martes, 4 de diciembre de 2012

Dialéctica de la comunicación

   No es un buen tiempo para las comunicaciones. Paradójicamente o no, los múltiples avances de estos últimos 30 años en materia comuncacional no han hecho otra cosa que dinamitar las relaciones humanas y reducirlas a una expresión en ocasiones miserable.
   Si el Siglo XVIII fue el de la revolución industrial, el fin del XX y lo que va del XXI, bien puede ser el de la revolución en materia de comuncaciones. Concentrados en generar una suerte de pluralidad horizontal de voces, las comuniaciones se han empecinado en abrirle el canal a que todos tengan la posibilidad de comunicarse, darse a conocer y mostrar sus opiniones. Y esto, lejos de brindar una herramienta constructiva, puede convertirise, según quién lo use, en un potencial peligro, aunque más no sea en cuanto a las relaciones interpesonales.
   Todo lo humano se virtualiza, tarde o temprano, y todos, indefectiblemente, alguna vez nos comunicaremos con alguien vía internet, leyendo sus palabras sin escucharlas y dándole un sentido muchas veces abirtario y erróneo. Y así se destruyen de a poco los vínculos.
   Así como la revolución industrial trajo al mundo innumerables beneficios, también implicó, antes y ahora, muchas postergaciones que la llevaron a transformarse en una metáfora de sí misma. La innovación tecnológica, claro, no podía sino redundar en hombres más "felices" -los menos- y otro tanto más postargados -la inmensa mayoría-. El mercado del trabajo, entonces, se estandarizó, perdió su faceta más rica, la de la creción y de la inventiva y terminó redefiniéndose en favor de unos pocos y en desmedro de la gran mayoría. Comenzaron a generarse grandes grietas sociales y, a más de 200 años, esos baches se hacen cada vez más pronunciados e insoportables.
   ¿Y ahora? Algo parecido está sucediendo, hoy, con las comunicaciones. El irrestricto uso y acceso a ellas no puede hacer otra cosa que desvirtuar la esencia misma del noble acto de comunicar, que además de hablar e intercambiar, también implica discernir, optimizar y clasificar. Lejos de transformarse sólo en una herramiento universalizadora, la comunicación y sus diferentes vías de realización, parecen cada vez más encaminarse hacia la total pérdida del significado de antaño y, paradójicamente, a la atomización de cada elemento de la cadena comunicacional.
   Celulares, Facebook, Twitter, salones de chats varios y otros medios ha liquidado la validez de la palabra. La sobredimensión de los mensajes termina destruyendo su peso específico y se discipa, de este modo, el interés en el intercambio mismo y, en definitva, en la relación humana.
   Es que, inevitablemente, todos los cambios, cuando no se limitan en un determinado modo, terminan convitiéndose en su perfecta negación. Casi como Hegel, igual que en la vida, toda innovación, por las propias imprudencias, la falta de preparación necesaria o el desinterés por ver más allá, termina negando o resignificando su inicio primero y genera, luego, una síntesis indefectiblemente peor que la posición inicial. De esta forma, siguiendo con el ejemplo de las revoluciones, la industrial no fue más que el principio del fin de ese ya olvidado concepto de que el trabajo dignifica. ¿Qué puede tener de digno ser preso de una máquina? ¿Hay felicidad posible cuando un tercio de la vida de una persona radica en, por ejemplo, empotrar clavos en máquinas que pasan incesantemente por delante de nuestras narices?
   Y algo por el estilo se está observando de un tiempo a esta parte con las comunicaciones. ¿Qué valor puede tener una palabra empeñada si hoy en día cada una de ellas suele ser, sencillamente garabatos expresados en el intangible mundo virtual? ¿Con qué criterio se selecciona, si es que se selecciona, la forma de armar un mensaje? ¿Importa realmente la eficacia de un mensaje si en un segundo se puede reenviar otro similar, aclaratorio del anterior? El exceso de comunicación, entonces, es el mal por excelencia de estos tiempos; porque separa y no une; porque cansa y no gratifica; porque, en definitiva, destruye lo que vino a mejorar.
   Presos de esta desmedida necesidad de hablar sin decir, las nuevas promociones de compañías de teléfonos celulares que dan una cierta cantidad de números a elección del usuario para hablar, indefinidamente, gratis con otro usuario, sigue esa lógica corrosiva e intolerable. Nadie puede tener algo que decirle a alguien siempre, pero ante la tentación de la gratuidad, el filtro se pierde por completo y se extralimitan los alcances de una medida ingobernable que, lejos de fomentar las relaciones entre los propietarios de los teléfonos, no son pocas las ocasiones en las que las destruyen, a veces de manera irreparable.
   Porque comunicar es, también, dar a conocer; o mejor dicho darse a conocer. Es poner el pecho, el compromiso y el valor de un juicio a cada palabra, que, tomada de esta forma, debe pasar por un previo filtro de criterio, buen gusto, ubicuidad, etc.
   No es lo mismo decir una cosa que decir otra; no puede necesariamente ser lo mismo. Pero esos límites se pierden cuando se manosea el acto mismo de comunicar, cuando se vapulean las condiciones de recpetor y emisor y erróneamente se igualan conceptos y se terigerversan roles.
   Las nuevas comunicaciones, entonces, alientan más la expulsión de palabras que su correcto uso. Carece de valor, así, cada una de las intancias previas de elaboración del mensaje y comienza a tener más peso, por contraposición, la persona que lo dice antes de qué es lo que dice. Y esto es letal.
   Los teléfonos celulares han venido, también, a redefinir el campo comunicacional. La constante conexión con el otro es, en definitiva, la garantía de la soledad; nadie puede estar más a gusto que solo cuando constamente vive regulado, vigilado, controlado por una red indescifrable de dispositivos que nos atan y nos limitan.
   Las sociedades "desarrolladas" -según los criterios de las grandes organizaciones mundiales, dirigidas paradojicamente por personas de esas sociedades- son una clara muestra de lo que puede llegar a generar esta masiva búsqueda del contacto sin tacto; del amigo sin cuerpo y a veces sin alma. Se pierde más tiempo en charlar con los contactos que en parar en la calle a hablar con algún amigo o conocido; se genera, entonces, una espiral viciosa de aislamiento que es el caldo de cultivo para un mundo como el que hay, en el que el individualismo y la autodetermianción son moneda corriente.
    Siempre está la idea, claro, de qué estuvo primero o qué determinó cuál cosa. Pero si, una vez más, nos dentenemos a pensar en la sucesión de los fenómenos históricos -cada vez más histéricos-, podría deducirse que somos, que no elegimos ser, lo que un mundo implica, imprime y determina.
    Es eso o quedar al margen; pero ¿al margen de qué? ¿para quién? Al margen de una sociedad cada vez más específica, pero a la vez más trágica; cada vez más inclusiva pero ciertamente más excluyente.
    Es que tanto el trabajo como la comunicación, en este caso, no son más que dimensiones que arbitrariamente toman los vínculos sociales y éstos no puden quedar inmunes de los cambios que se producen en todas las demás variables.
   Un pájaro, la brisa del viento, el agua corriendo por debajo de nuestros pies, el verde, las plantas, todo, en definitiva, comunica; y comunica las cosas más trascendentales de la vida, sin las cuales nada de lo otro sería posible. A veces es mejor el silencio.

1 comentario:

  1. Lejos de acercarnos ,los excesivos medios para comunicarnos nos han alejado, sin detenerme en algo global voy hacia algo mas especifico….los vínculos.
    Abro el facebook , veo los 200, 300, quizás 400 contactos , “amigos virtuales”…amigos?????....no soy amiga del dueño de la casa de empanadas del Tío Rico….,y aun sabiendo eso reviso los titulares o posteos mas recientes, agrego me gusta en mas de una foto sin ningún tipo de significado para mi…..y curioseo o “espío la vida de un montón de extraños.
    Si no salgo a la calle, después de un par de días comienzo a sentirme sola….”si….sola”…no es eso lo que genera estas redes….
    Donde quedaron las promesas de mates y facturas, cuando ahora es mas fácil mandar un mensaje privado preguntando simplente -¿Cómo estas?....y si me contesta – mas o menos….como hago para darle un abrazo y brindarle mi cariño y mi contención…?
    Donde quedaron las ganas de verse y tocarse….donde quedaron los silencios que solo pueden tener significado si dos miradas se cruzan….?????
    Parece que en los últimos años nos conformamos con decir quiero verlo….y eso se traduce en abrir una pagina y sentarnos frente a una pantalla.
    Quiero volver a tomarme un colectivo o subirme al auto y manejar hasta donde esta esa persona…..quiero volver a compartir miradas y sonrisas en vivo y en directo, quiero volver a escribir una carta para poder regalársela un día especial y no caer en la comodidad de un mensaje publico o privado….
    Quiero compartir un mismo escenario…y no ser un personaje virtual, en una historia virtual…..quiero tener que hacer el esfuerzo de acomodar mi vida para ver a esa persona, y en ese acomodar….el otro pueda ver cuanto me importa…

    ResponderEliminar