miércoles, 10 de agosto de 2011

Mirar hacia adentro

Hace algunos años tuve una revelación. Unos norteamericanos habían ido a visitar ocasionalmente mi casa y, mientras lavaba los platos después de la comida con la canilla abierta –como se suele hacer aquí-, una de las jóvenes extranjeras me dijo: “¿No cierran la canilla cuando lavan los platos? Qué gran ventaja tienen”. En ese momento no reparé demasiado en el detalle y terminé mi tarea.
La crisis educativa que padece hoy Chile, con muchos jóvenes reclamando igualdad de oportunidades educativas, gratuidad y mejores posibilidades de aprendizaje, pone en relieve, más allá de la debacle de una particular forma de tomar a la educación como un “bien de consumo”- según dijo su propio presidente Piñera-, un derecho al cual tenemos acceso todos, pero en el que pocos parecemos detenernos a valorar.
La estandarización de algunos logros que Argentina tiene como sociedad –como la educación pública o la salud pública-, no hace visible ni analizable el trascendente valor que éstos tienen en el seno de sociedades llenas de vacíos y de cosas por resolver como la nuestra.
Resulta, por el contrario, mucho más “vendible” hablar de las muchas falencias que Argentina tiene como país –innegables, ciertamente-, que salir un poco de la vorágine cotidiana y detenerse a pensar, quizás, en el trascendente derecho que poseemos todos de manera equitativa y que será el único que puede hacernos más fuertes, mejores y más preparados para afrontar las peripecias de un mundo y una realidad cada vez más complejos.
La educación argentina es considerada una de las más avanzadas y progresistas de América Latina junto a Cuba y Uruguay. Su gratuidad, entonces, hace que todos puedan tener acceso a ella y resulta ser la herramienta más inclusiva de un mundo que amerita una preparación para no quedar al margen.
Sistemas educativos como el chileno o el de algunos países europeos, no pueden sino sucumbir ante las desigualdades de un sistema excluyente que da lugar para pocos; para los pocos que tengan los medios para afrontarlo. Nada es posible sin educación; ningún logro será bien capitalizado sin una plataforma educativa sólida, tanto desde el ámbito formal como desde el informal. Lejos de garantizar el éxito –de acuerdo a cómo se entiende el éxito en el mundo de hoy-, la educación ayuda a atesorar y emplear mejor lo que se tiene y hasta lo que no se posee.
Lejos de analizar puramente el conflicto chileno, donde son muchas las aristas posibles desde las cuales desmenuzarlo, trato, en cambio, de hacer un llamado a un análisis introspectivo hacia lo bueno que tiene esta sociedad y que lo tuvo en toda su historia. A partir de una iniciativa apoyada por todos los diputados, por ejemplo, ahora Argentina destina más del 6 por ciento del PBI a la educación; más del triple de países como, por ejemplo, Chile.
Una carrera promedio de una universidad del Estado en Chile, tiene un costo de algo de 2.500 pesos mensuales. Para ello, el Estado hace préstamos con un alto interés-de algo del 20 por ciento- a las familias incapaces de solventar los estudios de sus hijos. El sueldo mínimo en Chile es de poco más de 1600 pesos.
Con 42 universidades públicas, Argentina es uno de los países mayor cantidad de centros de estudios verdaderamente estatales por habitante del planeta. Esto no es un dato menor si se sabe apreciar y se le sabe dar el correspondiente valor. Además, salvo en determinadas carreras, las empresas tienden a valorar más los títulos de universidades públicas que privadas; ergo, el mercado sabe, aunque mire para otro lado.
Sudamérica es una zona pobre en términos económicos; voluntariamente excluída del mapa de todas las grandes e históricas potencias industriales del mundo. No hay soluciones mágicas ni fórmulas repentinas que la saquen de su lugar de espectador de muchas de las grandes epopeyas. Con este panorama, ¿cómo no va a ser importantísima la educación pública?
Hay que entenderlo: la educación es la única y más importante herramienta para salir de cualquier lugar incómodo. Que sea gratuita le otorga, además, la categoría de derecho que debe tener en sociedades que aún con ella sufren de la exclusión y la pobreza como la nuestra. Mientras eso no se valore como corresponda, cualquier otra ecuación terminará, indefectiblemente, en el fracaso.

1 comentario: