martes, 5 de febrero de 2013

¿Feliz domingo?

   Tradicionalmente, los domingos suelen ser días de descanso; sobre todo sus mañanas. En el caso de los que tienen la suerte de no trabajar, en esos días cuerpo y mente parecen relajarse y estar más abiertos a placenteras prácticas poco cotidianas y, en ocasiones, enriquecedoras.
   Bien; estas nociones, claramente, son interpretadas milimétricamente por el mercado, que diagrama, según el lugar en el cual se manifiesta, determinadas estrategias de cooptación, adoctrinamiento y sugestión.
   Por ejemplo, con el correr de los años y el corrimiento de los hábitos de consumo, se ha hecho cada vez más frecuente, desde la instalación de los shoppings en las grandes ciudades, que todos sus locales permanezcan abiertos los domingos, tal vez uno de los días de mayor caudal de ventas. La gente, sin preocupaciones, de paseo en el shopping únicamente por el placer de ver y comprar productos, se muestra más propensa a hacer compras porque su cabeza está centrada únicamente en eso y no tiene otras preocupaciones situacionales como sí sucede, por ejemplo, algún día de semana.
   Tampoco es casual -nada lo es- que los días de mayor concurrencia a la iglesia sean los domingos y que para todos los creyentes la misa casi impostergable sea, precisamente, la del séptimo día de la semana; esa que se da cuando la mente entra en reposo y es más permeable a cualquier influencia y adoración; a escuchar sin otro filtro que el de la manifiesta voluntad de escuchar lo que se sabe que va a ser dicho y no cuestionarlo.
   En ese sentido, claro, también los domingos son días de lectura, quizás los de mayor lectura de la semana, en consonancia con esta idea de una mente desprovista de preocupaciones coyunturales como el trabajo o alguna determinada obligación impuesta.
   El mercado de la literatura sobrevive más allá de los días de semana y sus obras permanecen inmutables en el tiempo, inalterables, por lo cual este tipo de teorías como las que pretendo esgrimir, no cabrían en ese tipo de arte. Aunque no es menos cierto que existe un mayor placer cuando se lee con tranquilidad y por placer que cuando se realiza para evadirse o por mera costumbre.
   Siempre hablando del arte escrita, con la prensa, por su parte, también se da este fenómeno. Los medios gráficos, notables receptores -o generadores- de los mensajes de la sociedad, comprenden, quizás mejor que nadie, su papel, su rol, su propósito y son implacablemente funcionales a este tipo de situaciones.
   Por el tiempo disponible, la predisposición mental y la costumbre impuesta, los diarios de los domingos suelen tener, además de más páginas, una mayor cantidad de columnas de opinión, mayor análisis de las noticias, más publicidad y, claro, una intrínseca búsqueda de influencia en sus propios lectores -y por qué no en lectores ajenos-. Es que el hombre de domingo, difícilmente cuestione.
   Heiddeger, uno de los filósofos más importantes de la historia, advertía el peligro que supone "vivir en estado interpretado", de "existencia inauténtica"; esto es, a grosso modo, no hablar, sino ser hablado; no pensar, sino ser pensado. Nada -o poco- de lo que hacemos, deseamos, decimos o pensamos es legítimamente autónomo y en esto tienen un crucial papel los medios.
   
TAPA, TAPITA, TAPON

   El pasado domingo tuve una revelación que fue la que me impulsó a escribir estas líneas. No estaba en casa -donde recibo el diario local- y, para no pasar de largo la placentera costumbre de desayunar con el diario el día que más tiempo tengo a la mañana, decidí ir a comprar uno, otro.
   Sin mencionar de qué diario se trataba, comencé a ojearlo y, para equiparar las fuerzas, leí, también otro "de la otra vereda". Quería tener las dos caras de la moneda, por un lado y, además de tenerlas, corroboré algo para mí inaudito.
   Se sabe que las tapas de los diarios son, más allá de una herramienta de marketing y una fuente de ventas, una clara demostración de las aspiraciones y los alcances de los medios. De qué quieren que se sepa, en qué orden y bajo qué miradas; es parte de lo que delimita lo que se conoce en la jerga como la "agenda setting".
   Ahora bien, ¿cuántas noticias puede albergar la tapa de un diario? ¿En cuántas cuestiones tiene que hacer foco el lector medio para poder salir a la calle y comprender, erróneamente o no, las cosas más cruciales del país y, ya más ambicioso, del mundo? 
   En una de las portadas, la que había comprado primero, había un título importante -que hablaba de la justicia-, otro arriba pequeño con una ilustración -que daba cuenta de una declaración de la presidente-, una pequeña mención al clásico deportivo y el anuncio de los artículos de los columnistas de ese medio. 
   En la otra -eran tantas que espero que mi memoria no me traicione-, estaba como tema principal las fotos íntimas de "nuestra" futura reina de Holanda, el cumpleaños de una diva en franca decadencia, un dato acerca de que las mujeres consumen cada vez más Viagra, otro del cambio de hábitos en el rubro 59 -el de la trata de personas- y alguna que otra noticia seguramente más "normal" y por ello olvidada.
   Al margen de las tendencias de uno y otro medio, la adecuación de los temas de tapa es lo que pretende hacer este artículo más rico. Al margen de la mirada desde la cual estaban siendo tratados, los temas del primero de los medios citado podría haber sido enfocados desde otra visión y los tópicos, que de por sí solos eran importantes, habrían tomado otra relevancia. En relación a los de la segunda, la fantochada que supone una tapa de ese estilo, bajo ningún punto de vista es defendible, comprensible y aceptable. 
   Ostentaciones como la de las fotos de la familia real, el cumpleaños de X en Punta y su posterior viaje a Miami, y aberraciones como el tratamiento de los nuevos hábitos de consumo de sexo en una tapa de un diario es algo dañino, violento, repulsivo; que fomenta la violencia, la división y genera bronca y resentimiento.
   Y no es algo desinteresado. Esto no es ni más ni menos que una parte de un engranaje mucho mayor; ese que Antonio Gramsi llamó los "intelectuales orgánicos", que no son ni más ni menos que los estamentos de la sociedad -de determinadas clases, fundamentalmente las más poderosas- encargadas de desarrollar y reproducir las condiciones de existencia dadas. Ente ellos, se pueden encontrar, además de los medios, el Estado -en sus diferentes etamentos-, el empresariado, la escuela, la iglesia y el ejército, por citar algunos. "El intelectual tiene como función el homogeneizar la concepción del mundo de la clase a la que está orgánicamente ligado;(...)no es, pues, el reflejo de la clase social: desempeña un papel positivo para volver más homogénea la concepción naturalmente heteróclita de esta clase. (...) Son primeramente, los organizadores de la función económica de la clase a la que están ligados orgánicamente", dice Gramsci.
  
Es imposible procurar la objetividad y pretender que todos los públicos tengan intereses similares; ya nadie siquiera lo disimula. Pero el límite de todo debería ser el criterio funcional a la hora de elegir sobre un tema u otro. Nada de lo que describí en la segunda tapa nos sirve a ninguno de nosotros para ser mejores personas, para comprender el país o para poner las cosas en su justa medida.
   Justamente, no es menos cierto que si ese diario de las fotos ostentosas persiste en su empecinada tendencia a editar tapas que nada tienen que ver con el país sigue saliendo a la calle es porque hay un público cautivo que exige ese tipo de noticias; la llamada "no noticia" de la que muchos medios se valen para justificar el uso a veces abusivo del papel sin mayores ambiciones que ser "más grande". 
   Por eso, no se trata de coartar la libertad de expresión; ciertamente un país que se da lugar a que coexistan estas dos formas de ver el periodismo es más rico y profundiza el debate y la sana división. Pero creo responsable que los que pueden tener esa capacidad de discernimiento puedan actuar en consecuencia para evitar que esta tendencia se propague.

No hay comentarios:

Publicar un comentario