martes, 19 de julio de 2011

Con la democracia también se opina


Las pasadas elecciones a Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, no han hecho otra cosa que refrendar algo que ya se veía, aunque quizás no de la manera que se mostró, probable.
El inapelable –en cuanto a la cantidad de sufragios obtenidos- triunfo de Macri –reniego de los absurdos gentilicios como “macrismo”- dio letra para que muchos elucubrasen lecturas posibles de lo que fue una elección que no sufrió, a decir verdad, demasiados cambios en cuanto a la composición de un electorado tendiente a seguir ese modelo de Ciudad.
Como contraposición, algunas declaraciones del lado de “los perdedores”, dieron lugar a figuras retóricas complejas por lo confusas, pero elementales por lo erróneas por parte de quienes salieron victoriosos. Dentro del cúmulo de esas expresiones acerca de lo que dejó en claro la elección de la Ciudad de Buenos Aires, probablemente la que más ruido hizo fue la columna de Fito Páez que Página 12 publicó en su edición del martes siguiente a los comicios.
Con expresiones exageradas y poco felices –como el “asco”-, aunque con algunas figuras lingüísticas interesantes, la columna en la que el músico expresó su manifiesto rechazo al casi 50% del electorado porteño suscitó un sinfín de voces contrarias –lo cual no está del todo mal- que, de manera simple, calificaban esa actitud de “fascista”, intolerante o contraria de las bondades de una democracia que bajo ningún aspecto se vio menoscabada a partir de dichas palabras.
La democracia es, a grandes rasgos, el sistema mediante el cual el pueblo elige a su gobernante. Ni más ni menos. Ahora bien, tratar de equiparar la elección de un candidato político –que en el fondo no suele ser más que la expresión de una ideología- con cualquier otra elección de la vida cotidiana, sólo para terminar redundando en una crítica hacia quien la juzga de manera negativa, es algo, por lo menos, cuestionable.
“Así como yo me compro una camisa y no me compro otra; así como yo elijo comer un plato y no el otro; así como yo elijo comprarme una corbata en una casa y no en otra, permítame, señor Fito Páez, la libertad de elegir a quién votar”, rezó la editorial de un programa radial el mismo día en que salió publicado el mencionado artículo. Es que, claro; nivelando la elección de una corbata, por ejemplo, con la de un candidato político es como la democracia pierde valor, pierde fuerza y, en definitiva, pierde sentido.
Equivocado o no –por mi parte juzgo que fue al menos exagerado-, si hay algo que hace el artículo de Fito Páez es honrar a la democracia. Porque democracia no es tolerar lo que sea de manera tácita –eso, más bien, es el totalitarismo-; democracia es poder expresar la algarabía o la indignación de la manera más libre; mucho más libremente que ver dónde comprarse una camisa. La democracia, por el contrario, es el sistema en el cual artículos como este tienen lugar; y es el único que permite este tipo de expresiones. ¿O acaso alguien puede pensar que durante las tantas dictaduras que hubo en el país alguien osaba decirte dónde comprarte la ropa o dónde comer? No; justamente lo que no se podía manifestar era la ideología, que es lo que ahora florece en cada expresión de cualquier lado que se la quiera defender.
Hace algunos años, en ocasión de la muerte de Néstor Kirchner, Mariano Grondona, en su programa de Canal 26, osó comparar la figura del ex presidente, con la de Hitler en la Weimar de los años ’20 a la hora de categorizar a los fanáticos que fueron a su velorio. ¿Esto acaso no es un exceso de las mismas magnitudes que el de Páez? Bien; pero este tipo de comparaciones tienen lugar únicamente en una democracia bien constituida, que quiere mejorar a diario.
Democracia es una palabra tan fuerte y con un valor político tan alto que cualquier cosa que se diga en su supuesto beneficio, es bien recibido por cualquiera sin mayores análisis. Pero pretender rebajar las discusiones no es sino una estrategia deleznable de quienes lo hacen, en favor de la perpetuidad del sistema social establecido. Es, en el fondo, sacar provecho de una serie de problemas estructurales –la mala educación, la desigualdad de oportunidades- que tiene nuestra sociedad y tratar de hacer “fácilmente comprensible para todos”, conceptos errados, falaces y de manera malintencionada.
Es responsabilidad también de los medios, educar, no distorsionar ideas y dar claras consignas para que, cuando me compre una corbata, no me crea un patriota sino un simple ciudadano.

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