martes, 5 de febrero de 2013

¿Feliz domingo?

   Tradicionalmente, los domingos suelen ser días de descanso; sobre todo sus mañanas. En el caso de los que tienen la suerte de no trabajar, en esos días cuerpo y mente parecen relajarse y estar más abiertos a placenteras prácticas poco cotidianas y, en ocasiones, enriquecedoras.
   Bien; estas nociones, claramente, son interpretadas milimétricamente por el mercado, que diagrama, según el lugar en el cual se manifiesta, determinadas estrategias de cooptación, adoctrinamiento y sugestión.
   Por ejemplo, con el correr de los años y el corrimiento de los hábitos de consumo, se ha hecho cada vez más frecuente, desde la instalación de los shoppings en las grandes ciudades, que todos sus locales permanezcan abiertos los domingos, tal vez uno de los días de mayor caudal de ventas. La gente, sin preocupaciones, de paseo en el shopping únicamente por el placer de ver y comprar productos, se muestra más propensa a hacer compras porque su cabeza está centrada únicamente en eso y no tiene otras preocupaciones situacionales como sí sucede, por ejemplo, algún día de semana.
   Tampoco es casual -nada lo es- que los días de mayor concurrencia a la iglesia sean los domingos y que para todos los creyentes la misa casi impostergable sea, precisamente, la del séptimo día de la semana; esa que se da cuando la mente entra en reposo y es más permeable a cualquier influencia y adoración; a escuchar sin otro filtro que el de la manifiesta voluntad de escuchar lo que se sabe que va a ser dicho y no cuestionarlo.
   En ese sentido, claro, también los domingos son días de lectura, quizás los de mayor lectura de la semana, en consonancia con esta idea de una mente desprovista de preocupaciones coyunturales como el trabajo o alguna determinada obligación impuesta.
   El mercado de la literatura sobrevive más allá de los días de semana y sus obras permanecen inmutables en el tiempo, inalterables, por lo cual este tipo de teorías como las que pretendo esgrimir, no cabrían en ese tipo de arte. Aunque no es menos cierto que existe un mayor placer cuando se lee con tranquilidad y por placer que cuando se realiza para evadirse o por mera costumbre.
   Siempre hablando del arte escrita, con la prensa, por su parte, también se da este fenómeno. Los medios gráficos, notables receptores -o generadores- de los mensajes de la sociedad, comprenden, quizás mejor que nadie, su papel, su rol, su propósito y son implacablemente funcionales a este tipo de situaciones.
   Por el tiempo disponible, la predisposición mental y la costumbre impuesta, los diarios de los domingos suelen tener, además de más páginas, una mayor cantidad de columnas de opinión, mayor análisis de las noticias, más publicidad y, claro, una intrínseca búsqueda de influencia en sus propios lectores -y por qué no en lectores ajenos-. Es que el hombre de domingo, difícilmente cuestione.
   Heiddeger, uno de los filósofos más importantes de la historia, advertía el peligro que supone "vivir en estado interpretado", de "existencia inauténtica"; esto es, a grosso modo, no hablar, sino ser hablado; no pensar, sino ser pensado. Nada -o poco- de lo que hacemos, deseamos, decimos o pensamos es legítimamente autónomo y en esto tienen un crucial papel los medios.
   
TAPA, TAPITA, TAPON

   El pasado domingo tuve una revelación que fue la que me impulsó a escribir estas líneas. No estaba en casa -donde recibo el diario local- y, para no pasar de largo la placentera costumbre de desayunar con el diario el día que más tiempo tengo a la mañana, decidí ir a comprar uno, otro.
   Sin mencionar de qué diario se trataba, comencé a ojearlo y, para equiparar las fuerzas, leí, también otro "de la otra vereda". Quería tener las dos caras de la moneda, por un lado y, además de tenerlas, corroboré algo para mí inaudito.
   Se sabe que las tapas de los diarios son, más allá de una herramienta de marketing y una fuente de ventas, una clara demostración de las aspiraciones y los alcances de los medios. De qué quieren que se sepa, en qué orden y bajo qué miradas; es parte de lo que delimita lo que se conoce en la jerga como la "agenda setting".
   Ahora bien, ¿cuántas noticias puede albergar la tapa de un diario? ¿En cuántas cuestiones tiene que hacer foco el lector medio para poder salir a la calle y comprender, erróneamente o no, las cosas más cruciales del país y, ya más ambicioso, del mundo? 
   En una de las portadas, la que había comprado primero, había un título importante -que hablaba de la justicia-, otro arriba pequeño con una ilustración -que daba cuenta de una declaración de la presidente-, una pequeña mención al clásico deportivo y el anuncio de los artículos de los columnistas de ese medio. 
   En la otra -eran tantas que espero que mi memoria no me traicione-, estaba como tema principal las fotos íntimas de "nuestra" futura reina de Holanda, el cumpleaños de una diva en franca decadencia, un dato acerca de que las mujeres consumen cada vez más Viagra, otro del cambio de hábitos en el rubro 59 -el de la trata de personas- y alguna que otra noticia seguramente más "normal" y por ello olvidada.
   Al margen de las tendencias de uno y otro medio, la adecuación de los temas de tapa es lo que pretende hacer este artículo más rico. Al margen de la mirada desde la cual estaban siendo tratados, los temas del primero de los medios citado podría haber sido enfocados desde otra visión y los tópicos, que de por sí solos eran importantes, habrían tomado otra relevancia. En relación a los de la segunda, la fantochada que supone una tapa de ese estilo, bajo ningún punto de vista es defendible, comprensible y aceptable. 
   Ostentaciones como la de las fotos de la familia real, el cumpleaños de X en Punta y su posterior viaje a Miami, y aberraciones como el tratamiento de los nuevos hábitos de consumo de sexo en una tapa de un diario es algo dañino, violento, repulsivo; que fomenta la violencia, la división y genera bronca y resentimiento.
   Y no es algo desinteresado. Esto no es ni más ni menos que una parte de un engranaje mucho mayor; ese que Antonio Gramsi llamó los "intelectuales orgánicos", que no son ni más ni menos que los estamentos de la sociedad -de determinadas clases, fundamentalmente las más poderosas- encargadas de desarrollar y reproducir las condiciones de existencia dadas. Ente ellos, se pueden encontrar, además de los medios, el Estado -en sus diferentes etamentos-, el empresariado, la escuela, la iglesia y el ejército, por citar algunos. "El intelectual tiene como función el homogeneizar la concepción del mundo de la clase a la que está orgánicamente ligado;(...)no es, pues, el reflejo de la clase social: desempeña un papel positivo para volver más homogénea la concepción naturalmente heteróclita de esta clase. (...) Son primeramente, los organizadores de la función económica de la clase a la que están ligados orgánicamente", dice Gramsci.
  
Es imposible procurar la objetividad y pretender que todos los públicos tengan intereses similares; ya nadie siquiera lo disimula. Pero el límite de todo debería ser el criterio funcional a la hora de elegir sobre un tema u otro. Nada de lo que describí en la segunda tapa nos sirve a ninguno de nosotros para ser mejores personas, para comprender el país o para poner las cosas en su justa medida.
   Justamente, no es menos cierto que si ese diario de las fotos ostentosas persiste en su empecinada tendencia a editar tapas que nada tienen que ver con el país sigue saliendo a la calle es porque hay un público cautivo que exige ese tipo de noticias; la llamada "no noticia" de la que muchos medios se valen para justificar el uso a veces abusivo del papel sin mayores ambiciones que ser "más grande". 
   Por eso, no se trata de coartar la libertad de expresión; ciertamente un país que se da lugar a que coexistan estas dos formas de ver el periodismo es más rico y profundiza el debate y la sana división. Pero creo responsable que los que pueden tener esa capacidad de discernimiento puedan actuar en consecuencia para evitar que esta tendencia se propague.

domingo, 3 de febrero de 2013

Salven a los sorrentinos

   Me permito, hoy, un apartado bastante menos pretencioso que algunos de los anteriores artículos.
   Algo pasa con los sorrentinos. Sin ser un fanático de toda la vida de las pastas, debo reconocer que siempre he tenido predilección por los sorrentinos. ¿Las razones? Las desconozco, pero desde pequeño, en aquellas apoteóticas y recordadas cenas en el Club Mar del Plata, con primos, amigos, tíos, padres, etc., ha quedado en mi retina y en mi memoria gustativa el placer de comer esta pasta, mitad gran raviol, mitad relleno simple e inmejorable.
   El motivo de mi escritura, ahora, es tratar de desentrañar lo que, para mí, es un misterio asombroso; quizás el más asombroso del universo culinario: ¿Qué pasa con los sorrentinos disponibles en el mercado? 
   Según data en algunos sitios, el origen de los sorrentinos se vincula con nuestro país, más precisamente con un restaurante de Buenos Aires y de la mano de un chef marplatense -¿casualidad con mi locura por los del Club Mar del Plata?-; también algún cordobés se brega el derecho de reclamar su autoría.
   Es cierto, en este sentido, que el mercado como regulador de las conductas de las masas casi siempre oye, o pretende hacerlo, el pedido de las mayorías; pero no es menos cierto que el clamor por los sorrentinos no está siendo oido por las grandes fábricas de pastas.
   Si, como corroboré, la relación de la velocidad del crecimiento de las uñas de la mano y del pie es, aproximadamente de 3 a 1 en favor de la mano, el de la cantidad de cajas existentes de ravioles en relación a las de sorrentinos es de, por lo menos, 25 a 1, en favor de los primeros. Según esta artículo, los sorrentinos y los ravioles son algo así como primos hermanos, y por eso es que hago la comparación entre unos y otros.
   Entonces, ¿Qué tienen de especial los ravioles por sobre los sorrentinos? La idea del precio es relativa, porque si bien los ravioles suelen ser más económicos, la razón de esta condición puede encontrarse en, por ejemplo, la cantidad de ofertas en el mercado que hay de ravioles; ergo, si los sorrentinos tuvieran más intercompetencia, probablemente su precio, por una de las leyes de autoregulación del mercado, tenedería a bajar.
   En segundo lugar, en un mundo en el cual la cantidad muchas veces es más fuerte que la calidad, la idea de que una plancha de ravioles es más abundante que, por ejemplo, media docena de sorrentinos, puede venir a reforzar la idea de la sobreabundancia de los primeros sobre los segundos. En este sentido, la catarata de ravioles suele dar, ante la primera mirada, una idea de saciedad mayor a la de un plato con 6 sorrentinos; pero, lejos de ser así, la sensación de saciedad suele ser, sino la misma, similar.
   Con el tiempo, los sorrentinos, en virtud de la escacez que hay en el mercado, se pueden considerar los "reyes" del mundo de las pastas; su poca participación en las góndolas, hacen que cada planchuela cotice por sí sola. Y nadie, a ciencia cierta, puede explicar esta aberración.
   El sorrentino se ha convertido en lo que es, entonces, gracias a la acción deliberada del mercado que, por haberlo dejado de lado del alcance del consumo masivo, automáticamente lo ha puesto en una especie de lugar de privilegio que no se sabe si alguna vez pretendió ocupar.
   Sin dudas que, más allá de las razones y la historia detrás del consumo de este planto, hay una valoración si se quiere clasista del sorrentino; valoración por todos lados absurda y artificial, puesto que nada sería así si el sorrentino se encontrara con la facilidad que se hallan los ravioles.
   Si se aspira a un mundo más justo, con más igualdades de acceso para la mayoría, entonces llegó la hora de sincerarse en relación a los sorrentinos, que están siendo vilmente discriminados por el mercado, primero, y las fábricas de pastas, después.
   Por eso, ya sea por orgullo patriótico o por una mera reivindicación gastronómica es que se impone un pedido de salvataje de esta noble pasta, que seguirá, tal vez, incomprensiblemente ignorada en góndolas y en menúes y que merece una oportunidad para salir del ostracismo.

jueves, 24 de enero de 2013

La plaza insensible





   No suelo caminar por las plazas de noche. Sus laberintos internos, luminosamente oscuros, peligrosamente indefensos, plantean para mí un misterio que siempre preferí no develar, pero lo hice. Por una vez, lo hice.
   La cálida brisa de la medianoche de un miércoles era una invitación a algo más, un mensaje, quizás, para encontrarme con eso. Propuse la caminata esta vez sin temor, sin pensar en nada más. Me gusta aprovechar las noches de primavera, la primavera.
   Las plazas tienen varias particularidades que las hacen sociológicamente analizables. Esconden, en su esencia, cierto misticismo, mezcla de amparo infantil e impunidad adulta, cierta sorpresa que raramente se vea en cualquier otro sitio. Cada costado de su existencia tiene infinidad de historias de las más buscadas por cualquier novelista. En sus bancos nacen amores, se prometen deseos, se juran sentimientos, se estrechan lazos. Rara vez una plaza es escenario de una ruptura, se cuentan con los dedos.
   A su vez en estos espacios conviven, en el fugaz transcurso de un día, una infinidad de sentimientos muy contrapuestos; la alegría y la inocencia, de día , y la miseria y el peligro, de noche. Hamacas, calesitas, toboganes, madres con sus hijos, sonrisas tiernas, jóvenes, chocan con la oscuridad, la amenaza casi constante, los olores, el latente peligro.
   Pero bueno, la noche del miércoles se prestaba para, de una u otra forma desafiar todas estas percepciones alentaba a la minúscula aventura de cruzarla.
   La plaza en cuestión es la plaza San Martin de La Plata. Cuando el sol pega es “balneario”; muchos estudiantes toman sol en sus canteros, feria de artesanías, contenedor de grupos de protesta que, frente a la casa de gobierno, montan sus carpas en busca de alguna reivindicación, etc. Ahora bien, cuando la luna toma la posta, la cosa cambia. Sus bancos son muchas veces camas, su pasto es colchón verde y las risas no se escuchan, se desean.
   Lucía tranquila, el miércoles, la plaza. Sin mucha gente deambulando, su geografía se podría haber recorrido sin ninguna dificultad ni peligro. Y no lo hubo, de hecho.
   El puestito de comidas rápidas ya estaba cerrado. La glorieta, una suerte de escenario de pájaros y bandas de rock, era el cuarto de un arropado linyera, espectáculo habitual, aunque no por eso normal ni aceptable. Más adelante, el grupo de jóvenes guardaba sus elementos de malabarismo, una “moda necesaria” en varios semáforos de la ciudad, y reían mientras las naranjas, o algo así, entraban en la amplia bolsa negra.
   Llegamos al centro de la plaza y me dicen: “Mirá eso, Ale” ; “eso” no era nada más ni nada menos que la imagen más impactante que haya visto en mucho tiempo, era la evidencia de que algo anda mal, de que la plaza contenía, además de todos los sentimientos anteriormente expresados, una profunda tristeza, mezcla de olvido, abandono, angustia, vergüenza…
   En la punta de un cantero, justo debajo de un árbol de baja estatura, yacía él. Su silla de ruedas estaba escondida debajo de la copa caída del árbol y no se veía su cara. Sólo se veía su camisa leñadora, sus jeans, sus zapatos y, al lado, una bolsa con algunas cosas. Pero su cara no se veía, la tapaba la copa.
Quizás, seguramente, pocos lo vieron. Estaba perfectamente camuflado entre los pastizales y la oscuridad cerrada de la noche propiciaba el mestizaje.
   Sentí un shock tremendo, una profunda tristeza y una mayor impotencia. No puedo dejar de conmoverme al escribir estas palabras y recordar ese momento; perdón, por eso, si la prosa pierde legibilidad.
   En ese momento se me vinieron a la mente millones de pensamientos que me atormentaban aun más que la imagen, que de por sí era desgarradora, si es que algún adjetivo cabe para este tipo de sensaciones. Créanme que fue terrible. Tampoco acompañaba el contexto tan diferente.
   “¿Estará dormido?”, dije al principio; “¿muerto?”, luego mas aterrado o, lo peor de todo, “¿estará despierto y se avergüenza?”. Mi dolor era legitimo y sincero, pero ir a comprobarlo era, al menos, imprudente.
   Evidentemente, se trataba de un discapacitado. Sin hogar, sin ciertamente alguien que lo llore, que lo quiera, que lo proteja, o que simplemente, lo lleve hasta ahí, al árbol, a “descansar”. Esa es otra cosa que me pregunte; “¿cómo llego?”, arrastrándose solo -imaginé-, sin que nadie lo vea para evitar la humillación. Era un espectáculo muy triste y que nos toca a todos, lamentablemente.
   ¿Hasta dónde llega el desamparo? ¿Qué limite tiene el desinterés? ¿Cómo se lucha contra esto? Mientras muchas cosas pasn a nuestro alrededor, hay gente que muere, ya no de hambre, sino de tristeza, mucho peor.
   Cuando uno ve imágenes así de estremecedoras no puede más que replantearse millones de cosas, millones de esas erradas formulas de la felicidad que, en el fondo, de poco sirven. Sin dudas que algunos planteos no sirven de nada; esos de las soluciones instantáneas. Uno no es más o menos culpable por lo que tenga o la vida que lleve, pero somos todos -sí, todos-, un poquito responsable de estos espectáculos casi surrealistas pero bien reales.
   Dejo de lado los planteos políticos y sociales baratos, de café. Sólo queda en cada uno la decisión responsable, el pensamiento profundo y el camino a seguir más adecuado; en mí queda, y quedará por mucho tiempo, o por siempre quizás, esa imagen de ese hombre, mitad hierro, mitad árbol, que mañana, cuando se despierte -si despierta-, buscara la forma de salir de ahí sin que nadie lo vea, para no sentirse, por enésima vez, humillado.

sábado, 5 de enero de 2013

Ruidos


   Hace rato que vengo pensando en la idea de escribir sobre los ruidos; me parecía un tema interesante, con muchas aristas y significados que lo enriquecían y le daban matices muy variables. Estuve cerca, a minutos, a días, pero recordé la canción de Sabina, “Ruidos”, y desistí.
   En este momento estoy solo, tranquilo, salvo algunas voces lejanas, en el patio del hostel de Lima, al lado de la espantosa calle de las Pizzas, en el coqueto barrio de Miraflores, interrumpe el sonido de los bichitos de luz que, de todas formas, se ensaña en meterse entre algunas charlas y lejanos temas de reaggeton más llenos de “mami” y “papi” que la boca de un nene que recién empieza a hablar.
   Una de las cosas que signaron este viaje, bien pudieron haber sido los ruidos. Su presencia, su ausencia, sus razones y sus implicancias; y sus consecuentes sufrimientos.
   El “progreso” es ruido, pero también el retraso que deviene de ese progreso. Ya había experimentado una sensación similar cuando estuve en Mexico y, en la plaza principal, justo atrás del Museo de Bellas Artes, valga paradoja, los fines de semana de enero, al menos, se montaba una suerte de parque de diversiones municipal con todos los artificios que existen en el mundo del consumo más bajo; gente gritando, un locutor arengándolos como si fueran animales, tratando de sacar de sí esa animalidad que los hace vivir más cerca del instinto que de la razón; luces, muchas luces, muchos colores, juegos para niños, para no tanto y, sobre todo, la locura, pero la locura manifiestamente generada, que es algo así como la forma que toman estas prácticas culturales tan ajenas al buen gusto y la reflexión.
   Así, atemperadas, las masas son funcionales al sistema y así todo se regenera y se degenera en un sentido unilateral e indivisible.
   Ahora, en Perú, también viví varias sensaciones ligadas a los ruidos; tanto en Cuzco como en Lima y, obvio, en Machu Picchu.

Ruido y “progreso”

   Las esquinas suelen ser los lugares más ruidosos de las cuadras; porque convergen allí dos calles, porque no hay nada que atenúe la propagación de los sonidos y porque sí, ni más ni menos. Allí, a una esquina, en un primer piso de una esquina de las más transitadas del Cuzco más profundo y triste, daba la ventana del hostel de Cuzco, aceptable de no ser por ese detalle.
   Llegamos el sábado 30 de diciembre, vísperas alargadas del fin de año, y no se podía vivir. Si se pensaba que Argentina es el país donde más irresponsablemente se usan las bocinas, comprobé, con furia y absorto, que no.
   Para mi sorpresa, en Cuzco viven más de 600 mil personas, y no creo que menos de 75 por ciento no pase al menos una vez por día por esa bendita arteria, que a esta altura no le vendría mal un stent. El tránsito, de por sí ruidoso, se combina con millones de bocinazos por segundo; bocinazos cortos, irritantes, y sin sentido alguno; tocan bocina aún cuando no lo necesitan y lo hacen a cada rato.
   No contento con eso, tanto el 30, como el 31 y el 1 de enero, un animador, así como sucedía en la plaza de México, animaba, arengaba y ofrecía “tres uvas, un sol” o “dos mil dólares, un sol” incansablemente durante varias horas; el consumo, la búsqueda última de todo, en este caso, se producía a veces por repetición.
   Además, para sumar a mi idea de escribir, luego pregunté y lo que ofrecía en la segunda opción era un falso manojo de papel pegado y pintado como si fueran dólares por un sol; una crueldad innecesaria, estúpida y funcional.
   Además de eso, toda la tarde y hasta entrada la madrugada, por el parlante, que daba exactamente a la ventana, sonaban canciones de cumbia peruana provistas algunas de letras violentas y sin sentido que le daban al escenario sonoro tintes macabros.
   Ahora cesaron las charlas a mi alrededor, y sólo quedan los bichitos de luz más valientes haciéndole frente a las canciones, cada vez más audibles y variadas.
   Estamos en una calle de las perpendiculares a la de la Pizza, como ya mencioné antes, y en esa calle, están haciendo un trabajo de refacción total. Mi ventana, otra vez, claro, da a esa calle en la que desde las 6 de la madrugada retroescavadoras y demás artefactos no paran de taladrar lo que queda de la ya inexistente calle Bellavista.
    Más allá de algún enojo y alguna risa irónica, rescato la riqueza de esta experiencia; la claridad con que se muestra ante mis ojos –mis oídos, en rigor- las dos caras de la misma moneda.  Por un lado, el ruido como amansador, somnífero y droga; por el otro, como sinónimo de cambio, de “progreso”.

El silencio "productivo"

   Quise llorar y no pude; no me sale. Pero me recorrieron por el alma muchas de las más maravillosas sensaciones cuando, por unos minutos me senté en una parte del templo de Machu Picchu para contemplar la inmensidad de lo que estaba ante mis ojos y mi corazón.
   En psicología se habla siempre de la tensa convivencia de las pulsiones de vida y de muerte; de Etos y Tánatos; de lo angustiante que es tener en nuestro disco rígido la certeza de que algún día, esta vida va a terminar y lo maravillosamente digno que puede ser vivir para camuflar esa pena.
    Entre tanto placer, admito, también pensé en morir; y no lo pensé como algo definitivamente malo. ¿Qué más podía pedirle a la vida después de haber sentido lo que sentí? Así como la oscuridad en el caso del relato del insecto, la muerte también es silencio y ausencia, permanente ausencia. Y paz, teóricamente, para las religiones que desean que así sea el “descanso” –esperanzadora forma de invitar a pensar que todo continúa cuando uno “despierte allá arriba”-.
   Sentí paz, sentí soledad, sentí silencio y, en lugar de oscuridad, sentí la más maravillosa de las luces; el sol y el cielo, de un azul impactante. Nada me faltaba para morir, para desdramatizar la muerte, salvo vivir.
   Si el progreso es ruido, la paz es silencio; por ende, el progreso nunca conduce a la paz.
   Este axioma funciona con una crueldad a veces dolorosa, pero es tan cierto que siguen pasando las modas y los años y cada vez más ruidos nuevos se producen como sinónimos del progreso; ruidos que, como casi todo, molestan al principio pero después entran en nuestra mente y se quedan a vivir allí armoniosamente, sin poder despertar la menor crítica, queja o esperanza de cambio.
    El silencio, en cambio, no espera nada para producirse. Está, puede estar;  existe, a pesar de todos; es la no producción, la paz, la calma y el ideal.

viernes, 4 de enero de 2013

Una hamburguesa completa, papas y gaseosa


   Soles más, soles menos, esa es la diferencia monetaria entre ser viajero de segunda y de tercera en el tren que une la majestuosa ciudad de Cuzco con Aguas Calientes, o Ciudad de Machu Picchu. Apenas 11 dólares, una cifra en términos relativos insignificante, pero en cuestiones relacionadas al servicio tranviario cruciales, definitorias.  
   Todo mi viaje a Perú, hasta ese momento, estuvo enmarcado en algo parecido –a grandes rasgos- con lo que se puede entender como un “viaje semi gasolero”, excepto la excursión al templo sagrado de Machu Picchu; ésta es una excursión, además de obligada en el itinerario de cualquier pasajero que vaya a esos lados, mágica, maravillosa, dueña de una energía sublime. Por todo eso, ir se hace una cita obligada y como toda cita obligada cuenta con varios condicionantes de mercado que la hacen, además, costosa.
   Tanto el hotel más caro de todo Cuzco como el hotel que yace en la superficie misma del mencionado templo y el servicio de tren más popular –por lo conocido- que llega hasta Aguas Calientes, pertenecen –los hoteles- y está administrado –el tren-, como muchos podrán imaginarse, a capitales ingleses. Esto implica, claro, puntualidad, limpieza e infraestructura acorde a las demandas implícitas de la mayoría de personas que acceden a este servicio.
   Admito que la idea de saber que el servicio era brindado por capitales ingleses, a priori, no me gustó, pero traté de pasarlo por alto. Y, afortunadamente, tuve la posibilidad de viajar en los dos servicios más económicos –el otro, de un lujo casi recalcitrante, tiene un valor inmensamente mayor y nunca estuvo en mis planes- y poder comprobar en menos de 30 horas la cara más cruel del mercado, esa que siempre está presente pero que a veces se camufla con colores y música fuerte.
   Repito, para volver al concepto, que entre el viaje en segunda y el de tercera la diferencia es de 11 dólares, y es por ello que es inaceptable –de cualquier modo lo sería- el nivel de degradación al que se expone a los pasajeros.
   Y lo más grave no son las diferencias en cuanto a las comodidades –las cuales son previsibles- sino la actitud de personal. El itinerario en el tren B era el siguiente: primero traían la comida, luego de un rato pasaban a vender bebidas “extra” y, minutos más tarde, merchandise alusivo; y, además, a poco de iniciado el viaje la voz en off anuncia que en luego de unos minutos se servirá un lunch.
     En el C, por darle una letras alegórica, no sólo que el aviso del snack nunca llegó sino que, además, el orden de los factores buscaba alterar el producto, seguramente a fin de recuperar algo de los miserables 11 dólares que separan un servicio del otro. Entonces, lo primero es la venta de las bebidas “extra”, pequeña y cruel estrategia.
    Honestamente, no tenía ni el más mínimo interés en gastar nada de más en ese servicio; porque es de capitales ingleses, porque me dan culpa algunos gastos innecesarios y porque, además, sospechaba la inminencia de un servicio gratuito.
    Y no tuve mejor idea que preguntarle al camarero, cuando me ofreció las bebidas con buen tono y sonrisa acorde, si más tarde iban a servir algún snack. “¿Gratis?”, me remarcó, “Sí”, le dije, tragando saliva para no decirle “No, gratis nada. Yo pagué por este servicio el dinero que vale”. Pero entrecerré los ojos y me dijo que sí.
    Pero eso, claro, no fue todo. Luego de media hora, después de que el vagón B sirviera sus alimentos, obviamente, el camarero fue asiento y, al llegar al mío, me dijo “¿Qué quiere de tomar, gratis?”, y me dio las posibilidades. Elegí y, a los pocos segundos, le dije a mi amigo, al lado mío; “¿Me dijo gratis?; “Sí”, me dijo, y le explique por qué me lo había dicho. Ahora bien, ¿Es necesario remarcar  algo así? ¿Qué macabras órdenes sigue este muchacho para tratar así a la gente?
    Acto seguido, la parada obligada en Ollantaytambo, una pequeña población en la que ya habíamos parado en la ida y la cual había bajado para hacer algunas compras sin restricción alguna. La parada, en el tren C, también fue en Oallantaytambo, y, con algo de sed y arrogando el derecho que tuve en el viaje de ida, traté de bajar, no sin la interrupción del uno de los camareros –no sé si el mismo- que me dijo que no podía bajar, y que, en el mejor de los casos, podía quedarme literalmente abajo del tren, en el andén, a esperar, quieto, la partida. Dejé de tragar saliva, hice valer mi moderado derecho y fui a comprar con la advertencia de que fuera rápido porque, caso contrario, el tren seguiría viaje.
    No es menor mencionar que esta desagradable situación, claro está, pasó -y seguirá pasando, lamentablemente- en un servicio que, vale mencionar, no es precisamente consumido por indigentes y que, en todo caso, hace alusión a algo así como una comodidad que perfectamente podría no elegirse dada la existencia de otras formas alternativas de llegar a Machu Picchu –buses, Camino del Inca, etc.-.
    El destrato, ese incordioso personaje aparece en todos lados; hasta en tierras sagradas dotadas de una paz y una energía inigualables. Y todo por una hamburguesa completa, con papas y gaseosa.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Hay una sola


   Estoy aprendiendo a esperar. Esperar que las cosas sucedan, y si no suceden, al menos sacar algo provechoso de la mera espera.
   Paradójicamente, mi vida, íntimamente ligada al tiempo, está más relacionada a la espera que a las esperanzas. En la raíz de los términos esté, quizás, el significado necesariamente mutuo de ambas nociones; porque sin esperanzas, ¿qué se espera? Esperar no implica movimiento, pero muchas veces moviliza.
   Previo a mi última sesión de terapia, tuve que esperar y elegí reparar en una imagen que comenzó a producirse casi mágicamente frente a mis ojos. Yo, solo, estaba quieto –esperando- en uno de los sillones; en frente mío, una bella madre y su hijito de no más de 7 años, completaban el escenario, que se adornaba con algunos libros, una luz tenue y algunos muebles algo antiguos, dignos de una sala de espera de terapia; algo así como la espera para la esperanza.
   Primero, debo admitir, quedé asombrado por la simple belleza de la madre, que se hacía aún más interesante con dos grandes anteojos que configuraban su rostro, dotado de una amplia y blanca sonrisa, de manera ideal. El niño, evidentemente, era su hijo; sus rastros lo delataban.
   Primero comenzaron leyendo un libro de colores, pero evidentemente, el nene quería algo más complejo. Apenas pasaron segundos cuando ella sugirió: “Una revista de animales. ¿Vamos a leerla?”, y el nene asintió entusiasmado. Y comenzó lo que para mí serían, más que minutos de espera, momentos de paz, de significación y de contemplación.
   Es cierto que hay excepciones, pero en las generales, las madres –siempre hablando en la cultura occidental y en madres de lo que vulgarmente se conoce como “clase media”- tienen el don de educar, de guiar, de mostrar caminos; de comenzar a mostrar a sus hijos las alternativas de lo que es el complejo mundo donde vivirán por, esperan, muchos años.
   Esta no era otra imagen que esa: mientras ella leía, con un tono casi de maestra jardinera, lleno de onomatopeyas, sonrisas cómplices y variaciones pedagógicas de la voz, el nene completaba cada frase, cada dibujo y cada momento con una sonrisa que cerraba perfectamente esa suerte de simbiosis que sólo un vínculo como el de madre-hijo puede hacer posible. Yo, mientras, miraba feliz, con algún dejo de ilusión y remembranza tal vez perdido en el tiempo.
   Los minutos de espera, por suerte, siguieron pasando, como fueron sucediéndose, también, las sonrisas de ambos y los aprendizajes, míos y del niño; también, quizás, de la madre.
   En ese contexto, no era menor el hecho de que ambos estaban, al igual que yo, esperando que su terapeuta los llamara para su turno; eso le ponía a la situación el necesario ingrediente de conflictividad propio de cualquier vínculo de esa índole y casi necesario para mi observación.
   Pensé, por un momento, en generar algo así como un estado de situación; y, entonces, me imaginé a una joven madre recientemente separada –la mujer no tenía más de 35 años-, llevando a su hijo a terapia para poder asimilar la falta del padre que, presente o no, podía condicionar su crecimiento armónico. Así pensado, ella era la heroína total de la película y el cuadro era sencillamente inigualable.
   Eso, ciertamente, le otorgaba a la escena un matiz invalorable y sublime; podía sentirme parte de esa historia; creía poder encontrar en ella alguna similitud, alguna extraña y propia complejidad que hacía aún más maravilloso el lugar, el rol, el papel, de ella, la madre, en todo este engranaje de relaciones.
   No hay nada en nuestra cultura como la relación madre/hijo; nada se equipara y nada llega hasta esas dimensiones impensadas y maravillosas. La espera para una terapia “de pareja”, no era otra cosa que la reafirmación de esa noción, y no podía sino conmoverme tanto que no emití sonido durante los 20 minutos de espera –algo difícil para mí-.
   Una foca –o un lobo marino-, un león –o un tigre-, rojo o azul o violeta, verde, amarillo, naranja… todos eran conceptos que el niño estaba reafirmando de la mano de su madre, que pacientemente –casi como una metáfora del momento- le enseñaba con una devoción y un amor dignos de una escena publicitaria.
   Hasta que mi terapeuta bajó y me llamó; ellos dos, sumergidos en su mágico inframundo de animales y sonrisas, siguieron construyendo un lazo inviolable.
   Probablemente, en unas semanas más, el chico no recuerde ese momento; a la madre, tal vez, le llevará algunos meses más que su mente borre o al menos filtre este episodio quizás repetido y rutinario. Yo, por mi parte, pude sentirme un privilegiado; estando casi sin estar, presencié algo tan simple como maravilloso y reviví, como hacía mucho no lo hacía, la insuperable sensación de sentir el amor de una madre.

martes, 18 de diciembre de 2012

Muerte digna

  Días atrás, la provincia de Buenos Aires adhirió a la aprobación, en mayo pasado, de la Ley 26742 de Muerte Digna. Dos días antes, había tenido un contacto con eso que se hace llamar “muerte digna”, o algo así ¿Puede haber dignidad en la muerte? Por definición, la ortotanasia, o muerte digna, es la actuación correcta ante la muerte.

   Hay en la muerte algo que no hay en la vida: la existencia de voluntad; nadie puede elegir empezar a vivir –sí continuar viviendo-; todos podemos elegir cómo, cuándo y dónde morir; absolutamente todos.
   Hace días, mientras preparaba el desayuno algo percibí en el suelo. Un insecto, insignificante, temblaba; moría de a poco. Detuve mi actividad y me concentré en ver qué hacía. Nunca había visto morir un insecto de muerte “natural”, y quería ver ese momento sublime de la naturaleza. Más allá de alguna suciedad cotidiana, el piso de mi living no guarda ningún resto de insecticida, por lo cual lo que estaba presenciando era el final mismo de una vida que se aparece ante mí ya concebida y suele morir traumática e instantáneamente; por eso quería ser partícipe de ese ritual desconocido.
   Me acerqué; era como una avispa, negra, puntiaguda, con alitas e intentaba moverse con las últimas fuerzas que parecían quedarle en sus últimos instantes de vida. Temblaba, se movía histéricamente en un radio de no más de 5 centímetros y, cada tanto, quedaba quieto, inmóvil, como esperando, instintiva y perspicazmente que el final le llegara.
   Tal vez encontrando un hueco más acogedor, se quedó quieto por unos segundos en una de las uniones entre dos baldosas; pensé que había muerto, pero al llegar, volvió a aletear con rapidez, pero sin la suficiente fuerza para tomar vuelo.
   El escenario era triste, verdaderamente triste. Era, en definitiva, un ser luchando instintivamente por no perecer, sintiéndose débil, impotente y, quizás, heroico por haber sorteado lo que otros de su especie padecen: el cachetazo mortal.
   Hasta allí, la experiencia era interesante, pero tomó, segundos después, una dirección insospechada, quizás hermosa, tal vez increíble.
   Como decía Borges, los animales viven en “la eternidad del instante” y eso los hace menos previsores, más instintivos. Y algo parecido sucedía con este insecto, que, pese a no tener dimensión de tiempo, espacio ni ninguna coordenada parecida, sabía, presentía, intuía, que su tiempo se estaba acabando.
    Preso de su debilidad, cuando ya la arena de su reloj comenzaba a bajar toda y no podía más que esperar sin esperanza un final inevitable, movió sus alas más rápido que antes y emprendió el camino último de su vida.
  Arrastrándose, apenas aleteando aunque ya sin la velocidad de antes, con los espasmos de un organismo ya vencido, se deslizó los pocos centímetros que lo separaban del mueble del televisor para posarse debajo suyo y llegar, a los pocos instantes, al final de sus segundos de vida en soledad, que en ese momento es algo parecido a la oscuridad.
   Y así, natural pero también mágicamente, el pequeño insecto murió dignamente; dejando un mensaje asombroso, aunque simple. El insecto, un ser miserable para muchos –entre los que me incluyo, probablemente-, tuvo su última instinto, el de paz, y eligió su lugar para morir, solo, oscuro, imperceptible.
   La muerte digna, entonces, tuvo lugar en mi casa, a metros de mi ventana, por donde tal vez entró el insecto ciertamente sin saber que ahí pasaría sus últimos segundos, sus últimos aleteos y que ese sería, en definitiva, su lecho final, en la oscuridad y el anonimato.