martes, 2 de agosto de 2011

Todos los pelos van al cielo

Hay decisiones que en la vida significan mucho más de lo que aparentan. Son esas pequeñas cosas las que, en definitiva, terminan definiendo mucho más de las personas que las grandes elecciones, siempre ligadas a cuestiones más de grupo que del todo personales.
A mí me pasa eso con el mundo peluqueril, si es que cabe esta expreión. Como buen reparador en el costado estético de las cosas, el mundo del pelo siempre fue algo que me llamó poderosamente la atención y esto, en relación al look, a mi look, desde pequeño ha modificado mis hábitos y conductas.
Me sabía, cuando era chico, alguien que no había sido tocado por la varita de la belleza; entonces, dese pequeño todas mis armas de seducción comenzaban con una optimización del look, y esto guarda una íntima relación con el tema a tratar de aquí en adelante.
"El pelo es el marco de la cara", reconocía una publicidad de los '90. Y nada más certero.
Hoy, con mis tres décadas de vida, ya puedo relajarme apenas un poco más. Pero yo era de esos que, cuando era niño, para evitar que el sock fuera más fuerte en la escuela, elegía cortarme el pelo los viernes. El lunes, pensaba, cuando regreara a la escuela, el pelo iba a crecer más y el imapacto iba a ser menor.
Antes de ir a cortarme el pelo tardo, lo evalúo, lo pienso, lo medito. Rara vez he ido de manera intempestiva porque sé que de su resultado depende en gran parte mi autoestima, mi humor y hasta mi apreciación de las cosas. Si el corte de pelo me quedó mal, suelo aparecer misrable ante el mundo; mirarlo con desconfianza. No sé relacionarme desde la propia convicción de la fealdad personal; es una carga demasiado pesada.
Tuvo, sobre todo de niño, algo de tortura para mí la peluqería. Tiene, hoy por hoy, algo parecido. El colmo me pasó hace no mucho tiempo, cuando entré a la peluquería que frecuento y del sillón, un nene de apenas 10 añitos, cometía la osadía de pedirle al peluquero lo que quería. "Desmechadito y con caída del flequillo", le dijo. Me quedé consternado, asorado; literalmente no entendía nada.
El mundo se ha desarrollado de manera tal que un nene se da el permiso de este tipo de órdenes, y el peluquero de acatar sus pedidos; el poder del dinero y la fama de los más chiquitos ha obrado para hacer esto posible. Recuerdo, con nitidez pero también con algo de nostalgia y dolor, que en mis primeros años, pocas veces iba solo a la peluquería; pero si, por casualidad, me tocaba ir solo, mi papel se limitaba a quedarme quieto en la silla, esperando que mi torturador me hiciera literalmente lo que quisiera, cosa que siempre terminaba mal, obvio.
La moda, junto a la aparición en la pantalla chica de chicos cada vez más pequeños les ha dado a éstos un poder inconmensurable, que se traduce en actos como este. No está mal, para nada; pero configura de la manera más cruda esta tendencia de la sociedad.
Por otra parte, los peluqueros suelen ser una clase de personas cuyos intereses están siempre lejos mío. Demuestran otras inquietudes y generan diálogos a veces lastimosos. De todas maneras, tiene que pasar algo literalemente trágico para que ose cambiar de peluquería. Este es un síntoma que me pasa con otras cosas -ya he publicado, por ejemplo, mi caso con las verdulerías-, pero la diferencia que hay con los peluqueros es que la traición es más evidente que en cualquier otro rubro: salvo que lleve una capucha, el pelo corto delata y, no sé por qué estúpida razón, creo que me sentiría en la obligación de mentirle con cosas como "me compré una maquinita" o "me cortó mi prima que está haciendo el curso", a lo cual le seguiría instantáeamente un "pero en cuanto me crezca vuelvo con vos; me dejó un desastre", y hasta quizás un "chau, perdón", final.
Como suelo hacer en otros ámbitos de la vida, genero con el peluquero una cierta relación -a veces a pesar mío- desde la simpatía -fiel ladera de mis días- que me da el permiso de, tal vez impulsado por el osado niño, pedirle qué tipo de corte quiero y eso es algo que también me frena a la hora de cambiar de esteta; con un peluquero nuevo jamás haría eso por temor a que me tilde de "mariquita".
Como toda actividad, la peluqueril tiene algunos vicios fácilmente reconocibles por el rápido pensador y tiene algunas conductas que se repiten. El peluquero siempre corta de más; aman los autos -no las carreras, los autos- y el fútbol -si tiene hijos, el infantil-; la mayoría de los que tienen menos de 40, tienen mechitas, peinados "de moda" o algún distintivo especial; y "el pelo crece", es la respuesta que denota que el corte te queda pésimamente mal.
En definitiva, mi pesada relación con el mundo de las tijeras y las navajas seguirá siendo tan compleja como hasta ahora, pero enhorabuena que aún puedo ir. Peor sería ser pelado

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