¿Por qué silban los hombres más que las mujeres? De chicos todos hemos querido alguna vez aprender a silbar -la mayoría lo ha logrado- y, apenas lo hemos hecho, comenzamos a hacer un uso desmedido de este sonido a veces irritante que sirve tanto para llamar la atención de una chica -en lo que representa uno de los métodos menos eficaces de conquista junto a la bocina- como para llamar la atención por algo más productivo.
Creo no ser el único que ha pasado horas de su niñez tratando de sacar de la boca ese chillido que, en cierta edad, es sinónimo de "hombría", de "madurez" y de infancia, por momentos, interrumpida. Se cree más hombre el niño que silba; más vivo, más pillo. Y, apenas empieza a desarrollar esta destreza, todos los días lo hace en cualquier situación.
Pero hay en el silbido algo más de género que de placentero. Por algo las mujeres no silban, o al menos no lo hacen de manera tan reiterada como los hombres. Se podría convenir que es poco femenino, sí, pero eso no deja de ser una construcción social fácilmente destructible. Si los hombres aceptan, hoy en día, que las mujeres jueguen al fútbol, ¿cómo no podrán concebir que silben como nosotros?
Las situaciones de silbido pueden ser de las más variadas, pero la gran mayoría tienen alguna connotación musical que, lejos de darle al silbido la categoría de arte, lo hacen a veces más deleznable. No hay nada peor que un silbador con pretensiones de entonar.
En este sentido, los vestuarios a veces pueden ser lugares de descubrimientos; y no hablo de descubrimientos íntimos, sino de otro tipo de cuestiones.
Así como hay gente que no puede pasar momentos de su vida en silencio, hay otros que, lejos de llenar esos espacios con palabras de cualquier índole, prefieren que el tormento para el prójimo sea otro, más abstracto.
Me refiero, aquí, a lo que he dado en llamar el silbador social. El silbador social es aquel que, ante la súbita irrupción de una persona en, en este caso, el vestuario, no puede hacer otra cosa que silbar como para evitar no sé qué situación embarazosa.
Los silbadores sociales, por definición, suelen ser hombres de una entrada edad que tienden a tener alguna empatía con el sombrío mundo del tango; entonces, apenas ven que uno ingresa al vestuario, comienzan con su infame pitido. Estos también suelen ser de esas personas que, como bien dije anteriormente, se esmeran a silbar "afinando", y acompañan, ya sumidos en un delirio artístico extrañamente comprensible, con algún "tarareo".
Y probablemente el silbido sea más de hombre porque el tango es una música eminentemente silbable; mucho más que el folklore y nihablar que el rock. Esto le da un toque masculino que lo hace inabarcable para las mujeres; por ello, quizás, una mujer que silba, más que mujer es una arrabalera.
¿Qué hace que una persona quiera afinar silbando? ¿Es aceptable que esto sea así? ¿No hay, en el sentido más profundo del silbido, algo de desaprensión hacia el sonido silbado? ¿Un silbido no debería ser necesariamente desafinado o al menos natural?
Es engorrosa la vida del silbador. Los hermanos Cuesta han hecho una profesión del arte de silbar, aunque sus sonidos eran los de los pájaros y no los del 2 x 4. Además, ellos debían afinar porque su vida dependía de un tono más o un tono menos, y eso le otorgaba un plus a su tendencia sonora.
Ahora bien, yendo una vez más a los vestuarios, también pasa con los silbadores algo particular y, al menos para mí, llamativo y digno de remarcar. Del mismo modo que existe el silbador social, cohabita en ese inframundo de los vestuarios el silbador distractivo. Este es el que silba ante alguna situación anómala, como por ejemplo, mientras se peina o afeita desnudo.
¿Hay necesidad de hacer cosas desnudo en un vestuario masculino? Hasta por buen gusto, la desnudez debe dejarse de lado una vez que el cuerpo está seco, y aún antes. Pero esta gente, la que permanece desnuda mientras realiza tareas de embellecimiento, es habitual que para contrarrestar la vaga sensación que su imagen genera, se ponga silbar como para discipar la tensión que implica el mero hecho de ver una persona desnuda haciendo algo que perfectamente podría hacer vestido.
Además de presnetarse como algo de género, silbar es algo tan de hombres que a las mujeres les fastidia. Entre las muchas conquistas que ha tenido a su favor el mundo femenino -laborales, deportivas, de reivindaición, económicas, etc.-, ellas jamás se preocuparon por apoderarse del silbido. Ese es uno de los pocos mundos que aún nos pertenece y probablemente nos pertenezca para siempre. Que no nos orgullezca.
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Me dan asco los silbidos, quienes silban ni caso les hago y supongo les están silbando a otra persona (sus iguales). Para esa gente inmunda, ojalá a la próxima que silben a una mujer, ésta se de la media vuelta y sea su madre.
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