Ninguna enfermedad está excenta del contagio y nadie debe estar del todo desprotegido si quiere seguir "sano"; sano en términos médicos y en términos sociales, que no es lo mismo pero enfocados desde una óptica puede parecer algo similar.
Este artítculo está escrito hoy, pero bien pudo haberlo estado hace meses, años o, bien dentro de meses o años. Su lectura carece de una temporalidad definida y me atrevo a decir que va a seguir teniendo vigencia por mucho tiempo más.
El, a mi entender, excesivo tratamiento de determinados temas en casi todos los medios tiene una incidencia directa, además de en el humor social de la gente, en los actos de una sociedad que, por pertenencia, contagio o simple imitación, reacciona de la peor manera.
No es casual -no puede serlo- que a cada episodio lamentable lo sucedan una indetermimnada cantidad de episodios similares. Presas de un mundo sin identidad, en donde los límites propios están cada vez más dispersos y difusos, las personas tienden a imitar, siempre, las peores actitudes de los demás.
Después de cada hecho de envergadura con determinadas características macabras, por lo general, es previsible que durante algún tiempo se prolonguen situaciones similares en diferentes lugares del planeta y, aquí, meros consumidores y expectadores de realidades que nos sobrepasan, hacemos lo imposible por sentirnos parte.
La globalización lo es todo; la propia identidad, casi nada. El permanente taladreo de determinados temas -en su mayoría del tipo policial tipo robos, crímenes, estafas, saqueos, etc..- suele tener un correlato en nuestra realidad cotidiana, generando así una especie de espiral de violencia que hace aún más compleja de lo que de por sí lo es, la sana convivencia.
Y no es sólo en los ejecutores de los delitos en quienes se genera este contagio. También se genera un pánico ulterior en el seno mismo de la sociedad, que ve demonios donde no hay; que genera miedos en lugares antes no concebidos y que, en definitiva, termina cayendo en un intricado círculo de aislamiento que nada tiene que ver con el vivir en sociedad.
La falta de cuidado, de prudencia, a la hora de tratar temás delicados, complejos y conflictivos, tiene un exacto correlato en la desemdida exaltación de la primicia como valor supremo del periodismo. Las imágenes fuertes no tienen análisis previos, no pasan por el necesario filtro editor que las haga más comprensibles, asimilables y, en definitiva, digeribles para un público estratégicamente interesado en los golpes de efecto.
Ayer fueron matanzas y masacres; hoy, saqueos; mañana, tal vez, sean estafas o nuevas modalidades de delitos que se propagarán en todas partes del mundo y se querrán, erróneamente, analizar y tratar con la lógica de cada país, como si la globalización únicamente fuera un fenómeno exógeno pero a su vez intrincado en el seno de sociedades con más cosas para perder que para ganar.
Educar es, como siempre, la mejor alternativa. Pero, ¿qué implica educar? ¿Implica, únicamente, educar a las clases más necesitadas en que robar no es mejor que trabajar? ¿O también implica la necesaria adecuación de los que más tienen y viven de las migajas de aquellos que luego condenan y criminalizan para hacerles entender que la realidad, muchas veces, es más compleja que la mera reprocucción de imágenes y palabras?
Vivimos en un mundo eminentemente violento, mayoritariamente vehemente. Lleno de fanatismos, locuras y devociones de las más alocadas. ¿Es necesario, entonces, echar más kerosene al fuego para que todas estas falencias sociales se propaguen y se haga visibles, generando una sensación de inseguridad constante? Seguramente no, pero no está sino en manos de cada uno de nosotros -los que contamos con el privilegio de saber discernir- la tarea de educar en la sana convivencia, la mejor y más conveniente.
martes, 11 de diciembre de 2012
lunes, 10 de diciembre de 2012
Ahora o nunca
Por espacio de unas semanas se dieron dos fenómenos –seguramente ha habido más- de mercado que me han llevado a pensar un poco en el acto del consumo como principio y fin de toda búsqueda.
Por un lado, hace
alrededor de un mes, aproximadamente, una tarjeta de crédito lanzó una de las
promociones de descuentos que incluía el 50% de rebaja en determinadas
librerías. En ese momento pensé en escribir al respecto, pero por diversas
cuestiones lo fui postergando. Las librerías, claro, lucieron llenas como
nunca.
Ahora, la semana
pasada, las copiosas lluvias caídas en el barrio de Belgrano, uno de los más
castigados en los últimos tiempos –o al menos cuyo castigo más se ve en TV- por
este tipo de inclemencias, obligó a que, al día siguiente, muchos locales
liquidaran a precios a veces irrisorios las prendas que, por el agua, se les
habían estropeado. Esos locales, claro, rebalsaron de personas.
Tanto uno como otro
hecho tienen un denominador común; a la gente le importa más comprar que cualquier
otra cosa. No importa qué, no hay que reparar ni siquiera en la motivación
ulterior que implica la compra, sino que lo que prevalece es el hecho saciar la
incontrolable pulsión al consumo, que nos vuelve tan frágiles y volátiles como,
a veces, superficiales.
No está mal comprar
de más; hay un sistema que debe mantenerse como tal y para ello,
indefectiblemente, el hombre debe ser educado para consumir aún cuando no sea
estrictamente necesario. En este proceso de educación entran las publicidades, la
televisión, el imaginario colectivo generado por éstas y una adecuación a un
sistema que entiende perfectamente estas condiciones y busca mantenerse con
felicidades pasajeras.
El consumo es algo
inmanente a la especie. Todo ser vivo consume; necesita consumir. Pero su
sobrevaloración, como casi todo, es una construcción social y económica cuyos
alcances se han ido perdiendo y modificando con el correr de los tiempos y las
“modas”, grandes modificadoras del consumo y las tendencias.
Económica porque,
claro, el consumir implica un movimiento de capital y, en función de ese
movimiento, se van tejiendo las diferentes estrategias de consumo de locales,
tarjetas de crédito o consumidores.
Y digo social,
porque, a su vez, un determinado consumo puede posicionarnos en determinados
lugares sociales generando una suerte de pertenencia ajena aunque buscada; no
natural, sino específicamente demarcada por un mercado todopoderoso.
Si a la gente que
se volcó a las librerías como hormigas el día de la promoción le gustara tanto
leer, seguramente el país no estaría como está. Pero no; por el contrario, a la
gente lo que la motivó a llenar esos locales fue el mero hecho de no perderse
la oportunidad de comprar “algo” a “la mitad”; algo así como un “déme dos” un poco
más “culto”. Ergo, estaban ahí por su propulsión al consumo más que por su amor
por el arte o algo así.
Esto,
perfectamente, podría venir a redefinir el campo de los consumos culturales.
¿La gente lee menos, va menos al teatro o al cine por falta de interés o de
ofertas culturales atractivas? Y, en tal caso, para convocarla ¿harían falta
mejores propuestas, mejor pensadas, producidas y ejecutadas, o con el mero
hecho de bajar los precios alcanzaría para que la gente –alguna, siempre
minoritaria- se vuelque a esos lugares?
En un hecho como
el del descuento de la tarjeta de crédito, lo que prevaleció en la gran mayoría
era la idea de estar pagando menos algo, en este caso un libro, pero bien
podría haber sido una banana, un par de medias o una remera desteñida por el
impiadoso paso de la lluvia.
LLUVIA DE OFERTAS
Justamente, en
relación a las mega liquidaciones de los locales del barrio de Belgrano, aquí
también se vio el mismo fenómeno pero con otro maquillaje. Con el hecho
consumado, las cámaras de TV enfocaban a personas desesperadas dentro de
locales que, con carteles gigantes que cubrían montículos irreconocibles de
tela, anunciaban el ofertón del momento.
Hacia esos lugares,
entonces, la gente corría desesperada buscando algo que seguramente no
necesitan pero que desean por, una vez más, no dejar pasar esa inmejorable
oportunidad. En esos casos, no importa demasiado el color, el talle, el calce
ni nada; sólo por estar muchísimo más barato, cualquier compra tiene su
justificativo necesario.
Madre de muchos de
los males sociales actuales, las oportunidades parecen carcomernos la
existencia; son entelequias que están ahí, se presentan en un espacio y tiempo
determinados y nosotros, pobres presos de nuestra conducta, no podemos dejarlas
pasar. Esto, claro, atenta contra la sana convivencia, contra nuestro sano
ordenamiento de prioridades y, en definitiva, alienta la propulsión enfermiza
al consumo.
Lo llamativo de los
locales de Belgrano era que la gente que estaba hurgando en las bolsas de ropa
no era precisamente gente que tenía necesidades de prendas, a simple vista;
eran personas que, cansadas seguramente de una vida rutinaria y agobiante,
buscaban en esos pequeños regalos del cielo alguna reivindicación vayan a saber
con quién.
La vida son oportunidades; es una
multiplicidad de factores que se alinean para darnos a nosotros esa vaga
sensación de que si no es ahora, quizás no sea nunca.
Es que, en
definitiva, la vida misma es ahora o nunca; después puede ser tarde. Y nadie mejor
que el mercado para interpretar esa sensación de eterno instante que vive cada
comprador a la hora de recibir oportunidades como estas. Porque las verdaderas
oportunidades tal vez sean las que se da uno mismo, pero, para evitar llegar a
descubrirlas, el mercado impone condiciones y, en última instancia, hace que
nuestra existencia sea aún más efímera que lo que de por sí es.
viernes, 7 de diciembre de 2012
¿Divertido o qué?
¿Qué divierte realmente a las clases altas? La simplificación del lenguaje, ha dio generando -degererando, mejor dicho- el uso de determiandos términos para dar cuenta de una multiplicidad de situaciones, sentimientos, apelaciones o simplemente para hablar sin más pretenciones.
Sucede esto tanto con palabras "nuevas" como con conocidas y la tendencia se ha degenerado de manera tal que, de un tiempo a esta parte, muchos adjetivos fueron resignificándose sin perder su significado primoerdial, pero adaptándose a nuevas demandas lingüísticas de cada momento.
Divertir y toda la familia de palabras derivadas a este noble verbo, es un claro ejemplo. Divertido puede ser desde un espectáculo hasta un partido de fútbol o, irrisoriamente, un pantalón. Sí, un pantalón, para la "gente bien", te puede llegar a quedar "divertido".
Si un pantalón te queda divertido, ¿cómo se evalúa un show de MiDaChi? El afán de divertirse o divertir, en este caso queda evidente, pero también queda igualmente evidente la falta de originalidad a la hora de clasificar. Por definición, divertir es "hacer pasar el tiempo de modo agradable", nada más y nada menos. ¿Qué tiene que ver el calce de un pantalón con esto?
Las palabras, claro, también son indicativos de status, de pertenencia y de categoría. No es casual, entonces, que el adjetivo "divertido" se haya propagado como tinta en el agua entre las clases altas, que la usan para categorizas absolutamente todo.
De todas formas, lo que indica también el uso desmedido del término es la imperiosa necesidad de "divertirse" que tienen los que más tienen. De esa suerte de insatisfación inmanente que encuentra en la vida diaria, plagada de cosas y vacía de significados.
Esto es algo que se ve claro en los más chicos. Mientras a los que más tienen pareciera que nada los conforma, una simple media dada vuelta, simulando un títere, puede ser la gloria para lo más necesitados. Y tal vez esa sea la explicación primera de lo que después se lleva al lenguaje.
Hartos de la Play, de la PC, del chat, de los juegos "inteligentes", lo que el adjetivo "divertido" viene a decodificar es una suprema necesidad de diversión sin tantas pretensiones ni preparativos; esa que supuestamente te da un pantalón, una milanesa o un partido de bochas.
Una vez más, la vuelta a las cosas más simples; a los adjetivos y a las motivaciones. Mientras, el mundo se empecina en seguir desarrollando dispositivos y neologismos que nunca, jamás, podrán reemplazar a una palabra tan seria como "divertido" y a un sentimiento tan legítimo y contemporáneo como la desdicha.
Sucede esto tanto con palabras "nuevas" como con conocidas y la tendencia se ha degenerado de manera tal que, de un tiempo a esta parte, muchos adjetivos fueron resignificándose sin perder su significado primoerdial, pero adaptándose a nuevas demandas lingüísticas de cada momento.
Divertir y toda la familia de palabras derivadas a este noble verbo, es un claro ejemplo. Divertido puede ser desde un espectáculo hasta un partido de fútbol o, irrisoriamente, un pantalón. Sí, un pantalón, para la "gente bien", te puede llegar a quedar "divertido".
Si un pantalón te queda divertido, ¿cómo se evalúa un show de MiDaChi? El afán de divertirse o divertir, en este caso queda evidente, pero también queda igualmente evidente la falta de originalidad a la hora de clasificar. Por definición, divertir es "hacer pasar el tiempo de modo agradable", nada más y nada menos. ¿Qué tiene que ver el calce de un pantalón con esto?
Las palabras, claro, también son indicativos de status, de pertenencia y de categoría. No es casual, entonces, que el adjetivo "divertido" se haya propagado como tinta en el agua entre las clases altas, que la usan para categorizas absolutamente todo.
De todas formas, lo que indica también el uso desmedido del término es la imperiosa necesidad de "divertirse" que tienen los que más tienen. De esa suerte de insatisfación inmanente que encuentra en la vida diaria, plagada de cosas y vacía de significados.
Esto es algo que se ve claro en los más chicos. Mientras a los que más tienen pareciera que nada los conforma, una simple media dada vuelta, simulando un títere, puede ser la gloria para lo más necesitados. Y tal vez esa sea la explicación primera de lo que después se lleva al lenguaje.
Hartos de la Play, de la PC, del chat, de los juegos "inteligentes", lo que el adjetivo "divertido" viene a decodificar es una suprema necesidad de diversión sin tantas pretensiones ni preparativos; esa que supuestamente te da un pantalón, una milanesa o un partido de bochas.
Una vez más, la vuelta a las cosas más simples; a los adjetivos y a las motivaciones. Mientras, el mundo se empecina en seguir desarrollando dispositivos y neologismos que nunca, jamás, podrán reemplazar a una palabra tan seria como "divertido" y a un sentimiento tan legítimo y contemporáneo como la desdicha.
jueves, 6 de diciembre de 2012
Silbando bajito
¿Por qué silban los hombres más que las mujeres? De chicos todos hemos querido alguna vez aprender a silbar -la mayoría lo ha logrado- y, apenas lo hemos hecho, comenzamos a hacer un uso desmedido de este sonido a veces irritante que sirve tanto para llamar la atención de una chica -en lo que representa uno de los métodos menos eficaces de conquista junto a la bocina- como para llamar la atención por algo más productivo.
Creo no ser el único que ha pasado horas de su niñez tratando de sacar de la boca ese chillido que, en cierta edad, es sinónimo de "hombría", de "madurez" y de infancia, por momentos, interrumpida. Se cree más hombre el niño que silba; más vivo, más pillo. Y, apenas empieza a desarrollar esta destreza, todos los días lo hace en cualquier situación.
Pero hay en el silbido algo más de género que de placentero. Por algo las mujeres no silban, o al menos no lo hacen de manera tan reiterada como los hombres. Se podría convenir que es poco femenino, sí, pero eso no deja de ser una construcción social fácilmente destructible. Si los hombres aceptan, hoy en día, que las mujeres jueguen al fútbol, ¿cómo no podrán concebir que silben como nosotros?
Las situaciones de silbido pueden ser de las más variadas, pero la gran mayoría tienen alguna connotación musical que, lejos de darle al silbido la categoría de arte, lo hacen a veces más deleznable. No hay nada peor que un silbador con pretensiones de entonar.
En este sentido, los vestuarios a veces pueden ser lugares de descubrimientos; y no hablo de descubrimientos íntimos, sino de otro tipo de cuestiones.
Así como hay gente que no puede pasar momentos de su vida en silencio, hay otros que, lejos de llenar esos espacios con palabras de cualquier índole, prefieren que el tormento para el prójimo sea otro, más abstracto.
Me refiero, aquí, a lo que he dado en llamar el silbador social. El silbador social es aquel que, ante la súbita irrupción de una persona en, en este caso, el vestuario, no puede hacer otra cosa que silbar como para evitar no sé qué situación embarazosa.
Los silbadores sociales, por definición, suelen ser hombres de una entrada edad que tienden a tener alguna empatía con el sombrío mundo del tango; entonces, apenas ven que uno ingresa al vestuario, comienzan con su infame pitido. Estos también suelen ser de esas personas que, como bien dije anteriormente, se esmeran a silbar "afinando", y acompañan, ya sumidos en un delirio artístico extrañamente comprensible, con algún "tarareo".
Y probablemente el silbido sea más de hombre porque el tango es una música eminentemente silbable; mucho más que el folklore y nihablar que el rock. Esto le da un toque masculino que lo hace inabarcable para las mujeres; por ello, quizás, una mujer que silba, más que mujer es una arrabalera.
¿Qué hace que una persona quiera afinar silbando? ¿Es aceptable que esto sea así? ¿No hay, en el sentido más profundo del silbido, algo de desaprensión hacia el sonido silbado? ¿Un silbido no debería ser necesariamente desafinado o al menos natural?
Es engorrosa la vida del silbador. Los hermanos Cuesta han hecho una profesión del arte de silbar, aunque sus sonidos eran los de los pájaros y no los del 2 x 4. Además, ellos debían afinar porque su vida dependía de un tono más o un tono menos, y eso le otorgaba un plus a su tendencia sonora.
Ahora bien, yendo una vez más a los vestuarios, también pasa con los silbadores algo particular y, al menos para mí, llamativo y digno de remarcar. Del mismo modo que existe el silbador social, cohabita en ese inframundo de los vestuarios el silbador distractivo. Este es el que silba ante alguna situación anómala, como por ejemplo, mientras se peina o afeita desnudo.
¿Hay necesidad de hacer cosas desnudo en un vestuario masculino? Hasta por buen gusto, la desnudez debe dejarse de lado una vez que el cuerpo está seco, y aún antes. Pero esta gente, la que permanece desnuda mientras realiza tareas de embellecimiento, es habitual que para contrarrestar la vaga sensación que su imagen genera, se ponga silbar como para discipar la tensión que implica el mero hecho de ver una persona desnuda haciendo algo que perfectamente podría hacer vestido.
Además de presnetarse como algo de género, silbar es algo tan de hombres que a las mujeres les fastidia. Entre las muchas conquistas que ha tenido a su favor el mundo femenino -laborales, deportivas, de reivindaición, económicas, etc.-, ellas jamás se preocuparon por apoderarse del silbido. Ese es uno de los pocos mundos que aún nos pertenece y probablemente nos pertenezca para siempre. Que no nos orgullezca.
Creo no ser el único que ha pasado horas de su niñez tratando de sacar de la boca ese chillido que, en cierta edad, es sinónimo de "hombría", de "madurez" y de infancia, por momentos, interrumpida. Se cree más hombre el niño que silba; más vivo, más pillo. Y, apenas empieza a desarrollar esta destreza, todos los días lo hace en cualquier situación.
Pero hay en el silbido algo más de género que de placentero. Por algo las mujeres no silban, o al menos no lo hacen de manera tan reiterada como los hombres. Se podría convenir que es poco femenino, sí, pero eso no deja de ser una construcción social fácilmente destructible. Si los hombres aceptan, hoy en día, que las mujeres jueguen al fútbol, ¿cómo no podrán concebir que silben como nosotros?
Las situaciones de silbido pueden ser de las más variadas, pero la gran mayoría tienen alguna connotación musical que, lejos de darle al silbido la categoría de arte, lo hacen a veces más deleznable. No hay nada peor que un silbador con pretensiones de entonar.
En este sentido, los vestuarios a veces pueden ser lugares de descubrimientos; y no hablo de descubrimientos íntimos, sino de otro tipo de cuestiones.
Así como hay gente que no puede pasar momentos de su vida en silencio, hay otros que, lejos de llenar esos espacios con palabras de cualquier índole, prefieren que el tormento para el prójimo sea otro, más abstracto.
Me refiero, aquí, a lo que he dado en llamar el silbador social. El silbador social es aquel que, ante la súbita irrupción de una persona en, en este caso, el vestuario, no puede hacer otra cosa que silbar como para evitar no sé qué situación embarazosa.
Los silbadores sociales, por definición, suelen ser hombres de una entrada edad que tienden a tener alguna empatía con el sombrío mundo del tango; entonces, apenas ven que uno ingresa al vestuario, comienzan con su infame pitido. Estos también suelen ser de esas personas que, como bien dije anteriormente, se esmeran a silbar "afinando", y acompañan, ya sumidos en un delirio artístico extrañamente comprensible, con algún "tarareo".
Y probablemente el silbido sea más de hombre porque el tango es una música eminentemente silbable; mucho más que el folklore y nihablar que el rock. Esto le da un toque masculino que lo hace inabarcable para las mujeres; por ello, quizás, una mujer que silba, más que mujer es una arrabalera.
¿Qué hace que una persona quiera afinar silbando? ¿Es aceptable que esto sea así? ¿No hay, en el sentido más profundo del silbido, algo de desaprensión hacia el sonido silbado? ¿Un silbido no debería ser necesariamente desafinado o al menos natural?
Es engorrosa la vida del silbador. Los hermanos Cuesta han hecho una profesión del arte de silbar, aunque sus sonidos eran los de los pájaros y no los del 2 x 4. Además, ellos debían afinar porque su vida dependía de un tono más o un tono menos, y eso le otorgaba un plus a su tendencia sonora.
Ahora bien, yendo una vez más a los vestuarios, también pasa con los silbadores algo particular y, al menos para mí, llamativo y digno de remarcar. Del mismo modo que existe el silbador social, cohabita en ese inframundo de los vestuarios el silbador distractivo. Este es el que silba ante alguna situación anómala, como por ejemplo, mientras se peina o afeita desnudo.
¿Hay necesidad de hacer cosas desnudo en un vestuario masculino? Hasta por buen gusto, la desnudez debe dejarse de lado una vez que el cuerpo está seco, y aún antes. Pero esta gente, la que permanece desnuda mientras realiza tareas de embellecimiento, es habitual que para contrarrestar la vaga sensación que su imagen genera, se ponga silbar como para discipar la tensión que implica el mero hecho de ver una persona desnuda haciendo algo que perfectamente podría hacer vestido.
Además de presnetarse como algo de género, silbar es algo tan de hombres que a las mujeres les fastidia. Entre las muchas conquistas que ha tenido a su favor el mundo femenino -laborales, deportivas, de reivindaición, económicas, etc.-, ellas jamás se preocuparon por apoderarse del silbido. Ese es uno de los pocos mundos que aún nos pertenece y probablemente nos pertenezca para siempre. Que no nos orgullezca.
martes, 4 de diciembre de 2012
Dialéctica de la comunicación
No es un buen tiempo para las comunicaciones. Paradójicamente o no, los múltiples avances de estos últimos 30 años en materia comuncacional no han hecho otra cosa que dinamitar las relaciones humanas y reducirlas a una expresión en ocasiones miserable.
Si el Siglo XVIII fue el de la revolución industrial, el fin del XX y lo que va del XXI, bien puede ser el de la revolución en materia de comuncaciones. Concentrados en generar una suerte de pluralidad horizontal de voces, las comuniaciones se han empecinado en abrirle el canal a que todos tengan la posibilidad de comunicarse, darse a conocer y mostrar sus opiniones. Y esto, lejos de brindar una herramienta constructiva, puede convertirise, según quién lo use, en un potencial peligro, aunque más no sea en cuanto a las relaciones interpesonales.
Todo lo humano se virtualiza, tarde o temprano, y todos, indefectiblemente, alguna vez nos comunicaremos con alguien vía internet, leyendo sus palabras sin escucharlas y dándole un sentido muchas veces abirtario y erróneo. Y así se destruyen de a poco los vínculos.
Así como la revolución industrial trajo al mundo innumerables beneficios, también implicó, antes y ahora, muchas postergaciones que la llevaron a transformarse en una metáfora de sí misma. La innovación tecnológica, claro, no podía sino redundar en hombres más "felices" -los menos- y otro tanto más postargados -la inmensa mayoría-. El mercado del trabajo, entonces, se estandarizó, perdió su faceta más rica, la de la creción y de la inventiva y terminó redefiniéndose en favor de unos pocos y en desmedro de la gran mayoría. Comenzaron a generarse grandes grietas sociales y, a más de 200 años, esos baches se hacen cada vez más pronunciados e insoportables.
¿Y ahora? Algo parecido está sucediendo, hoy, con las comunicaciones. El irrestricto uso y acceso a ellas no puede hacer otra cosa que desvirtuar la esencia misma del noble acto de comunicar, que además de hablar e intercambiar, también implica discernir, optimizar y clasificar. Lejos de transformarse sólo en una herramiento universalizadora, la comunicación y sus diferentes vías de realización, parecen cada vez más encaminarse hacia la total pérdida del significado de antaño y, paradójicamente, a la atomización de cada elemento de la cadena comunicacional.
Celulares, Facebook, Twitter, salones de chats varios y otros medios ha liquidado la validez de la palabra. La sobredimensión de los mensajes termina destruyendo su peso específico y se discipa, de este modo, el interés en el intercambio mismo y, en definitva, en la relación humana.
Es que, inevitablemente, todos los cambios, cuando no se limitan en un determinado modo, terminan convitiéndose en su perfecta negación. Casi como Hegel, igual que en la vida, toda innovación, por las propias imprudencias, la falta de preparación necesaria o el desinterés por ver más allá, termina negando o resignificando su inicio primero y genera, luego, una síntesis indefectiblemente peor que la posición inicial. De esta forma, siguiendo con el ejemplo de las revoluciones, la industrial no fue más que el principio del fin de ese ya olvidado concepto de que el trabajo dignifica. ¿Qué puede tener de digno ser preso de una máquina? ¿Hay felicidad posible cuando un tercio de la vida de una persona radica en, por ejemplo, empotrar clavos en máquinas que pasan incesantemente por delante de nuestras narices?
Y algo por el estilo se está observando de un tiempo a esta parte con las comunicaciones. ¿Qué valor puede tener una palabra empeñada si hoy en día cada una de ellas suele ser, sencillamente garabatos expresados en el intangible mundo virtual? ¿Con qué criterio se selecciona, si es que se selecciona, la forma de armar un mensaje? ¿Importa realmente la eficacia de un mensaje si en un segundo se puede reenviar otro similar, aclaratorio del anterior? El exceso de comunicación, entonces, es el mal por excelencia de estos tiempos; porque separa y no une; porque cansa y no gratifica; porque, en definitiva, destruye lo que vino a mejorar.
Presos de esta desmedida necesidad de hablar sin decir, las nuevas promociones de compañías de teléfonos celulares que dan una cierta cantidad de números a elección del usuario para hablar, indefinidamente, gratis con otro usuario, sigue esa lógica corrosiva e intolerable. Nadie puede tener algo que decirle a alguien siempre, pero ante la tentación de la gratuidad, el filtro se pierde por completo y se extralimitan los alcances de una medida ingobernable que, lejos de fomentar las relaciones entre los propietarios de los teléfonos, no son pocas las ocasiones en las que las destruyen, a veces de manera irreparable.
Porque comunicar es, también, dar a conocer; o mejor dicho darse a conocer. Es poner el pecho, el compromiso y el valor de un juicio a cada palabra, que, tomada de esta forma, debe pasar por un previo filtro de criterio, buen gusto, ubicuidad, etc.
No es lo mismo decir una cosa que decir otra; no puede necesariamente ser lo mismo. Pero esos límites se pierden cuando se manosea el acto mismo de comunicar, cuando se vapulean las condiciones de recpetor y emisor y erróneamente se igualan conceptos y se terigerversan roles.
Las nuevas comunicaciones, entonces, alientan más la expulsión de palabras que su correcto uso. Carece de valor, así, cada una de las intancias previas de elaboración del mensaje y comienza a tener más peso, por contraposición, la persona que lo dice antes de qué es lo que dice. Y esto es letal.
Los teléfonos celulares han venido, también, a redefinir el campo comunicacional. La constante conexión con el otro es, en definitiva, la garantía de la soledad; nadie puede estar más a gusto que solo cuando constamente vive regulado, vigilado, controlado por una red indescifrable de dispositivos que nos atan y nos limitan.
Las sociedades "desarrolladas" -según los criterios de las grandes organizaciones mundiales, dirigidas paradojicamente por personas de esas sociedades- son una clara muestra de lo que puede llegar a generar esta masiva búsqueda del contacto sin tacto; del amigo sin cuerpo y a veces sin alma. Se pierde más tiempo en charlar con los contactos que en parar en la calle a hablar con algún amigo o conocido; se genera, entonces, una espiral viciosa de aislamiento que es el caldo de cultivo para un mundo como el que hay, en el que el individualismo y la autodetermianción son moneda corriente.
Siempre está la idea, claro, de qué estuvo primero o qué determinó cuál cosa. Pero si, una vez más, nos dentenemos a pensar en la sucesión de los fenómenos históricos -cada vez más histéricos-, podría deducirse que somos, que no elegimos ser, lo que un mundo implica, imprime y determina.
Es eso o quedar al margen; pero ¿al margen de qué? ¿para quién? Al margen de una sociedad cada vez más específica, pero a la vez más trágica; cada vez más inclusiva pero ciertamente más excluyente.
Es que tanto el trabajo como la comunicación, en este caso, no son más que dimensiones que arbitrariamente toman los vínculos sociales y éstos no puden quedar inmunes de los cambios que se producen en todas las demás variables.
Un pájaro, la brisa del viento, el agua corriendo por debajo de nuestros pies, el verde, las plantas, todo, en definitiva, comunica; y comunica las cosas más trascendentales de la vida, sin las cuales nada de lo otro sería posible. A veces es mejor el silencio.
Si el Siglo XVIII fue el de la revolución industrial, el fin del XX y lo que va del XXI, bien puede ser el de la revolución en materia de comuncaciones. Concentrados en generar una suerte de pluralidad horizontal de voces, las comuniaciones se han empecinado en abrirle el canal a que todos tengan la posibilidad de comunicarse, darse a conocer y mostrar sus opiniones. Y esto, lejos de brindar una herramienta constructiva, puede convertirise, según quién lo use, en un potencial peligro, aunque más no sea en cuanto a las relaciones interpesonales.
Todo lo humano se virtualiza, tarde o temprano, y todos, indefectiblemente, alguna vez nos comunicaremos con alguien vía internet, leyendo sus palabras sin escucharlas y dándole un sentido muchas veces abirtario y erróneo. Y así se destruyen de a poco los vínculos.
Así como la revolución industrial trajo al mundo innumerables beneficios, también implicó, antes y ahora, muchas postergaciones que la llevaron a transformarse en una metáfora de sí misma. La innovación tecnológica, claro, no podía sino redundar en hombres más "felices" -los menos- y otro tanto más postargados -la inmensa mayoría-. El mercado del trabajo, entonces, se estandarizó, perdió su faceta más rica, la de la creción y de la inventiva y terminó redefiniéndose en favor de unos pocos y en desmedro de la gran mayoría. Comenzaron a generarse grandes grietas sociales y, a más de 200 años, esos baches se hacen cada vez más pronunciados e insoportables.
¿Y ahora? Algo parecido está sucediendo, hoy, con las comunicaciones. El irrestricto uso y acceso a ellas no puede hacer otra cosa que desvirtuar la esencia misma del noble acto de comunicar, que además de hablar e intercambiar, también implica discernir, optimizar y clasificar. Lejos de transformarse sólo en una herramiento universalizadora, la comunicación y sus diferentes vías de realización, parecen cada vez más encaminarse hacia la total pérdida del significado de antaño y, paradójicamente, a la atomización de cada elemento de la cadena comunicacional.
Celulares, Facebook, Twitter, salones de chats varios y otros medios ha liquidado la validez de la palabra. La sobredimensión de los mensajes termina destruyendo su peso específico y se discipa, de este modo, el interés en el intercambio mismo y, en definitva, en la relación humana.
Es que, inevitablemente, todos los cambios, cuando no se limitan en un determinado modo, terminan convitiéndose en su perfecta negación. Casi como Hegel, igual que en la vida, toda innovación, por las propias imprudencias, la falta de preparación necesaria o el desinterés por ver más allá, termina negando o resignificando su inicio primero y genera, luego, una síntesis indefectiblemente peor que la posición inicial. De esta forma, siguiendo con el ejemplo de las revoluciones, la industrial no fue más que el principio del fin de ese ya olvidado concepto de que el trabajo dignifica. ¿Qué puede tener de digno ser preso de una máquina? ¿Hay felicidad posible cuando un tercio de la vida de una persona radica en, por ejemplo, empotrar clavos en máquinas que pasan incesantemente por delante de nuestras narices?
Y algo por el estilo se está observando de un tiempo a esta parte con las comunicaciones. ¿Qué valor puede tener una palabra empeñada si hoy en día cada una de ellas suele ser, sencillamente garabatos expresados en el intangible mundo virtual? ¿Con qué criterio se selecciona, si es que se selecciona, la forma de armar un mensaje? ¿Importa realmente la eficacia de un mensaje si en un segundo se puede reenviar otro similar, aclaratorio del anterior? El exceso de comunicación, entonces, es el mal por excelencia de estos tiempos; porque separa y no une; porque cansa y no gratifica; porque, en definitiva, destruye lo que vino a mejorar.
Presos de esta desmedida necesidad de hablar sin decir, las nuevas promociones de compañías de teléfonos celulares que dan una cierta cantidad de números a elección del usuario para hablar, indefinidamente, gratis con otro usuario, sigue esa lógica corrosiva e intolerable. Nadie puede tener algo que decirle a alguien siempre, pero ante la tentación de la gratuidad, el filtro se pierde por completo y se extralimitan los alcances de una medida ingobernable que, lejos de fomentar las relaciones entre los propietarios de los teléfonos, no son pocas las ocasiones en las que las destruyen, a veces de manera irreparable.
Porque comunicar es, también, dar a conocer; o mejor dicho darse a conocer. Es poner el pecho, el compromiso y el valor de un juicio a cada palabra, que, tomada de esta forma, debe pasar por un previo filtro de criterio, buen gusto, ubicuidad, etc.
No es lo mismo decir una cosa que decir otra; no puede necesariamente ser lo mismo. Pero esos límites se pierden cuando se manosea el acto mismo de comunicar, cuando se vapulean las condiciones de recpetor y emisor y erróneamente se igualan conceptos y se terigerversan roles.
Las nuevas comunicaciones, entonces, alientan más la expulsión de palabras que su correcto uso. Carece de valor, así, cada una de las intancias previas de elaboración del mensaje y comienza a tener más peso, por contraposición, la persona que lo dice antes de qué es lo que dice. Y esto es letal.
Los teléfonos celulares han venido, también, a redefinir el campo comunicacional. La constante conexión con el otro es, en definitiva, la garantía de la soledad; nadie puede estar más a gusto que solo cuando constamente vive regulado, vigilado, controlado por una red indescifrable de dispositivos que nos atan y nos limitan.
Las sociedades "desarrolladas" -según los criterios de las grandes organizaciones mundiales, dirigidas paradojicamente por personas de esas sociedades- son una clara muestra de lo que puede llegar a generar esta masiva búsqueda del contacto sin tacto; del amigo sin cuerpo y a veces sin alma. Se pierde más tiempo en charlar con los contactos que en parar en la calle a hablar con algún amigo o conocido; se genera, entonces, una espiral viciosa de aislamiento que es el caldo de cultivo para un mundo como el que hay, en el que el individualismo y la autodetermianción son moneda corriente.
Siempre está la idea, claro, de qué estuvo primero o qué determinó cuál cosa. Pero si, una vez más, nos dentenemos a pensar en la sucesión de los fenómenos históricos -cada vez más histéricos-, podría deducirse que somos, que no elegimos ser, lo que un mundo implica, imprime y determina.
Es eso o quedar al margen; pero ¿al margen de qué? ¿para quién? Al margen de una sociedad cada vez más específica, pero a la vez más trágica; cada vez más inclusiva pero ciertamente más excluyente.
Es que tanto el trabajo como la comunicación, en este caso, no son más que dimensiones que arbitrariamente toman los vínculos sociales y éstos no puden quedar inmunes de los cambios que se producen en todas las demás variables.
Un pájaro, la brisa del viento, el agua corriendo por debajo de nuestros pies, el verde, las plantas, todo, en definitiva, comunica; y comunica las cosas más trascendentales de la vida, sin las cuales nada de lo otro sería posible. A veces es mejor el silencio.
lunes, 15 de octubre de 2012
La cerveza y la bolsa
La hipocresía es, en muchas ocasiones, la madre de todas las posibles explicaciones a la hora de tratar de comprender determinadas posturas y actitudes en diversas situaciones. Por definición, esta actitud implica la adopción, constante o esporádica, de creencias, opiniones, virtudes, posturas y hasta en muchas ocasiones sentimientos ajenos a quien los esgrime y actúa muchas veces como máscara de cierta pretendida reputación. Y este es, quizás, el más fuerte de todos los males de esta sociedad.
El domingo a la noche, se me
ocurrió comprar empanadas y, para acompañarlas, tuve la peregrina idea de
comprarme una lata de cerveza. Eran las 22 y, según establece la ley provincial 11825,
en el territorio de la provincia de Buenos Aires, entre las 21
y las 10, está prohibida la venta de bebidas alcohólicas en kioscos,
polirrubros y demás locales del rubro.
Tras comprar las
empanadas, pregunté en un kiosco contiguo al local si efectivamente podía o no
comprar cerveza, a lo que la respuesta del comerciante fue un no; acto seguido,
lamenté, me disculpé y me estaba por ir cuando, él solo, me ofreció una bolsa
para taparla y llevarla, cosa que efectivamente hice, violando parte del
contrato social que pretendo cumplir.
Ahora bien, la de
la cerveza, no es más que una pequeña, ínfima e insignificante muestra del
grado de putrefacción con el cual convivimos a diario. Porque, en definitiva,
ese hombre tiene una carga cultural, una suerte de “aval histórico” que le dice
que esas pequeñas trampas pueden ser realizadas sin correr ningún peligro y sin
siquiera causarle un pequeño malestar a su conciencia, ya anquilosada e inmersa
en una lógica que la trasciende y sigilosamente la configura.
La cultura de la
trampa, del engaño, está de tal manera instalada en nosotros que podemos
convivir con ella aún cuando en los demás la criticamos y nos llenamos la boca
de palabras opulentas para condenar actitudes que, llegado el caso, nosotros
probablemente también haríamos.
Es que, en menor o
mayor medida, actitudes como la recién descripta, conviven con nuestro “ser
argentino”, en cada momento de nuestra vida y frente a nuestras narices sin que
nosotros tengamos ninguna condena e inclusive, con alguna risa contemplativa, las avalemos
de acuerdo de quién venga.
Lo sugestivo surge
al analizar que las condenas a este tipo de actitudes tienen una actitud
condenatoria cuando se ven teñidas por cuestiones de clase o de poder. Y, algo
también llamativo es que cuestiones como esta se hacen generalmente visibles en
sectores sociales comúnmente ligados a los estratos de medios para arriba. La
cada vez más heterogénea e indefinida clase media.
Todas las
enfermedades deben ser tratadas desde su raíz más profunda, y cuando estos
males son sociales, más aún. La propagación de actitudes que chocan con el bien
común y, como contrapartida, la condena hacia las mismas cualidades que
nosotros profesamos, no puede sino prolongar un mal que nos tiñe a todos, en
mayor o menor medida.
¿Con qué tino, bajo
este prisma, una persona puede condenar a un gobierno o un funcionario de
corrupto cuando, por ejemplo, compra ropa trucha, autopartes robadas, se va
antes del trabajo o abusa de falsas carpetas médicas para faltar y pide o paga
coimas para evitar multas? La respuesta
debería ser con ninguno, pero sin embargo eso sucede; y sucede a menudo
amparado bajo el infame paraguas que da saber que hay otro, que tiene más poder
que uno, que también lo hace. Ergo, no se trata del hecho en sí sino de la
lucha de poder que enmarca la trampa y que la hace existir y eternizarse; esto
quiere decir, en definitiva, que si contasen con el poder, probablemente los
condenatorios harían cualquier cosa amparados en esa horrorosa impunidad que
brinda.
MUJICA Y NOSORTOS
Ahora, por ejemplo,
parece que está de moda adorar a Mujica. Lejos de detenerme en un análisis
político –sus fans tampoco lo hacen-, es notorio advertir como todos le
ponderan al presidente uruguayo su manifiesto desapego por las cosas
materiales, su simpleza a la hora da valorar las cuestiones importantes de la
vida y, en definitiva, su vida austera y bonachona.
Pero, deteniéndose
bien en este tema, ¿cuántas de las personas que se pasan minutos y horas
adorando a Mujica –con quien tengo cierta simpatía idelogógica y no mucho más
que eso-, serían capaces de vivir la vida bajo sus preceptos y con sus
principios? ¿Estamos preparados para afrontar el desafío que nos significa como
argentinos –porque mi tesis es que es algo cultural más que personal- llevar
una vida austera y ganando apenas poco más de lo necesario aún pudiendo ganar
mucho más? Pocos están listos para hacerlo, pero muchos gastan saliva,
tiempo y energías en adorarlo. Y eso es, ni más ni menos que una gran
hipocresía.
Y el caso de Mujica
es sólo uno de tantos que suceden más a menudo de lo que nos imaginamos, pero
revela una de las peores facetas de nuestro ser que es la profunda mentira con la
cual convivimos a diario y que nos quita cualquier entidad a la hora de
reclamar o pedir otro tipo de actitudes, aún cuando nosotros no las tenemos ni
las tendríamos. Y así vivimos, convencidos de ser lo que no somos y reclamando que hagan lo que no haríamos. Es que quizás, todo eso se pueda resumir con lo que decía el personaje de George en la serie Seinfeld: “no es mentira,
si vos la crees”.
domingo, 23 de septiembre de 2012
Un buzo, un niño y un festejo
Hay algo en los
festejos que inquieta, que intranquiliza y que, sin dudas, moviliza y apasiona.
La cultura de los festejos de un tiempo a esta parte ha, como toda
manifestación forzada y artificial, venido a poner a éstos en un lugar para el
cual tal vez no estén preparados, ni para el que nosotros, como “festejadores
circunstanciales”, podamos llegar a interpretar.
De la mano de un
mercado cada vez más sofisticado para todo lo que es producir una falsa
sensación de alegría y bienestar, la industria del festejo “porque sí” se ha
instalado en nosotros como sociedad de manera firme, sin retorno.
En este plano
entran un sinfín de fechas infames y sin un estricto sentido sentimental –día
del sobrino, del ahijado, del abuelo, de todas las profesiones habidas y por
haber, etc.- pero con un objetivo único e indiscutible: festejar, y regalar,
claro.
Ligado a una
angustia que ya he tratado en otros posteos anteriores, como lo es la que
representa para mí el acto de “tener” que
regalar, viene íntimamente asociada esta tendencia casi irrestricta a celebrar
cualquier cosa, por menos significado autónomo que ésta tenga.
Festejar implica
necesariamente consumir y además, consumir para festejar o por festejar, tiene
cierto grado de supuesto placer que lleva a la mente humana a alejarse de todo
análisis estrictamente racional para detenerse en semejante acción. ¿Es
necesario festejar tanto? Y, en caso de que lo sea, ¿por qué? ¿Qué oculto
encanto o reivindicación esconde la despiadada inclinación por el festejo que
la hace tan absurda?
Esto no tiene que
ver, justamente, con ser un ser oscuro socialmente, ni con despreciar cualquier
manifestación de alegría; pero está más dirigido, sí, a una tendencia cada vez
más fuerte de tratar de desglosar cada acto en su raíz más profunda, usualmente
de manera equivocada.
Egresados 2012
Sentado en una mesa
de domingo, detrás de mí, en un perchero puesto estratégicamente en el patio,
colgaba algo de ropa que, al sol, parecía secarse mejor. Entre ellas, un
colorido buzo con capucha colorado llevaba puestas las inscripciones “Egresados
2012”.
La mesa, vale aclarar, la compartía con una familia compuesta por mamá, papá y
sus hijos, de 8 y 5 años. A ninguno de los dos padres pertenecía, ciertamente,
ese buzo y tampoco, claro, a la nena de 8 años, que no terminaba ninguna etapa
de su vida lectiva. Efectivamente, el buzo de “Egresados” era de mi ahijado, de
5 años que, este año, egresa del jardín de infantes.
Averiguando más
acerca de la raíz de esta decisión, resultaron ser apenas un par de padres que,
con su entusiasmo, acarrearon al resto de los padres del curso a llevar
adelante esta medida, so temor a dejar a sus hijos “fuera de onda”.
La abundancia
tiende a borrar los límites de lo deseado, genera falsas ilusiones y visiones
sesgadas y erróneas. ¿Para qué, entonces, tantos festejos?
La necesidad
compulsiva de festejar, debe estar asociada directamente a alguna otra
angustia; a alguna necesidad reivindicativa que no logra manifestarse en otro
campo de la vida cotidiana y que requiere de grandilocuencias, fechas y
recordatorios para hacer recordar que determinado día, tenemos que hacer feliz
a alguien y, consecuentemente, eso nos hará felices a nosotros.
Es que,
últimamente, el festejo se ha vinculado de manera íntima al marketing de la
felicidad y contra ello no hay, aparentemente, nada que pueda hacerse; de una
felicidad meramente ligada a lo material y que no encuentra otro salvoconducto en
expresiones más profundas de nuestro sentir diario.
Paradójicamente,
todas estas nuevas manifestaciones mercantiles, desprovistas de todo
significado y hechas únicamente para obtener, en el fondo del camino, algún
extraño sentido de pertenencia, llegan fogoneadas desde sectores que podrían llamarse
la nueva “burguesía”, aunque el término resulte a veces excesivo; gente que
puede gastar en estas idioteces –estando o no de acuerdo filosóficamente con
ellas- y puede, a su vez, continuar su vida sin el menor problema.
Podría afirmar, sin certeza pero con la clara
presunción de dar en el blanco, que en los sectores más postergados, este tipo
de prácticas no tienen lugar de manera tan acentuada y reiterativa;
lamentablemente, la segura proliferación cercana en el tiempo de una nueva
industria y moda de buzos de egresados del jardín, probablemente genere esa
nueva necesidad ficticia y creada por los que más tienen, condenando a los
menos favorecidos a gastar dinero en algo que no contribuirá jamás en ningún
aspecto a la formación de los niños, sino servirá sólo para hacerles creer que
son felices.
Y como esto, se
seguirán inventando miles de festejos sin sentido que, consecuentemente crearán
nuevas necesidades para continuar en este sinsentido en que parece haberse
convertido la vida, en donde la felicidad sólo se consigue festejando.
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