No sé cómo se configura el poder a partir de la altura. Hay algún poder mágico en el tamaño que va diagramando casi instantáneamente las relaciones humanas. Las dimensiones de las cosas tienen la propiedad de configurar muchas veces complejos entramados.
Mi escaso metro 68 –algunos dicen 69, pero en honor al artículo mantendré el 68- me ha llevado a medir –valga la redundancia- todas las cosas desde valores cuantificables; desde medidas más que desde usos o empleos.
Tuve, alguna vez, la vana esperanza de medir más, y algunos datos me podían llegar a amigar con ese anhelo; pero la historia fue justa y estricta y fijó para mí este cuerpo, aunque, por ejemplo, mi pie sea el de alguien de, por lo menos, un metro 75.
Hábil para varios deportes –salvo para el básquet, claro-, este fue el único punto en el que se podría decir que mi estatura pudo haberme beneficiado –es más fácil manejar un cuerpo pequeño que uno de grandes dimensiones-, pero, si bien amo los deportes, tengo la tendencia de reparar en las cosas en contra que en las a favor. Y el ejercicio del poder es una de ellas.
Ha habido históricamente líderes de todos los tamaños y todas las dimensiones. Lo sé, lo viví y lo analicé muchas veces antes de lanzarme a escribir este artículo. Pero el poder es un valor tan intricado que analizarlo sólo desde su posesión parecería, a priori, algo demasiado parcializado. No es lo mismo el respeto que se le tiene a un líder alto que a uno petizo; mientras que al alto se lo escucha, se lo venera, se lo mira muchas veces desde la admiración, con el líder pequeño tiende a pasar algo más parecido a la empatía y al afecto, lo cual no le quita poder, pero le resta importancia.
El ejercicio del poder, decía, es algo que siempre me llamó poderosamente la atención. Lejos de tener pretensiones demasiado elevadas, pretendo, en cambio, desglosar algunas de las facetas más elementales de esta dinámica e interesante práctica.
No sé vincularme con el poder; desconozco las razones profundas de este síntoma, pero en principio podría decir que tiene que ver con mi altura. Soy, eso sí, un líder carismático; mucha gente me apoya, aunque nadie definitivamente me sigue. No sé, decía, relacionarme con el poder desde la altura; desde su falta o desde su exceso.
Por ejemplo; mi condición de heterosexual me ha llevado, en mis años mozos, a vincularme con las mujeres siempre desde el afán de conquista. Hoy por hoy pasa algo similar, aunque con diferentes intenciones. Me pasa eso, decía, con todas las mujeres, salvo con las altas. Algo en ellas me paraliza; me hace sentirme incapaz de conquistarlas y, por ende, de relacionarme con ellas. No sé cómo actuar; no sé si rechazarlas, no hablarle, mostrarle mi costado más miserable o, sencillamente, ignorarlas y seguir mi vida –algo que no puedo hacer con nada-. Siento, también, lo que decía que pasa con los líderes petizos: creo que ellas tienen cierta simpatía bonachona conmigo; vengo a ser algo así como una mascota –para mi imaginario-.
Volviendo al tema del deporte, soy de esos que se compra cada guía deportiva que aparezca para ver la altura de los jugadores. Aunque no parezca en la superficie, la altura me afecta con cosas que van corroyendo mi cotidiana realidad. Muchas veces, mientras camino por alguna calle céntrica y percibo un hombre menor que yo, me regodeo e intento pasar al lado suyo para sentirme algo más alto.
Por otra parte, a los petizos, salvo las cuestiones físicas, todo les cuesta más trabajo. Imponerse, ser escuchado rápidamente, comprar ropa que le quede bien en la primera postura, etc -por cada cinco o seis pantalones que me compro, es tanto lo que corto que perfectamente podría hacerme, con esa tela, uno nuevo-. Pero no renegamos de ellos; sencillamente nos adaptamos, como lo hacemos con todo.
En definitiva, la altura es algo que para mí opera con una determinación en mi vida que pocas cosas la tienen. El mundo se divide entre altos y bajos, y la distinción creo que no me favorece. De todas maneras, jamás volveré a usar borceguíes y seguiré con mis zapatillas chatas, cueste lo que cueste.
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