Por espacio de unas semanas se dieron dos fenómenos –seguramente ha habido más- de mercado que me han llevado a pensar un poco en el acto del consumo como principio y fin de toda búsqueda.
Por un lado, hace
alrededor de un mes, aproximadamente, una tarjeta de crédito lanzó una de las
promociones de descuentos que incluía el 50% de rebaja en determinadas
librerías. En ese momento pensé en escribir al respecto, pero por diversas
cuestiones lo fui postergando. Las librerías, claro, lucieron llenas como
nunca.
Ahora, la semana
pasada, las copiosas lluvias caídas en el barrio de Belgrano, uno de los más
castigados en los últimos tiempos –o al menos cuyo castigo más se ve en TV- por
este tipo de inclemencias, obligó a que, al día siguiente, muchos locales
liquidaran a precios a veces irrisorios las prendas que, por el agua, se les
habían estropeado. Esos locales, claro, rebalsaron de personas.
Tanto uno como otro
hecho tienen un denominador común; a la gente le importa más comprar que cualquier
otra cosa. No importa qué, no hay que reparar ni siquiera en la motivación
ulterior que implica la compra, sino que lo que prevalece es el hecho saciar la
incontrolable pulsión al consumo, que nos vuelve tan frágiles y volátiles como,
a veces, superficiales.
No está mal comprar
de más; hay un sistema que debe mantenerse como tal y para ello,
indefectiblemente, el hombre debe ser educado para consumir aún cuando no sea
estrictamente necesario. En este proceso de educación entran las publicidades, la
televisión, el imaginario colectivo generado por éstas y una adecuación a un
sistema que entiende perfectamente estas condiciones y busca mantenerse con
felicidades pasajeras.
El consumo es algo
inmanente a la especie. Todo ser vivo consume; necesita consumir. Pero su
sobrevaloración, como casi todo, es una construcción social y económica cuyos
alcances se han ido perdiendo y modificando con el correr de los tiempos y las
“modas”, grandes modificadoras del consumo y las tendencias.
Económica porque,
claro, el consumir implica un movimiento de capital y, en función de ese
movimiento, se van tejiendo las diferentes estrategias de consumo de locales,
tarjetas de crédito o consumidores.
Y digo social,
porque, a su vez, un determinado consumo puede posicionarnos en determinados
lugares sociales generando una suerte de pertenencia ajena aunque buscada; no
natural, sino específicamente demarcada por un mercado todopoderoso.
Si a la gente que
se volcó a las librerías como hormigas el día de la promoción le gustara tanto
leer, seguramente el país no estaría como está. Pero no; por el contrario, a la
gente lo que la motivó a llenar esos locales fue el mero hecho de no perderse
la oportunidad de comprar “algo” a “la mitad”; algo así como un “déme dos” un poco
más “culto”. Ergo, estaban ahí por su propulsión al consumo más que por su amor
por el arte o algo así.
Esto,
perfectamente, podría venir a redefinir el campo de los consumos culturales.
¿La gente lee menos, va menos al teatro o al cine por falta de interés o de
ofertas culturales atractivas? Y, en tal caso, para convocarla ¿harían falta
mejores propuestas, mejor pensadas, producidas y ejecutadas, o con el mero
hecho de bajar los precios alcanzaría para que la gente –alguna, siempre
minoritaria- se vuelque a esos lugares?
En un hecho como
el del descuento de la tarjeta de crédito, lo que prevaleció en la gran mayoría
era la idea de estar pagando menos algo, en este caso un libro, pero bien
podría haber sido una banana, un par de medias o una remera desteñida por el
impiadoso paso de la lluvia.
LLUVIA DE OFERTAS
Justamente, en
relación a las mega liquidaciones de los locales del barrio de Belgrano, aquí
también se vio el mismo fenómeno pero con otro maquillaje. Con el hecho
consumado, las cámaras de TV enfocaban a personas desesperadas dentro de
locales que, con carteles gigantes que cubrían montículos irreconocibles de
tela, anunciaban el ofertón del momento.
Hacia esos lugares,
entonces, la gente corría desesperada buscando algo que seguramente no
necesitan pero que desean por, una vez más, no dejar pasar esa inmejorable
oportunidad. En esos casos, no importa demasiado el color, el talle, el calce
ni nada; sólo por estar muchísimo más barato, cualquier compra tiene su
justificativo necesario.
Madre de muchos de
los males sociales actuales, las oportunidades parecen carcomernos la
existencia; son entelequias que están ahí, se presentan en un espacio y tiempo
determinados y nosotros, pobres presos de nuestra conducta, no podemos dejarlas
pasar. Esto, claro, atenta contra la sana convivencia, contra nuestro sano
ordenamiento de prioridades y, en definitiva, alienta la propulsión enfermiza
al consumo.
Lo llamativo de los
locales de Belgrano era que la gente que estaba hurgando en las bolsas de ropa
no era precisamente gente que tenía necesidades de prendas, a simple vista;
eran personas que, cansadas seguramente de una vida rutinaria y agobiante,
buscaban en esos pequeños regalos del cielo alguna reivindicación vayan a saber
con quién.
La vida son oportunidades; es una
multiplicidad de factores que se alinean para darnos a nosotros esa vaga
sensación de que si no es ahora, quizás no sea nunca.
Es que, en
definitiva, la vida misma es ahora o nunca; después puede ser tarde. Y nadie mejor
que el mercado para interpretar esa sensación de eterno instante que vive cada
comprador a la hora de recibir oportunidades como estas. Porque las verdaderas
oportunidades tal vez sean las que se da uno mismo, pero, para evitar llegar a
descubrirlas, el mercado impone condiciones y, en última instancia, hace que
nuestra existencia sea aún más efímera que lo que de por sí es.
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