domingo, 24 de febrero de 2013

Lucas (escrito el 3/3/12)


“Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:
-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.
Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos”.

   La fuerza de un nombre, a veces tuerce un destino; lo reafirma, le da entidad, fuerza, vigor, identidad. La tragedia de la estación de Once tuvo en sí misma la cara de varias sensaciones: el dolor, la desesperación, la angustia, la impotencia y, al final del camino –vaya metáfora-, tuvo un nombre; Lucas.
   El hallazgo del cuerpo sin vida de Lucas fue, esta vez, el simbolismo más grande toda esta tragedia, que de por sí costó mucho más que esa vida; se llevó a otras 50, que, por anónimas, parecen haber formado parte de otro fenómeno, no menor, pero de una semántica diferente.
   El nombre es algo inasible que nos acompaña hasta el último instante de nuestras vidas; nadie osó, jamás, cambiárselo –sí los apellidos-. Y es esa fuerza la que, en hechos como el del otro día, sale a la luz de la manera más terrible. Ya lo decía una vieja publicidad de un banco: “Un buen nombre es lo más importante que uno puede tener” –lo de “buen” puede ser un exceso-.
   No es casual –muy pocas cosas lo son en situaciones como esta- que sean los padres de Lucas, quienes aparecieron primeramente en los medios –que los emplearon como símbolo unívoco del dolor-, quienes salieron a realizar conferencias reivindicatorias y a reclamar justicia o algo así. Ellos tienen el mismo derecho y el mismo dolor que los demás 50 padres o hijos, pero en ellos cayó, mágicamente, el deber de hacerlo. Y ese deber fue así porque la tragedia, por fin, tuvo un nombre.
   Toda lucha parece más justa cuando se hace en nombre de alguien o de algo concreto. Las causas perdidas no tienen nombre; son entidades que deambulan como valores a veces inalcanzables y por los cuales las peleas adquieren formas en ocasiones incomprensibles. La justicia, la verdad, el honor, el orgullo, no son más que palabras sueltas cuando el dolor se apodera de las almas. Pero cuando a cada pedido lo acompaña un nombre, el pedido se resignifica y adquiere un valor en sí mismo.
   Aunque en el fondo todas las 51 víctimas estén incluidas en el reclamo, la justicia por Lucas tiene otro valor, otra fuerza y despierta otra ilusión. Para los que lo sufren, anida una luz de esperanza que se renueva en cada pedido, cada conferencia; para los que le sacan algún rédito, tiene otro marketing, otro impacto mayor y más creíble; más humano.
   Pelear siempre es en nombre de algo; toda lucha tiene un nombre y todo nombre requiere cierto cuidado. Cuidado a la hora de usarlo, “usufructuarlo” y, a partir suyo, generar nuevas movidas tendientes, todas, a generar un mayor impacto, sin que esto signifique necesariamente el esclarecimiento de ningún hecho.
   Hasta que no se dio la trágica y lamentable aparición de Lucas, el único muerto que tuvo nombre en el mismo momento de su hallazgo, los cuervos rapaces de siempre parecían no poder darle a la tragedia, de por sí dolorosa, la carga emocional necesaria para llegar a conmover a la sociedad que no estaba directamente afectada por la desgracia.
   Pero apareció y, junto a él, instantáneamente se conoció su historia, sus vicios, su vida, sus amores, sus amistades, sus sueños y toda una serie de cosas que perfectamente encajan en lo que podría ser la vida de cualquier amigo nuestro o bien de nosotros mismos.
   La idea de empatía ligada a la tragedia, lejos de construir, genera sentimientos extremos, desde los cuales ninguna solución sensata pareciera ser posible. Es que, en el fondo, quienes buscan las soluciones no terminan siendo en definitiva quienes capitalizan el hallazgo del cuerpo de Lucas como un ícono de una lucha, de un pedido, de un reclamo que los trasciende.
   Los padres de Lucas, entonces, fueron puestos ahí por personas ajenas a la protesta de manera deliberada y canalla. Nadie debería usufructuar el dolor de dos padres cuando sufren una tragedia como los de Lucas, pero de todas formas alguien lo hizo y trató de sacar el mayor rédito posible.
   Lucas, sin quererlo, pasó a ser parte de una lucha napoleónica para la cual jamás había sido preparado. Y él fue Napoleón y el resto de las víctimas, un ejército anónimo que de a poco se fue conociendo; fue el símbolo de un pedido y tratarán de usarlo lo más que puedan.
   Mientras, otras 50 personas ya tampoco están, sus familias las lloran y sus historias, tal vez similares a la de Lucas, pareciera que entran dentro de una misma bolsa de dolor, angustia e indignación que las iguala, no las distingue.
   El peso específico del nombre de Lucas es directamente proporcional a la desenfrenada búsqueda de algo que no es estrictamente justicia por algunos medios y, por ende, por la gente que, indignada con justa razón, trata de ponerse –equivocadamente- en los zapatos de Lucas para seguir esperando que las cosas cambien, tal vez sin darse cuenta que con actitudes así, todo seguirá inevitablemente igual.

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