“Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:
-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.
Dahlmann no se extrañó
de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras
conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los
peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su
nombre y lo sabrían los vecinos”.
La fuerza de un nombre, a veces tuerce un
destino; lo reafirma, le da entidad, fuerza, vigor, identidad. La tragedia de
la estación de Once tuvo en sí misma la cara de varias sensaciones: el dolor,
la desesperación, la angustia, la impotencia y, al final del camino –vaya
metáfora-, tuvo un nombre; Lucas.
El hallazgo del
cuerpo sin vida de Lucas fue, esta vez, el simbolismo más grande toda esta
tragedia, que de por sí costó mucho más que esa vida; se llevó a otras 50, que,
por anónimas, parecen haber formado parte de otro fenómeno, no menor, pero de
una semántica diferente.
El nombre es algo
inasible que nos acompaña hasta el último instante de nuestras vidas; nadie
osó, jamás, cambiárselo –sí los apellidos-. Y es esa fuerza la que, en hechos
como el del otro día, sale a la luz de la manera más terrible. Ya lo decía una
vieja publicidad de un banco: “Un buen nombre es lo más importante que uno
puede tener” –lo de “buen” puede ser un exceso-.
No es casual –muy
pocas cosas lo son en situaciones como esta- que sean los padres de Lucas,
quienes aparecieron primeramente en los medios –que los emplearon como símbolo
unívoco del dolor-, quienes salieron a realizar conferencias reivindicatorias y
a reclamar justicia o algo así. Ellos tienen el mismo derecho y el mismo dolor
que los demás 50 padres o hijos, pero en ellos cayó, mágicamente, el deber de
hacerlo. Y ese deber fue así porque la tragedia, por fin, tuvo un nombre.
Toda lucha parece
más justa cuando se hace en nombre de alguien o de algo concreto. Las causas
perdidas no tienen nombre; son entidades que deambulan como valores a veces
inalcanzables y por los cuales las peleas adquieren formas en ocasiones
incomprensibles. La justicia, la verdad, el honor, el orgullo, no son más que
palabras sueltas cuando el dolor se apodera de las almas. Pero cuando a cada pedido lo acompaña un nombre, el pedido se
resignifica y adquiere un valor en sí mismo.
Aunque en el fondo
todas las 51 víctimas estén incluidas en el reclamo, la justicia por Lucas
tiene otro valor, otra fuerza y despierta otra ilusión. Para los que lo sufren,
anida una luz de esperanza que se renueva en cada pedido, cada conferencia;
para los que le sacan algún rédito, tiene otro marketing, otro impacto mayor y
más creíble; más humano.
Pelear siempre es
en nombre de algo; toda lucha tiene un nombre y todo nombre requiere cierto
cuidado. Cuidado a la hora de usarlo, “usufructuarlo” y, a partir suyo, generar
nuevas movidas tendientes, todas, a generar un mayor impacto, sin que esto
signifique necesariamente el esclarecimiento de ningún hecho.
Hasta que no se
dio la trágica y lamentable aparición de Lucas, el único muerto que tuvo nombre
en el mismo momento de su hallazgo, los cuervos rapaces de siempre parecían no
poder darle a la tragedia, de por sí dolorosa, la carga emocional necesaria
para llegar a conmover a la sociedad que no estaba directamente afectada por la desgracia.
Pero apareció y,
junto a él, instantáneamente se conoció su historia, sus vicios, su vida, sus
amores, sus amistades, sus sueños y toda una serie de cosas que perfectamente
encajan en lo que podría ser la vida de cualquier amigo nuestro o bien de nosotros
mismos.
La idea de empatía
ligada a la tragedia, lejos de construir, genera sentimientos extremos, desde
los cuales ninguna solución sensata pareciera ser posible. Es que, en el fondo, quienes
buscan las soluciones no terminan siendo en definitiva quienes
capitalizan el hallazgo del cuerpo de Lucas como un ícono de una lucha, de un
pedido, de un reclamo que los trasciende.
Los padres de
Lucas, entonces, fueron puestos ahí por personas ajenas a la protesta de manera
deliberada y canalla. Nadie debería usufructuar el dolor de dos padres cuando
sufren una tragedia como los de Lucas, pero de todas formas alguien lo
hizo y trató de sacar el mayor rédito posible.
Lucas, sin
quererlo, pasó a ser parte de una lucha napoleónica para la cual jamás había
sido preparado. Y él fue Napoleón y el resto de las víctimas, un ejército anónimo que de a poco se fue conociendo; fue el símbolo de un pedido y tratarán de
usarlo lo más que puedan.
Mientras, otras 50
personas ya tampoco están, sus familias las lloran y sus historias, tal vez
similares a la de Lucas, pareciera que entran dentro de una misma bolsa de
dolor, angustia e indignación que las iguala, no las distingue.
El peso específico
del nombre de Lucas es directamente proporcional a la desenfrenada búsqueda
de algo que no es estrictamente justicia por algunos medios y, por ende, por la gente que,
indignada con justa razón, trata de ponerse –equivocadamente- en los zapatos de Lucas para seguir esperando que las cosas cambien, tal
vez sin darse cuenta que con actitudes así, todo seguirá inevitablemente igual.
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