domingo, 23 de septiembre de 2012

Un buzo, un niño y un festejo



   Hay algo en los festejos que inquieta, que intranquiliza y que, sin dudas, moviliza y apasiona. La cultura de los festejos de un tiempo a esta parte ha, como toda manifestación forzada y artificial, venido a poner a éstos en un lugar para el cual tal vez no estén preparados, ni para el que nosotros, como “festejadores circunstanciales”, podamos llegar a interpretar.
   De la mano de un mercado cada vez más sofisticado para todo lo que es producir una falsa sensación de alegría y bienestar, la industria del festejo “porque sí” se ha instalado en nosotros como sociedad de manera firme, sin retorno.
   En este plano entran un sinfín de fechas infames y sin un estricto sentido sentimental –día del sobrino, del ahijado, del abuelo, de todas las profesiones habidas y por haber, etc.- pero con un objetivo único e indiscutible: festejar, y regalar, claro.
   Ligado a una angustia que ya he tratado en otros posteos anteriores, como lo es la que representa  para mí el acto de “tener” que regalar, viene íntimamente asociada esta tendencia casi irrestricta a celebrar cualquier cosa, por menos significado autónomo que ésta tenga.
   Festejar implica necesariamente consumir y además, consumir para festejar o por festejar, tiene cierto grado de supuesto placer que lleva a la mente humana a alejarse de todo análisis estrictamente racional para detenerse en semejante acción. ¿Es necesario festejar tanto? Y, en caso de que lo sea, ¿por qué? ¿Qué oculto encanto o reivindicación esconde la despiadada inclinación por el festejo que la hace tan absurda?
   Esto no tiene que ver, justamente, con ser un ser oscuro socialmente, ni con despreciar cualquier manifestación de alegría; pero está más dirigido, sí, a una tendencia cada vez más fuerte de tratar de desglosar cada acto en su raíz más profunda, usualmente de manera equivocada.

Egresados 2012

   Sentado en una mesa de domingo, detrás de mí, en un perchero puesto estratégicamente en el patio, colgaba algo de ropa que, al sol, parecía secarse mejor. Entre ellas, un colorido buzo con capucha colorado llevaba puestas las inscripciones “Egresados 2012”. La mesa, vale aclarar, la compartía con una familia compuesta por mamá, papá y sus hijos, de 8 y 5 años. A ninguno de los dos padres pertenecía, ciertamente, ese buzo y tampoco, claro, a la nena de 8 años, que no terminaba ninguna etapa de su vida lectiva. Efectivamente, el buzo de “Egresados” era de mi ahijado, de 5 años que, este año, egresa del jardín de infantes.
   Averiguando más acerca de la raíz de esta decisión, resultaron ser apenas un par de padres que, con su entusiasmo, acarrearon al resto de los padres del curso a llevar adelante esta medida, so temor a dejar a sus hijos “fuera de onda”.
   La abundancia tiende a borrar los límites de lo deseado, genera falsas ilusiones y visiones sesgadas y erróneas. ¿Para qué, entonces, tantos festejos?
   La necesidad compulsiva de festejar, debe estar asociada directamente a alguna otra angustia; a alguna necesidad reivindicativa que no logra manifestarse en otro campo de la vida cotidiana y que requiere de grandilocuencias, fechas y recordatorios para hacer recordar que determinado día, tenemos que hacer feliz a alguien y, consecuentemente, eso nos hará felices a nosotros.
   Es que, últimamente, el festejo se ha vinculado de manera íntima al marketing de la felicidad y contra ello no hay, aparentemente, nada que pueda hacerse; de una felicidad meramente ligada a lo material y que no encuentra otro salvoconducto en expresiones más profundas de nuestro sentir diario.
   Paradójicamente, todas estas nuevas manifestaciones mercantiles, desprovistas de todo significado y hechas únicamente para obtener, en el fondo del camino, algún extraño sentido de pertenencia, llegan fogoneadas desde sectores que podrían llamarse la nueva “burguesía”, aunque el término resulte a veces excesivo; gente que puede gastar en estas idioteces –estando o no de acuerdo filosóficamente con ellas- y puede, a su vez, continuar su vida sin el menor problema.
   Podría afirmar, sin certeza pero con la clara presunción de dar en el blanco, que en los sectores más postergados, este tipo de prácticas no tienen lugar de manera tan acentuada y reiterativa; lamentablemente, la segura proliferación cercana en el tiempo de una nueva industria y moda de buzos de egresados del jardín, probablemente genere esa nueva necesidad ficticia y creada por los que más tienen, condenando a los menos favorecidos a gastar dinero en algo que no contribuirá jamás en ningún aspecto a la formación de los niños, sino servirá sólo para hacerles creer que son felices.
   Y como esto, se seguirán inventando miles de festejos sin sentido que, consecuentemente crearán nuevas necesidades para continuar en este sinsentido en que parece haberse convertido la vida, en donde la felicidad sólo se consigue festejando.

miércoles, 6 de junio de 2012

La pasión, la civilización y la barbarie


   Está por llegar a su finalización la Copa Argentina,  una competencia que vino más a reafirmar la idea de un fútbol más ecuánime, “para todos”, que la de una verdadera instancia evaluativa para los clubes más “grandes”, que en varias ocasiones le dieron la espalda con equipos alternativos, pero que, ahora, a un pasito de coronar un campeón, han optimizado sus formaciones en busca del título.
   Probablemente sea un título menor en el palmarés de clubes como Boca o Racing –más para el primero que para el segundo-, pero sin dudas representa, también un estímulo para llevar algo de orgullo a su historial.
   De todas formas, lo que más quedó evidenciado con esta nueva competencia es el carácter radicalmente opuesto que tiene este deporte según dónde sea que se lo presencie. Además de darle a equipos como, por ejemplo, Santamarina de Tandil la posibilidad de jugar contra Boca con el entusiasmo que eso suscita en hinchas y jugadores, llevó estos partidos a diferentes provincias del país y le dio la posibilidad al espectador medio de ver, evaluar o sentir la forma en que se vive el fútbol en diferentes latitudes del país.
   Vi por televisión, el domingo, la semifinal entre Racing y River y, además de ver el partido, me sorprendió llamativamente una cosa: los cánticos de las hinchadas –llamarle barras sería por lo menos ofensivo- eran los que escuchaba yo cuando era chico, allá por los ’80 o principios de los ’90; carentes de malicia, de choques innecesarios entre clubes y de promesas de muerte al rival, cada hinchada de dedicó a alentar sanamente a su equipo, cosa que por estas latitudes hace rato que no sucede.
   Salvo en las dos tribunas, tal como comentaba el relator, era habitual ver, en un mismo sector, hinchas de uno y otro equipo con sus remeras distintivas y conviviendo armoniosamente; comprendiendo que se trataba de un partido de fútbol y que después, fuera como fuera el resultado, la vida continuaba exactamente igual que antes.
   Hacer un pormenorizado seguimiento de las canciones de la cancha puede resultar un punto de análisis y de partida interesante para explicar un poco desde dónde viene o surge la escalada de violencia que se advierte en el fútbol por estas tierras. Hoy por hoy, salvo algunos contados ejemplos, casi todos los cánticos tienen, directa o indirectamente, como destinatario otro equipo que no es el propio y siempre con agravios inconducentes.
   La forma en que, evidentemente, se toma el fútbol en lugares como Catamarca o Salta pareciera ser un indicativo de nuestros pasos a seguir. Pero lamentablemente las cosas no son así.
   ¿Es realmente la pasión por el fútbol la responsable de que este deporte actué como uno de los tantos fusibles que se usan para extirpar problemas personales? Como en todos estos fenómenos sociales, suele haber explicaciones en las cuales convergen muchos factores: educación, medios, intereses, necesidades insatisfechas, frustraciones y un mal entendido sentimiento de pertenencia.
   La pasión es la gran movilizadora de las actitudes humanas y, tal vez, el más noble de los sentimientos. Ella, así como la fe, necesita de medios, de vías, de conductos que la habiliten a existir. En el caso de la fe, la maquinaria cultural se compone de libros, templos, educadores, curas, pastores, etc. Para la “pasión”, algo así como una fe más racional y a veces más violenta, en casos como el fútbol, el canal que la alimenta suelen ser los medios de comunicación, que taladran segundo a segundo el cerebro de los descerebrados generando confusión y locura.
  
Civilización y barbarie

   El éxodo de habitantes las provincias a la Ciudad de Buenos Aires es un fenómeno demográfico que comenzó antes de mediados del Siglo pasado y que aún se sigue dando en considerables proporciones. La búsqueda siempre suele ser la integración a una “modernidad” que hace agua por todos lados pero que, allá a lo lejos, aún se reivindica; al “progreso”, que antes traía promesas y hoy más incertidumbres que certezas.
   Trayendo a colación un viejo concepto que hoy merece ser refutado, Sarmineto, en su libro Facundo, hacía referencia a las ideas contrapuestas de civilización y barbarie para dar cuenta de las dos culturas que convivían en ese tiempo –Siglo XIX- en el país. La civilización, del lado de la cultura burguesa, de las grandes ciudades ilustradas, y la barbarie, ligada íntimamente a la cultura del gaucho, el paisano o el que no pertenecía al por entonces incipiente “sistema”.
   Hoy, varias décadas después, las paradojas y errores de un sistema que sucumbe día a día y que no encuentra sino en la inequidad la mejor forma de explicarlo empíricamente, obliga a reformular estos conceptos, quizás no anteponiéndolos, pero por lo menos dándoles un matiz más relativo.
   Convertido en un hervidero de sinsabores y frustraciones, de violencia e intolerancia, la Ciudad de Buenos Aires y sus áreas circundantes se ha transformado en un lugar propicio para la locura y los peores sentimientos de absurda reivindicación. Y fueron justamente aquellos migrantes del interior del país los que comenzaron a darle forma a esta nueva clase oprimida, excluida y manipulada allá a lo lejos en el tiempo. Hoy, con el paso de las generaciones y las sucesivas vejaciones a las que fueron sometidos con el correr de los años, son ellos los nuevos chivos expiatorios de una situación aparentemente irreversible en el corto plazo.
   De ese modo, ¿son verdaderamente inadaptados los que reaccionan violentamente en un partido de fútbol? ¿No es acaso su forma de adaptarse a un sistema que les impone la exclusión y la postergación como las monedas más corrientes?
   Nadie parece medir las consecuencias que la apología al “aguante” puede tener en personas, en estratos sociales, que no tienen otras revanchas que poder ver que su equipo gane algún partido o alguna copa. En ese descontrol, en esa búsqueda desenfrenada del rating, la popularidad o la “diversión”, los que más medios tienen son los que menos reparan, una vez más, en los menos aptos para absorber la amarga miel de su situación.
   El fútbol, una vez más, como metáfora de la sociedad. En ejemplos como el partido del domingo en Salta entre Racing y River, que de haberse jugado por estas tierras debería haber sido motivo de múltiples medidas de seguridad, vallados policiales y restricciones de todo tipo, vale la pena detenerse un instante para reflexionar y ver de qué manera están las cosas y qué forma de vivir queremos en una sociedad cada vez más castigada.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Golpes de efecto

   El complejo entramado de relaciones, acciones, omisiones y, por qué no, responsabilidades, que implica en sí mismo el multifacético y angustioso fenómeno de la inseguridad, da lugar a situaciones ajenas y teñidas de sensacionalismo y mal llamado “sentido común”.
   El robo del departamento de Carolina Píparo, días atrás en pleno centro de La Plata, obedece un poco a las múltiples derivaciones que pueden suceder en una sociedad ávida de “soluciones” y con fórmulas no siempre convenientes para encontrarlas
   Carolina, recordemos, fue víctima de una salidera bancaria con consecuencias trágicas el año pasado en pleno centro de la capital bonaerense. Fue abordada por sujetos que, luego de retirar dinero del banco, la siguieron hasta su casa y, en medio del intento del robo, le dispararon y la hirieron; ella estaba embarazada y, días después del violento episodio, su pequeño bebe murió.
   La trágica historia de Carolina, joven, bella y educada, no es demasiado diferente a la de las miles de personas que, con un matiz más o menos similar, están padeciendo los avatares de una situación sin aparente freno y que angustia a casi todos en igual medida. Esta situación, también vale decir, tiene otras víctimas, pero sus reclamos huelen a pólvora, y ya es demasiado tarde.
   Ahora bien; ¿es verdaderamente Carolina, una persona con entidad suficiente como para, tras un robo a una propiedad que no estaba habitada y en la que ni siquiera ella vivía, reunirse con el ministro de seguridad de la Provincia para plantearle su situación y “hablar de la inseguridad”? ¿Qué es o qué sería “hablar de inseguridad” en una coyuntura como la suya? Todo suena, en principio, apresurado, atolondrado; un manotazo para tener tranquila a una fluctuante opinión pública a la cual le gustan más los golpes de efectos que los trabajos sostenidos.
   Tal vez haya hecho bien Casal en reunirse con Píparo, pero de ser así, debería reunirse con cada víctima y toda la plaza San Martín no alcanzaría para albergar todos los reclamos diarios.
   Nadie desconoce ni desestima el dolor de Carolina, su esposo y su familia, y los días de angustia y zozobra que tuvieron que pasar mientras su bebe moría y Carolina seguía en terapia, pero parece exagerado el nuevo y circunstancial rol que ha adquirido.
   A veces, problemáticas de una complejidad mayor necesitan de nombres, de personas de carne y hueso para poder ser combatidas, o algo así. Ayer, Juan Carlos Blumberg se ponía a la cabeza de un extraño movimiento para el que no estaba preparado, a partir del secuestro seguido de muerte de su hijo Axel; también dotado de una fuerte dosis de eso que se conoce como “sentido común”, pedía y sugería polémicas medidas que fueron oídas sólo por un minúsculo grupo.
   Hoy, mucho más aquí, la tragedia de Once tuvo también un nombre, al final del camino; no fue hasta la aparición de Lucas, el último muerto encontrado en un vagón, que la protesta no tuvo la entidad y el nombre necesarios para creer en que la verdad estaría cercana a llegar. Fueron sus padres, casualmente, quienes, una vez encontrado su cuerpo, se pusieron al frente de las protestas y los reclamos.
   Es que las causas aparentemente perdidas no tienen nombre; son entidades que deambulan como valores a veces inalcanzables y por los cuales las peleas adquieren formas en ocasiones incomprensibles. La justicia, la verdad, el honor, el orgullo, no son más que palabras sueltas. Pero cuando a cada pedido lo acompaña un nombre, el pedido se resignifica y adquiere un valor en sí mismo.
   Ahora bien, en todo este juego de relaciones no hay que desestimar, de ninguna manera, el papel de los medios, arteros colocadores de especies de arquetipos para paliar angustias casi siempre burguesas. Blumberg, Lucas y Píparo –y tantos otros en la historia reciente- no son más que los fusibles de una compleja relación dual que pretende, en igual cantidad, legitimación y lucro; humanización y negocio.
   Porque, además de reunirse con Casal, luego de ese meeting Carolina salió y, claro, habló con todos los medios, y sus palabras fueron motivo de notas y minutos televisivos y radiales. Las palabras de una persona apesadumbrada por una serie de circunstancias desfavorables en una situación tan delicada como la que se trata de analizar, nunca van a ser sensatas; malo sería que lo fueran, pues se estaría hablando de alguien con una frialdad suprema, casi inhumana. Sin embargo, allí estaba Carolina, víctima de unos y de otros, saliendo a dar sus sensaciones luego de un asesinato, primero, y un robo, después, acerca del complejísimo fenómeno que es la inseguridad.
  Y son esos mismos medios los que, una vez que esas estrategias no le dan más resultados, las echan y las a bandonan con la misma ligereza que las crearon; con la mismas ladinas intenciones que pretenden esconder detrás de su supuesto papel de extensión de la voz de los reclamos de la gente.
   Por eso, quizás sea demasiado grande el reclamo para encontrar en una sola persona la respuesta o, sencillamente, sea demasiado poco un caso como para, a partir de allí, querer tomar medidas y cartas en un asunto que requiere más de mucho trabajo sostenido, coherencia y paciencia que de golpes de efecto o víctimas pasajeras.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Sobrinos,mascotas y Ong's

Hay una extraña relación entre tres factores, hasta ahora no desentrañada del todo: sobrinos, mascotas y ONG's -Organizaciones No Gubernamentales-. Cada una de estas tres variables puede parecer irreductible y, del mismo modo, imposible de vincular entre sí, pero pasaré a dar mis razones sobre estas tres situaciones, no excluyentes pero sí vinculantes.
Ante todo, vale mencionar que soy una persona que tiende a sospechar de todo, sobre todo cuando ese "todo" viene ligado a buenas acciones; y cuando esas buenas acciones están dirigidas hacia lugares cuyas consecuencias no son del todo claras, mucho más. Sobre las malas acciones, como su maldad e intención pareciera estar a la vista, no me planteo análisis semejantes.
Vayamos de a una.
Quizás porque no tenga ni vaya a tener jamás sobrinos directos -soy hijo ùnico y, a lo sumo, podría tener alguno que otro político-, admito que no comprendo en lo más mínimo a la gente que manifiesta una devoción excesiva hacia éstos. Hay gente que francamente se desvive por los sobrinos, y es esa conducta la que, a mí, me hace ruido; y mucho. Dejo de lado alguna supuesta elucubración del lector que crea que los chicos me son indiferentes, porque verdaderamente no es así; con ellos me vinculo de maravillas y hasta llego a quererlos con parecido entusiasmo que a los padres. Me une, con los pequeños, una relación transitiva de cariño; si quiero a los padres, raramente no quiera a los chicos. Tengo ahijado, y trato de ser con él un padrino copado.
Pero todo tiene su límite y es en honor a esa frontera que me termina creciendo la duda sobre la gente que adora a sus sobrinos más allá de todo. Si sobre su lomo no pesa su crianza; si su bienestar o malestar no va a estar siempre ligado a ellos, ¿cuán sano es que no se pueda tener una visión objetiva acerca de sus bondades?
En ese sentido, cabe mencionar que suelen ser sentimientos más comunes en mujeres que en varones estos del amor filial por los sobrinos, pero no es algo excluyente de ellas. Ahora bien, cuando el amor filial e incondicional por los sobrinos viene de una mujer, raramente se trate de una mujer con hijos o, lo cual puede sonar polémico, con una vida afectiva estable y planes concretos de prosperidad familiar. No son, en definitiva, emocionalmente estables.
En segunda instancia, el tema de las mascotas es algo que siempre me ha llamado la atención. Nunca tuve una mascota, y como sucede con los sobrinos, esto seguramente ha alentado mi análisis posterior. Como decía Seinfled en uno de sus monólogos, "si un extraterrestre baja de su plato volador y ve a una señora con su perro, que lo saca a pasear, lo baña, lo lava, la da de comer y, cuando hace sus necesidades se las levanta con una palita, seguramente termine pensando que el mundo está dominado por los perros"; nada más cerca a la realidad.
Así como el amor por los sobrinos merece un límite, necesita un coto, también estimo que debe suceder lo mismo con las mascotas, sobre todo los perros, que en esto se llevan la mejor parte. Esto, a diferencia de lo anterior, es algo que le puede suceder tanto a mujeres como a hombres, pero en ellas es más evidente que en ellos, tal vez por su menor temor a la exposición de su sensibilidad.
Con la anuencia que me dan muchos ejemplos que he sabido cosechar a lo largo de mi vida, debo admitir que las personas que muestran una excesiva devoción por las mascotas no tienen igual sentimiento por las personas, salvo que éstas sean de su contexto más cercano. Esto es tan extraño como llamativo y repetido. Es como que su cuota de compromiso con el prójimo se agotase en los animales y, con los demás hombres, ese sentimiento no aparece; muy por el contrario, se desvanece ante cualquier diferencia no necesariamente esencial.
Tras analizar estas dos variables, es preciso decir que no existe entre ellas una relación unívoca, pero que, si estas dos se juntan -cosa muy frecuente-, genera determinado tipo de personalidades muy específicas e inclinadas hacia una determinada manera de mirar el mundo, algo alejada de la mía -por eso mi crítica, claro-.
Es en este punto donde entran en juego las ONG's. Si alguien cumple con las dos cualidades previamente mencionadas, es mucho más proclive a caer en tentaciones sociales como la de generar Organizaciones No Gubernamentales para dejar su conciencia tranquila ante la sociedad; eso, o, si no tiene el compromiso necesario para coformarlas o formar parte de ellas, verlas con buenos ojos; como algo casi necesario.
Sobre esto habla Marx en un pasaje del Manifiesto Comunista:"El socialismo burgués o conservador es una parte de la burguesía que desea mitigar las injusticias sociales, para de este modo garantizar la perduración de la sociedad burguesa. Se encuentran en este bando los economistas, los filántropos, los humanitarios, los que aspiran a mejorar la situación de las clases obreras, los organizadores de actos de beneficencia, las sociedades protectoras de animales, los promotores de campañas contra el alcoholismo, los predicadores y reformadores sociales de toda laya".
Sin querer parecer tan fundamentalista como el padre del meterialimo histórico, creo que estas tendencias pueden aparecer con frecuencia entre muchos de los actores sociales de nuestros días, y en sus múltiples combinaciones; léase amates de sobrinos y mascotas o de mascotas y ONG's o de sobrinos y ONG's o, lo maximo, de las tres.
Dejo al lector la posibilidad de desentrañar y categorizar a estas personas. Sencillamente pretendía dejar por sentado algo que, por presente, a veces no es criticado -positiva o negativamente-.
Finalmente, un mundo sin sobrinos no sería posible; uno sin mascotas, probablemente sería algo inacabado -dejando de lado, claro, la relación de la cadena alimenticia- y en uno sin ONG's, las culpas serían lavadas en otros lugares, y/o tal vez se le daría lugar a los cambios más profundos.

martes, 23 de agosto de 2011

Sorprender o regalar

Como todo, los regalos tuvieron su momento de iniciación en la historia. Alguien, algún día, tuvo la brillante idea de “regalar” algo y, a partir de ahí, la cadena se hizo interminable.

El espíritu del regalo es algo que en sus seis letras involucra lo mágico de un momento y lo materializa en una cosa determinada. No hay razón por la cual hacer regalos, pero determinados eventos se pasan mucho mejor con ellos que ante su ausencia.

Un regalo, por lógica, es algo que tiene que complacer, fundamentalmente, a quien lo recibe –lo cual repercute de manera directa en quien realizó la compra -, razón por la cual puede ser elogioso que quien sea el destinatario tenga el buen tino de pedirlo lisa y llanamente o siquiera de sugerirlo entre una serie de opciones. La eficacia del regalo, entonces, también es de suma importancia, tanto para el usuario como para el regalador.

Existe, en este sentido, una tácita unión no siempre conveniente entre dos conceptos relacionados pero no necesariamente emparentados: regalo y sorpresa. Un regalo, en la gran mayoría de los casos, termina siendo una suerte de sorpresa, aunque más no sea por el objeto a regalar, pero muchas veces este vínculo termina por quitarle, lo que es en muchas ocasiones contraproducente, magia al noble acto de regalar.

Hay una parte de los regalos, entonces, que los hacen odiosos; algo oculto, misterioso pero a su vez terrible, que es cuando deben ser sorpresas. A título personal, siempre que el imperativo es “que sea sorpresa”, la presión actúa en mí de la peor manera. Me nubla y no me permite sentir placer a la hora de comprar algo porque nunca sé si va a ser, de hecho, una sorpresa.

Si dudo para comprarme cosas para mí, ¿cómo puedo estar ante la imposición de que, además de regalar algo, eso tenga que ser sorpresivo para el agasajado? No tengo capacidad de empatía y no me siento cómodo poniéndome “en los zapatos del otro” –otra de las frases hechas que erradicaría-, y es por ello que elegir un regalo con la carga de que sea sorpresa presume una angustia insoportable.

Por el contrario, suelo tender a dar sorpresas con regalos en días cualesquiera y en eso, para mí, radica la real dimensión de la sorpresa. Lo inesperado, muchas veces, obra a favor de la cosa regalada y le otorga un plus que lo hace valer por sí mismo. Pero cuando la idea es que el regalo de, por ejemplo, un cumpleaños, sea una sorpresa, toda la presión de la sensación de sorpresa que pueda sentir el receptor, está puesta únicamente en la cosa a regalar, y la obligan a tener un valor agregado infinito.

En esta dirección, a modo de apartado, cabe mencionar que las ocasiones propicias para regalar suelen ser cumpleaños, navidad, bautismos, casamientos, y los “días de”. En este último apartado quiero hacer una mención; existe el día del/la: padre, madre, abuelo/a, niño, ahijado, sobrino, y de miles de profesiones. Ahora bien, ¿nadie se preguntó jamás por qué no hay día del hijo? El del niño es un día que pudo haber sido concebido como día del hijo, pero por su pronta fecha de vencimiento se impone con fuerza la implantación del día del hijo. Todos hemos sido hijos alguna vez, y la sola condición de nuestra existencia –la de todos-, es la que le da crédito a todos los demás participantes de los otros días; sin hijos no hay padre, madre, abuelo, ahijado, etc. Por ende, estimo que sería un acto de justicia.

Volviendo al tema de la sorpresa, cabe mencionar que éste es un concepto, en estos días de un mundo cada vez más predecible y rutinario, sobrevalorado. Tan es así que su sentido más profundo, en muchas ocasiones, pierde fuerza y se llama sorpresa a cualquier cosa, aún cuando no represente un hecho sorpresivo.

De esta manera, cuando las sorpresas son antecedidas de una voluntad receptora –en el caso de los “regalos sorpresivos”-, se pierde el sentido más primordial de la palabra sorpresa. La sorpresa es algo inesperado, por lo cual “esperar una sorpresa” es un concepto ambiguo, carente de sentido y tedioso para quien debe, moderadamente, sorprender. Por eso soy más amigo de sorprender con un regalo cualquiera en una fecha cualquiera que hacer un esfuerzo sobrehumano por sorprender a alguien con un regalo para, por ejemplo, su cumpleaños, que es cuando más espera un regalo.

Cerrando el descargo, vale decir que amo recibir regalos, que, al no ser una persona con demasiados vericuetos, no me importa que me sorprendan –de hecho, cuanto menos sorpresivos, mejor- y que adoro, también, elogiar a las personas que quiero con regalos. Pero me matan las sorpresas.

lunes, 15 de agosto de 2011

Dar en el blanco

Después de más de dos horas, pude finalmente votar. Pude, en definitiva, elegir por séptima vez qué modelo de país quiero, expresar cómo pienso, ser libre en las cuatro paredes del cuarto oscuro y sentirme partícipe de un proceso nacional, aunque más no fuera desde el lado de los perdedores.
Caras y colas largas, interminables suspiros, reproches a veces absurdos y, una vez más, la valoración de lo pequeño por sobre lo trascendente; de lo que se puede cambiar por lo que debe seguir así.
La democracia exige, además de todos los supuestos sabidos, paciencia, adaptación y coherencia; lo mismo sucede con los procesos electorales. Paciencia para saber sobrellevar las pequeñas –en comparación- cuestiones perfectibles que tiene, adaptación a fin de entender cada contexto, cada beneficio y cada perjuicio que implica y coherencia antes de opinar ligeramente ante algunos errores ciertamente menores que puede presentar.
En lugar de primar la importancia de elegir, el vital valor de sentirnos parte de una sociedad que, de a poco, quiere madurar, que necesita ser mejor y que demanda cambios profundos, la mirada sencilla, el análisis a corto plazo y el olvido, la desmemoria y la falta de racionalización que implica la rutina, aparecen mellando prácticas tan vitales como la del domingo 14.
Todo sistema es plausible de ser modificado, de ser mejorado y perfeccionado para que haya cada vez menos quejas y menos objeciones. Todo, sin dejar nada de lado, puede sufrir alteraciones que lo enriquezcan y lo hagan mejor para la gente. Pero es esa gente la no debe detenerse en los pequeños vicios que pueden hacerlo tedioso, insufrible y cansador, y reparar, por sobre todas las cosas, en los bondades insuperables de un régimen que sólo será más acabado en la medida que todos participemos activa y comprometidamente para que así sea.
Las redes sociales, más allá de algunas prácticas indeseables que puedan tener, son, en ocasiones, fieles reflejos de estados de ánimo de la gente, sobre todo de la más joven; la más escéptica, quizás, en este tipo de escenarios. En la jornada del domingo, en ellas abundaban las quejas con frases que subestimaban al proceso electoral poniéndolo en el lugar de una práctica inútil, aún antes de los primeros resultados; esto quiere decir que, más allá de cómo salga todo, el solo hecho de votar perdía valor en sí mismo y se convertía en una carga.
No eran los candidatos, ni la cantidad interminable de papeles sobre los cuales dirimir, ni los proyectos en danza el motivo de las quejas; en cambio, el rechazo estaba dirigido, en mucha gente, al tiempo que se estaban “perdiendo” en ese acto. ¿Podría ser más organizado? Es probable ¿Debería ser una auténtica fiesta cívica y no lo es? Tal vez; pero eso no puede por sí solo ser un motivo de queja permanente.
Nada puede hacer pensar con seriedad que en un país como el nuestro, con nuestras enormes falencias organizativas en varios aspectos, se pueda organizar amablemente una elección, que es nada más y nada menos que el único proceso preparado para que, en menos de diez horas, participen todos los habitantes de más de 18 años del país, algo más de 20 millones de personas. En este contexto es donde las quejas se hacen sordas y las palabras vacías de contenido. Como en varios otros aspectos, no hay soluciones mágicas; sólo trabajo a largo plazo, coherencia y paciencia.
Votar es, quizás, la única –o la más noble- acción cívica que nos iguala y en países donde éste es un valor que se reclama permanentemente, debería ser tenido en cuenta. Todos, sin exceptuar a nadie, somos, en definitiva, un número en el recuento final, y eso se palpa en cada uno de los lugares para votar. Nadie necesita más que un par de condiciones indispensables y al alcance de todos para poder sufragar y en eso radica la magia igualatoria de este proceso, vital y a esta altura incuestionable.
Las elecciones primarias del domingo fueron un avance en muchos aspectos. Sabernos parte de una sociedad inacabada, partícipes de una democracia que aún debe cernirse sobre bases sólidas y valederas, es la primera premisa desde la cual merece ser analizada esta preelección, mucho más allá de los resultados.
Lo del domingo no puede sino redundar en un electorado más informado, más preparado y necesariamente más comprometido para la crucial refrenda de octubre. Y todos esos son valores que se necesitan en nuestra tierra, tan rica y devastada a la vez.
Particularmente, en el proceso eleccionario del domingo se dio un fenómeno que se venía marcando hace ya algunos años y que lograron capitalizar los que mejor supieron comprenderlo. La afluencia de gente joven a la política no hace otra cosa que renovar viejos estamentos hasta ahora estancados y pertenecientes a una generación que necesariamente debe cederle el paso a la nueva, cargada, tal vez, de nuevos aires y nuevos proyectos, pero ciertamente sin el hastío de la precedente. El desafío que se impone, entonces, es el de llegar con un discurso claro y convincente a un electorado joven que podrá, de acuerdo a la eficacia del mensaje, captar voluntades y transformarlas, con el correr de los años, en proyectos. A la luz de los resultados, esa parece la única alternativa para lograr el éxito.
De todas formas, tratar de desglosar las motivaciones de un electorado tan vasto como heterogéneo puede llevar mucho tiempo y, aún así, se puede hacerlo con un porcentaje de error mayúsculo. Pero lo importante, lo que debería primar a la hora de evaluar los pro y los contra, es que, cuando lleguemos a octubre, millones de chicos que votaban por primera vez el domingo, ya tendrán, aunque sea, una mínima experiencia previa para, en caso de que así lo deseen, ocuparse más de lleno en las propuestas y menos en los rutinarios mecanismos.
Con mis 31 años, soy de una generación que, si bien no nació en democracia, creció en un país en el que todos querían que esa fuera la forma imperante de hacer política. En un país que, en mayor o menor medida, reivindicaba las bondades de un sistema perfectible, pero hasta ahora no superado. Cada elección, entonces, debería ser tomada como la posibilidad que tiene cada uno de nosotros de cambiar el estado de las cosas y no ser despreciada por disgustos menores como el tiempo de demora o la falta de organización. Después de todo, no es nada perder dos horas de un domingo, a cambio de seguir sintiéndonos moderadamente libres.

jueves, 11 de agosto de 2011

¡Alto ahí!

No sé cómo se configura el poder a partir de la altura. Hay algún poder mágico en el tamaño que va diagramando casi instantáneamente las relaciones humanas. Las dimensiones de las cosas tienen la propiedad de configurar muchas veces complejos entramados.
Mi escaso metro 68 –algunos dicen 69, pero en honor al artículo mantendré el 68- me ha llevado a medir –valga la redundancia- todas las cosas desde valores cuantificables; desde medidas más que desde usos o empleos.
Tuve, alguna vez, la vana esperanza de medir más, y algunos datos me podían llegar a amigar con ese anhelo; pero la historia fue justa y estricta y fijó para mí este cuerpo, aunque, por ejemplo, mi pie sea el de alguien de, por lo menos, un metro 75.
Hábil para varios deportes –salvo para el básquet, claro-, este fue el único punto en el que se podría decir que mi estatura pudo haberme beneficiado –es más fácil manejar un cuerpo pequeño que uno de grandes dimensiones-, pero, si bien amo los deportes, tengo la tendencia de reparar en las cosas en contra que en las a favor. Y el ejercicio del poder es una de ellas.
Ha habido históricamente líderes de todos los tamaños y todas las dimensiones. Lo sé, lo viví y lo analicé muchas veces antes de lanzarme a escribir este artículo. Pero el poder es un valor tan intricado que analizarlo sólo desde su posesión parecería, a priori, algo demasiado parcializado. No es lo mismo el respeto que se le tiene a un líder alto que a uno petizo; mientras que al alto se lo escucha, se lo venera, se lo mira muchas veces desde la admiración, con el líder pequeño tiende a pasar algo más parecido a la empatía y al afecto, lo cual no le quita poder, pero le resta importancia.
El ejercicio del poder, decía, es algo que siempre me llamó poderosamente la atención. Lejos de tener pretensiones demasiado elevadas, pretendo, en cambio, desglosar algunas de las facetas más elementales de esta dinámica e interesante práctica.
No sé vincularme con el poder; desconozco las razones profundas de este síntoma, pero en principio podría decir que tiene que ver con mi altura. Soy, eso sí, un líder carismático; mucha gente me apoya, aunque nadie definitivamente me sigue. No sé, decía, relacionarme con el poder desde la altura; desde su falta o desde su exceso.
Por ejemplo; mi condición de heterosexual me ha llevado, en mis años mozos, a vincularme con las mujeres siempre desde el afán de conquista. Hoy por hoy pasa algo similar, aunque con diferentes intenciones. Me pasa eso, decía, con todas las mujeres, salvo con las altas. Algo en ellas me paraliza; me hace sentirme incapaz de conquistarlas y, por ende, de relacionarme con ellas. No sé cómo actuar; no sé si rechazarlas, no hablarle, mostrarle mi costado más miserable o, sencillamente, ignorarlas y seguir mi vida –algo que no puedo hacer con nada-. Siento, también, lo que decía que pasa con los líderes petizos: creo que ellas tienen cierta simpatía bonachona conmigo; vengo a ser algo así como una mascota –para mi imaginario-.
Volviendo al tema del deporte, soy de esos que se compra cada guía deportiva que aparezca para ver la altura de los jugadores. Aunque no parezca en la superficie, la altura me afecta con cosas que van corroyendo mi cotidiana realidad. Muchas veces, mientras camino por alguna calle céntrica y percibo un hombre menor que yo, me regodeo e intento pasar al lado suyo para sentirme algo más alto.
Por otra parte, a los petizos, salvo las cuestiones físicas, todo les cuesta más trabajo. Imponerse, ser escuchado rápidamente, comprar ropa que le quede bien en la primera postura, etc -por cada cinco o seis pantalones que me compro, es tanto lo que corto que perfectamente podría hacerme, con esa tela, uno nuevo-. Pero no renegamos de ellos; sencillamente nos adaptamos, como lo hacemos con todo.
En definitiva, la altura es algo que para mí opera con una determinación en mi vida que pocas cosas la tienen. El mundo se divide entre altos y bajos, y la distinción creo que no me favorece. De todas maneras, jamás volveré a usar borceguíes y seguiré con mis zapatillas chatas, cueste lo que cueste.