martes, 26 de julio de 2011

Elogio del conflicto

Las sociedades aparentemente perfectas tienen ese “no sé qué” que las hace igual o más impredecibles que las teóricamente imperfectas. En ellas abundan las caras felices, impolutas y una especie de represión constante que se palpa en el denso y fresco aire de sus ciudades y pueblitos.

En estas sociedades conviven el bien y el mal en tácita armonía; en una escalofriante tensión que hace que el menor temblor termine en matanzas indiscriminadas, atentados terroristas o hecatombes de cualquier nivel como la que sucedió días atrás en Noruega.

El conflicto, padre de todos los progresos, nace, se genera, en el seno de sociedades complejas, ricas y con voluntad de cambio. Aún cuando el cambio pareciera no ser necesario, es el conflicto quien lo lleva a la superficie y lo convierte, mágicamente, en presente. Antecesor de la crisis, el conflicto deviene crítico cuando no halla en el seno de una sociedad, de un grupo, la respuesta deseada o bien encuentra la contraposición a su deseo inicial.

Paradójicamente, en estas “sociedades ideales”, los conflictos parecen no tener lugar; no encontrar en las puras almas de quienes las habitan lugar donde desarrollarse. El bienestar, ese confortable colchón de plumas donde muchos osan descansar, pero pocos pueden siquiera estar cerca, parece haber nacido mágicamente, y es el otro quien, con su ausencia, no configura un ente a ser atendido. “Todos tendremos nuestro plácido colchón, tarde o temprano”, parece el mensaje de los rostros felices.

Pero donde no existe el conflicto abunda el miedo; y el miedo constantemente reprimido no puede sino traducirse en locura. Los años de terapia me han llevado a asumir los miedos; a saberme débil ante su grandeza, pero fuerte ante su posible solución. Y para combatir el miedo hace falta nada más y nada menos que conflicto, repreguntas y cuestionamientos de toda índole.

La aldea del terror

Sociedades como la que Aldus Huxley retrataba en su libro “Un mundo feliz”, allá por la década del ’30, parecen no tener lugar para el análisis, para la discusión, para la saludable confrontación de ideas profundas y en pos de cambios siempre necesarios. Allí, el valor de lo dado se impone ante el de lo conseguido y muchas de las cosas pierden significado.

Es tal el temor al cambio, que estas sociedades tienen que buscar diversos lugares de manifestación de su miedo, lo más implícitos y decorados posibles. Una de las sociedades que, como la noruega, viven en ese cálido remanso, es la belga. Bruselas, su capital, lo es también de la Unión Europea desde 1958, y ella es uno de los perfectos ejemplos de comunidades armoniosas. Neutral en cuanto conflicto ha habido y con estándares de vida bien posicionados, la belga es una sociedad en la cual todo parece andar “como se debe”.

A fines de la década del ’50, nace en este país, de la mano del dibujante Peyo, la serie animada Los Pitufos, una de las más cándidas imágenes que retengo de mi infancia. Estos entrañables personajitos azules, tenían en su aldea la sana convivencia de muchas criaturitas iguales pero distintas –algo ciertamente ideal-, que hacían su vida más entrañable aún.

Como toda producción cultural, Los Pitufos han sido y son motivo de análisis de muchos, y se ha llegado a decir, con cierto grado de aceptación, que era la representación de la sociedad marxista, esa que tanto aterra a las sociedades abundantes, presas de su juego dialéctico. Todos habitantes iguales, con igual acceso a los medios y los modos de producción, conviviendo en una sociedad en la cual nada abundaba pero nada más que lo que tenían hacía falta para ser felices. Según este análisis, el villano de turno, Gargamel, venía a ser la representación del capitalismo, y su desmesurada ambición iba en contra de los Pitufos; “aunque sea lo último que haga”, repetía incesantemente.

Así como el humor es, según Freud, una de las formas que tiene el inconciente de manifestarse, las sanas historietas también parecen ser algo por el estilo. Que Los Pitufos nazcan en el interior de una sociedad como la belga –o bien podría ser la noruega- no es casual: tiene esa misma lógica y muestra, de manera contraria, los mismos miedos que ahora florecieron en el atentado; sólo que hizo falta un dibujito para que salieran a la superficie.

Dicho sea de paso, el detenido por la salvaje matanza aseguró que necesitaba perpetrar estos atentados para salvar Noruega y Europa occidental de los musulmanes y del marxismo cultural. Interesante, ¿no?.

Argentina, aquí y ahora

Nuestra sociedad raramente sea el caldo de cultivo de personalidades de una excentricidad como la que demostró el joven noruego.

De un tiempo a esta parte, con el devenir de algunas figuras al siempre cambiante escenario político nacional, se ha intentado erradicar el conflicto; se ha pretendido hacer creer que el conflicto no conduce sino a estériles peleas y menosprecios que nada tienen que ver con la política, sino que, más bien, son de patoteros inadaptados.

El marketing de la “buena onda”, que llena espacios de frases hechas, palabras alegres y caras sonrientes, cada vez se impone más y día a día parece tener más adeptos. Interminables frases sin significado alguno, no hacen otra cosa que demostrar lo que la gente cree querer, pero que, en realidad, es lo que quieren que quieran quienes las manejan.

Nada es posible sin conflicto, sin roces, sin cruces. Nadie podrá, jamás, progresar sin un previo cuestionamiento. Y en sociedades como la nuestra, donde aún hay mucho por hacer, es prácticamente imposible vivir sin el conflicto, casi permanente, que nos impone la cotidiana realidad.

¿A quién beneficia el no conflicto? A quienes no les conviene modificar nada de lo establecido, cuando en realidad lo establecido puede chocar, inclusive, con sus intereses –la inseguridad tiene algo de esto-.

Tener ideas y confrontarlas con quien tiene otras es parte de la sana dialéctica democrática que nunca se debe perder, sobre todo en países como Argentina, donde aún queda mucho por hacer y aprender.

Tratar de demonizar el conflicto, la puja, es la manera más vil de conservar, a cualquier precio, el estado de las cosas, y de seguir transitando la historia como meros espectadores, mientras muchos ven cómo se pasan las oportunidades delante de sus narices. Pero, como ya he mencionado anteriormente, muchas veces, erradicar el conflicto, la disputa, el debate, se vuelve en contra de quienes lo evitan y termina redundando en daños mayores.

En una sociedad como la nuestra, se necesita gente conflictuada, debate, cuestionamiento y, en definitiva, una dialéctica que, invariablemente, se traducirá en progreso. Caso contrario, la política será sólo bicisendas, globos y maquillaje, y sólo podremos recurrir a los Pitufos para ver chicos felices.

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