La selección de fútbol no encuentra el rumbo. “¿Cómo?”, se preguntan casi todos, sabedores de las “estrellas” con las que cuenta el primer equipo dirigido por Batista. Y una posible explicación, quizás, radique en un hecho extrafutbolístico en el cual pocos parecen haber reparado.
Con la exagerada comercialización que tiene el fútbol, el deporte pierde, de esta manera, una de sus premisas fundamentales: la de formador de personas antes que jugadores. La decadencia de algunas de las instituciones de la sociedad –escuela, barrio, familia- repercute de forma directa en el accionar de, sobre todo, disciplinas deportivas de equipo en las cuales estas falencias quedan evidenciadas de manera drástica como, en este caso, el fútbol.
Fiel reflejo del poder paralizador y selectivo del mercado, el fútbol, consagrado como “salvador” muchas veces de personas y hasta familias excluidas de un sistema que deja de lado a quienes no pueden más que a quienes no quieren, sufre las consecuencias propias de la falta de educación como una de las razones de esta debacle pronunciada y sostenida.
Una actividad en la cual once jugadores -sólo por nombrar los que salen a la cancha- deben participar por un objetivo común, dejando de lado el egoísmo y reivindicaciones más personales que grupales, amerita de una fuerte base educativa de fondo –formal y informal-, de la cual el fútbol, cada vez más parece demostrarnos que está ajeno. Entender que, en una actividad grupal, el todo es más que la suma indivisa de las partes es crucial.
Jugar al fútbol en una selección es mucho más complejo que jugar a la pelota en el barrio; requiere de otras destrezas mentales y otra preparación formativa, y hasta que no se entienda esto, va a ser complicado lograr algo. Entonces, si hace 25 años que la selección no gana nada “serio”, ¿no sería hora de plantearse por qué y dejar de consagrar estrellas fugaces? El discurso unívoco de Argentina como gran cantera de grandes valores futbolísticos parece desvanecerse ante los magros resultados de la selección de un tiempo a esta parte. Pero no es así; valores hay pero que forman parte de equipos que los trascienden. Lo que le falta al país, en muchos ámbitos, es transformarse en una cantera formativa.
Las exigencias que supone el fútbol, obliga a los jugadores, muchas veces, a dejar los estudios formales en temprana edad, muchas veces sin terminarlos en su faz inicial. Eso, sumado a las promesas de dinero repentino, fama y ostentaciones para nada saludables y a la falta de contención de parte de sus familias, que también son víctimas del mismo proceso, se traduce invariablemente en frustraciones que, de manera inexplicable, calan hondo en el ánimo de la gente. Es cierto que en la época Maradona, por ejemplo, el fútbol también requirió de una exigencia horaria que hacía a sus jugadores incapaces de completar sus estudios, pero las familias de hace años, por el contrario, transmitían conceptos y valores esenciales para cualquier persona. Y Maradona, además, era un extraterrestre.
Un proceso similar al que ocurre con el fútbol pasa con temas, por ejemplo, como la inseguridad, en el cual el verdadero combate debería darse de fondo con armas como la educación y la buena y adecuada inclusión; pero pretender que se racionalicen actos que a veces atentan contra la vida misma de las personas resulta una pretensión difícilmente cumplible. Para eso, como metáfora inagotable de todo, está el fútbol.
En contrapartida, en la vereda de enfrente, al ritmo que el fútbol de nuestras selecciones hace cada vez menos, dos deportes con diferentes composiciones sociales, pero con la base de una educación por lo menos terminada en la mayoría de sus jugadores, crecen de manera sostenida. Los ejemplos del rugby y del hockey son dos que demuestran que, con educación y conducción más que con asiladas destrezas individuales, los objetivos parecen más posibles de ser logrados.
Dejando de lado las cuestiones económicas que enmarcan estos dos deportes, visto está que, lejos de ser una “cantera inagotable” de valores, sus equipos optimizan sus buenos jugadores de la manera más adecuada, con un mensaje claro desde sus bases que se traduce en el cumplimiento de algunos objetivos. Y no es nada casual que tanto el rugby como el hockey sean deportes amateurs; muy por el contrario, en eso radica su éxito. Con estos dos ejemplos, queda claro que lo único que iguala es la educación y que sin ella nada es posible.
Lamentablemente, sin dinero poco pareciera ser posible, y asociar el desarrollo de estas dos disciplinas al poder adquisitivo de sus jugadores se presenta como una tentación difícilmente evitable. Pero no es así. Lo jugadores de fútbol rara vez provinieron de familias “poderosas”, pero los soportes formativos de la sociedad, antes, funcionaban y todo, una vez más, se equiparaba.
Tevez, Messi, Agüero, Lavezzi, y compañía, no son los culpables de jugar como juegan. Desconectados, sin alma, sin proyecto, chocando con el rival más que jugando con sus compañeros; buscando hacer la jugada de su vida y sin entender que con los otros 10, si juegan a lo mismo, ganan más fácil que si gambetean durante 10 segundos como solitarios Quijotes. Ellos, como muchos otros, son el fiel reflejo de un problema de fondo para cuya solución se necesitarán de muchos años de trabajo sostenido más que mágicas apariciones individuales. Hasta que eso no pase, nada será posible ni esperable.
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