez, sean estafas o nuevas modalidades de delitos que se propagarán en todas partes del mundo y se querrán, erróneamente, analizar y tratar con la lógica de cada país, como si la globalización únicamente fuera un fenómeno exógeno pero a su vez intrincado en el seno de sociedades con más cosas para perder que para ganar.
   Educar es, como siempre, la mejor alternativa. Pero, ¿qué implica educar? ¿Implica, únicamente, educar a las clases más necesitadas en que robar no es mejor que trabajar? ¿O también implica la necesaria adecuación de los que más tienen y viven de las migajas de aquellos que luego condenan y criminalizan para hacerles entender que la realidad, muchas veces, es más compleja que la mera reprocucción de imágenes y palabras?
   Vivimos en un mundo eminentemente violento, mayoritariamente vehemente. Lleno de fanatismos, locuras y devociones de las más alocadas. ¿Es necesario, entonces, echar más kerosene al fuego para que todas estas falencias sociales se propaguen y se haga visibles, generando una sensación de inseguridad constante? Seguramente no, pero no está sino en manos de cada uno de nosotros -los que contamos con el privilegio de saber discernir- la tarea de educar en la sana convivencia, la mejor y más conveniente.

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