La proliferación de nuevos horizontes profesionales trae aparejado, consigo, el uso desmedido de las palabras, pensadas en primer término para fines más o menos determiados y ahora prostituidas hasta al hartazgo.
Estas nuevas disciplinas, mayormente estudiadas en universidades o centros de estudio privados, incurren en algunas categorías lingüísitcas en algunos casos inadmisibles, no tanto por su condición de "nuevas", sino por su inagotable búsqueda de la novedad.
Uno de los campos que mucho se ha desarrollado en el correr de estos últimos años ha sido el mundo de la cocina y sus derivados. Antes relegado al mundo femenino y hasta en cierto modo despreciado por los hombres, el arte culinario se ha ido perfeccionando con una sofisticación que demuestra, una vez más, ciertos signos de machismo y lo que el hombre es capaz de hacer para, en el fondo, gustarle a las mujeres: el mundillo de la cocina nunca fue tan explorado hasta que los hombres no se dignaron a desentrañarlo hasta las últimas consecuencias.
Ahora bien; la ambición mercantilista de, mayormente, la condición masculina, ha ido desarrollando un mercado pedagógico de la cocina que se apoya, ahora, en escuelas de cocina, universidades, institutos, etc., que, además de buscarle nuevas vueltas a un sector ya explorado, combinan sus nuevos saberes con palabras que muchas veces no tienen ningùn punto de relación con el objeto a estudiar.
Una de las ramas del arte culinario que ha tenido un crecimiento sostenido es la catación de vinos; esa actividad que, además de darle entidad a personas con voz grave y aspecto relajado, ha incurrido en algunas particularidades que la hacen muchas veces desdeñable.
Probalemente por la finitud del lenguaje, muchos adjetivos han ido tomando diferentes significaciones con el correr de la sofisticación de determinadas actividades. Esta es quizás una de las razones por las cuales los "catadores diplomados", se dan el lujo de decir que un vino es "salvaje", o "violento"; ¿es necesaria semejante definición? ¿a dónde apuntan esas palabras?
En las palabras, las cosas han dejado de ser lo que eran para volverse pretenciosas y absurdas. Jamás me compraría un vino que en su etiqueta asegura "violento" o "salvaje". Además, si un vino es "salvaje", ¿un puma, qué es?. Hay cosas sencillamente indescriptibles -como el vino violento- y no está mal que así sea.
Nadie sabe bien qué parte del supuesto bienstar de quienes se dicen "gozadores del arte de la vitivinicultura" es real y cuál es ficticia; aunque, para mí, un 80% no es nada creíble. Su aire relajado, la exagerada utilización de palabras como "divertido" o el hablar y el andar cansino son clichés a los cuales ningún catador que se precie de tal debe dejar de lado a la hora de ver el marketing necesario de su pequeña empresa.
Cada vez que entro a una vinoteca de las nuevas, me voy con la sensación de que esa gente vive mucho peor que yo, pero no se da cuenta y se engaña a sí misma; te tratan como a un idiota, te quieren engatuzar con adjetivos como el anteriormente mencionado y todo para vender un vino. Nadie puede vivir la vida dignamente con ese relajo constante; ese disfrutar todo a pesar de todo sin más. Porque ni siquiera son borrachos encubiertos que hicieron de su problema un medio más o menos digno de vida; son, por el contrario, la muestra de la mercantilzación del placer.
Como inventar palabras no es algo sencillo y, aparentemente, crear nuevas cosas o conceptos tampoco, habrá que resignarse a encontrar cada vez significados más estrambóticos para cosas, por ejemplo, tan escenciales y añejas como el vino
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