lunes, 15 de agosto de 2011

Dar en el blanco

Después de más de dos horas, pude finalmente votar. Pude, en definitiva, elegir por séptima vez qué modelo de país quiero, expresar cómo pienso, ser libre en las cuatro paredes del cuarto oscuro y sentirme partícipe de un proceso nacional, aunque más no fuera desde el lado de los perdedores.
Caras y colas largas, interminables suspiros, reproches a veces absurdos y, una vez más, la valoración de lo pequeño por sobre lo trascendente; de lo que se puede cambiar por lo que debe seguir así.
La democracia exige, además de todos los supuestos sabidos, paciencia, adaptación y coherencia; lo mismo sucede con los procesos electorales. Paciencia para saber sobrellevar las pequeñas –en comparación- cuestiones perfectibles que tiene, adaptación a fin de entender cada contexto, cada beneficio y cada perjuicio que implica y coherencia antes de opinar ligeramente ante algunos errores ciertamente menores que puede presentar.
En lugar de primar la importancia de elegir, el vital valor de sentirnos parte de una sociedad que, de a poco, quiere madurar, que necesita ser mejor y que demanda cambios profundos, la mirada sencilla, el análisis a corto plazo y el olvido, la desmemoria y la falta de racionalización que implica la rutina, aparecen mellando prácticas tan vitales como la del domingo 14.
Todo sistema es plausible de ser modificado, de ser mejorado y perfeccionado para que haya cada vez menos quejas y menos objeciones. Todo, sin dejar nada de lado, puede sufrir alteraciones que lo enriquezcan y lo hagan mejor para la gente. Pero es esa gente la no debe detenerse en los pequeños vicios que pueden hacerlo tedioso, insufrible y cansador, y reparar, por sobre todas las cosas, en los bondades insuperables de un régimen que sólo será más acabado en la medida que todos participemos activa y comprometidamente para que así sea.
Las redes sociales, más allá de algunas prácticas indeseables que puedan tener, son, en ocasiones, fieles reflejos de estados de ánimo de la gente, sobre todo de la más joven; la más escéptica, quizás, en este tipo de escenarios. En la jornada del domingo, en ellas abundaban las quejas con frases que subestimaban al proceso electoral poniéndolo en el lugar de una práctica inútil, aún antes de los primeros resultados; esto quiere decir que, más allá de cómo salga todo, el solo hecho de votar perdía valor en sí mismo y se convertía en una carga.
No eran los candidatos, ni la cantidad interminable de papeles sobre los cuales dirimir, ni los proyectos en danza el motivo de las quejas; en cambio, el rechazo estaba dirigido, en mucha gente, al tiempo que se estaban “perdiendo” en ese acto. ¿Podría ser más organizado? Es probable ¿Debería ser una auténtica fiesta cívica y no lo es? Tal vez; pero eso no puede por sí solo ser un motivo de queja permanente.
Nada puede hacer pensar con seriedad que en un país como el nuestro, con nuestras enormes falencias organizativas en varios aspectos, se pueda organizar amablemente una elección, que es nada más y nada menos que el único proceso preparado para que, en menos de diez horas, participen todos los habitantes de más de 18 años del país, algo más de 20 millones de personas. En este contexto es donde las quejas se hacen sordas y las palabras vacías de contenido. Como en varios otros aspectos, no hay soluciones mágicas; sólo trabajo a largo plazo, coherencia y paciencia.
Votar es, quizás, la única –o la más noble- acción cívica que nos iguala y en países donde éste es un valor que se reclama permanentemente, debería ser tenido en cuenta. Todos, sin exceptuar a nadie, somos, en definitiva, un número en el recuento final, y eso se palpa en cada uno de los lugares para votar. Nadie necesita más que un par de condiciones indispensables y al alcance de todos para poder sufragar y en eso radica la magia igualatoria de este proceso, vital y a esta altura incuestionable.
Las elecciones primarias del domingo fueron un avance en muchos aspectos. Sabernos parte de una sociedad inacabada, partícipes de una democracia que aún debe cernirse sobre bases sólidas y valederas, es la primera premisa desde la cual merece ser analizada esta preelección, mucho más allá de los resultados.
Lo del domingo no puede sino redundar en un electorado más informado, más preparado y necesariamente más comprometido para la crucial refrenda de octubre. Y todos esos son valores que se necesitan en nuestra tierra, tan rica y devastada a la vez.
Particularmente, en el proceso eleccionario del domingo se dio un fenómeno que se venía marcando hace ya algunos años y que lograron capitalizar los que mejor supieron comprenderlo. La afluencia de gente joven a la política no hace otra cosa que renovar viejos estamentos hasta ahora estancados y pertenecientes a una generación que necesariamente debe cederle el paso a la nueva, cargada, tal vez, de nuevos aires y nuevos proyectos, pero ciertamente sin el hastío de la precedente. El desafío que se impone, entonces, es el de llegar con un discurso claro y convincente a un electorado joven que podrá, de acuerdo a la eficacia del mensaje, captar voluntades y transformarlas, con el correr de los años, en proyectos. A la luz de los resultados, esa parece la única alternativa para lograr el éxito.
De todas formas, tratar de desglosar las motivaciones de un electorado tan vasto como heterogéneo puede llevar mucho tiempo y, aún así, se puede hacerlo con un porcentaje de error mayúsculo. Pero lo importante, lo que debería primar a la hora de evaluar los pro y los contra, es que, cuando lleguemos a octubre, millones de chicos que votaban por primera vez el domingo, ya tendrán, aunque sea, una mínima experiencia previa para, en caso de que así lo deseen, ocuparse más de lleno en las propuestas y menos en los rutinarios mecanismos.
Con mis 31 años, soy de una generación que, si bien no nació en democracia, creció en un país en el que todos querían que esa fuera la forma imperante de hacer política. En un país que, en mayor o menor medida, reivindicaba las bondades de un sistema perfectible, pero hasta ahora no superado. Cada elección, entonces, debería ser tomada como la posibilidad que tiene cada uno de nosotros de cambiar el estado de las cosas y no ser despreciada por disgustos menores como el tiempo de demora o la falta de organización. Después de todo, no es nada perder dos horas de un domingo, a cambio de seguir sintiéndonos moderadamente libres.

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