lunes, 25 de febrero de 2013

Trámites, tiempo y otras derivaciones

   Si el tiempo es dinero y cuanto más tiempo demandan determinados trámites mayor el grado de complejidad de la vida que lleva cada uno, estoy en condiciones de afirmar que llevo una vida mansa, calma o bien miserable, depende el prisma con el que se lo mire.
    Lo que voy a llamar a partir de este momento el "índice trámite" viene a ser algo así como el paralelismo que adquiere en sociedades desarrolladas la idea que se condice con suponer que, a medida de que va a pasando el tiempo, uno se va cargando de mayores responsabildades, complejidades y esto debería tener un correlato con la duración y la periodicidad en que realiza trámites, compras o gestiones de cualquier índole.
   Así como existe el "riesgo país", el "índice Dow Jones", la "sensación térmica" y muchas otras de esta clase de clasificaciones cais siempre deliberadas e intencionadas, el "índice trámite" podría ser una herramienta válida para determinar el grado de complejidad de la vida que lleva cada uno.
    Toda la vida nos han asignado trámites, gestiones, tareas, y éstas han ido creciendo en sofisticación y, por consecuencia, comenzaron a insumirnos cada vez más tiempo. De chicos, nuestra gestión era, cuando comenzábamos a adquirir alguna independencia aunque fuera menor, ir al kiosco de la escuela a comprarnos alguna golosina y este era un menester que, más allá de la cola, no duraba más de un minuto.Más adelante, las fotocopias comenzaron a asumir el rol de trámite por excelencia y de a poco el tiempo fue creciendo y con él se iba instalando el hábito de que cada vez se iba a tardar más para conseguir las cosas.
    Pues bien, si todo hubiese seguido su rumbo tal cual parece estar establecido, hoy, a mis 33 años, pasaría, como mucha gente que me rodea, mucho tiempo haciendo diversos trámites, sobre todo el él lugar de los trámites que son los bancos.
    Bajo la premisa de que el tiempo es dinero y de que tiempo que se pierde -la expresión, por habitual, no deja de ser absurda porque, ¿realmente se puede perder el tiempo?- no se puede aprovechar generando más dinero, entre otras cosas, se ha instaurado para casi todos los trámites el sistema de débito automático, para lo cual hay que hacer, claro, una gestión no demasiado engorrosa ni duradera. Pero ese no es el punto del artículo.
    Decía, entonces, que con lo que llamo "índice trámite", podríamos sacar una aproximación del nivel de complejidad por lo cual, cuanto más tiempo se demora en hacer determinados trámites, más compleja e insertada en el sistema pareciera resultar una vida.
   Bueno, si de ese valor debería medirse mi vida, fácilmente se podría advertir que algo anda mal a mis 33 años, o que al menos no anda como el sistema espera que ande. Colas de bancos o turnos con el médico, por poner dos instancias, son la cabal demostración de este fenómeno que, aunque placentero, no deja de inquietarme.
   Tras una larga espera, tanto en una como el otra, cuando llega mi turno, éste nunca insume para mí el tiempo que sí insume para los demás; y esto siempre me ha inquietado.Y me ha movilizado al punto de tardar más de la cuenta inclusive una vez que el trámite ha finalizado para no sentirme menos "adulto" que el resto de las personas que tardar 3, 4 ó 5 veces más que yo; entonces, acomodo los billetes -en el caso de los bancos- o me quedo charlando de alguna otra dolencia -para con los médicos-.
    Mi dermatólogo, por ejemplo, es un hombre con el que dan ganas de irse a atender, de no ser por el precio que cobra. Bien dispuesto, con una sonrisa, elegante, recibe cualqueir consulta con beneplácito y, en lo que refiere a mí, me despacha en 2 minutos. Desdramatizar es, en lo personal, algo que todo médico debe tener y que opera en favor de la psiquis del paciente; y éste es un caso de esos, aunque por momentos algo extremo.
    "Ah sí, ponete esta cremita", suele decir, y listo el pollo. Fue una hora de espera, leerme las inefables revistas que suelen haber en las salas de espera de los consultorios -con la mortificación propia de no saber qué se tiene-, pensar, esperar, impacientarse -de ahí, seguramente, viene la denominación de paciente-, especular, para que, una vez adentro, en 2 minutos me largue con la misma sonrisa con la que me cobró lo que valía la visita. Es en ese momento, donde tomo coraje y comienzo a preguntarle sobre cualquier otra dolencia, por más que no sea de su especialidad, para que la gente de afuera sienta lo mismo que sentí yo durante la hora que estuve esperando y fumándome la Para Tí, Viva, Gente, Caras, Hola, etc. etc. etc. Es mi pequeña revancha.
   ¿Es mi vida tan poco compleja? ¿Tengo todo solucionado como para no perder el tiempo en las cosas en las cuales la gente sí lo pierde? Claramente, no, y por eso es que esto siempre me ha hecho un ruido especial. Pero no me desespero; ya llegará el momento en el que tenga que ponerme a hacer otro tipo de cosas que sí demandarán mayor tiempo, dedicación y stress. Hasta entonces, teorizaré y seguiré guradndo los billetes en la caja del banco mirando para el mismo lado y de mayor a menor.

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