Ciertos hábitos íntimos, por más íntimos que estos sean, tienen, como todo, un nivel de standarización elevado, en los que no muchos reparan.
Uno de esos hábitos, dentro del cual se configura una multiplicidad de actividades, es el baño y sus usos. Allí, uno es uno, libre e independiente de hacer lo que se le cante, pero indudablemente, como sucede con la gran mayoría de las acciones efectuadas por todos, hay un alto nivel de generalidades a las que pocos están excentos.
Sabio resultó ser Rudy Chernicof -o como sea q se escriba- cuando se cansó de robar veranos enteros con su opera prima "El Señor del baño". Ante todo, para evitar la sospecha de plagio, vale aclarar que jamás vi esa obra ni recibí ningún comentario al respecto.
Al referirme al baño como lugar de tradiciones milenarias, hablo desde la ducha, hasta el inodoro, pasando por todas las cosas que allí puedan suceder, ya sea de aseo como de estética o mera costumbre.
Aunque cabe la mención de la modalidad de las mujeres de ir al baño mayomente acompañadas, sólo para dar cuenta de que quien esto escribe no dejó pasar este hecho de lado, no redundaré en conjeturas ni en chistes al respecto porque este es un tema trillado y notado por todos.
Pretendo, aquí, comenzar a desglosar y comentar, claro, algunas de las costumbres y variaciones que ha ido teniendo el baño con el correr del tiempo y las culturas.
¿Por qué los diseñadores de papele higiénicos se empecinan en querer darle a su uso un perfil vivaz y alegre? Sabedores del placer que su uso genera en la mayoría de los casos, parece innecesario tanta bandera. No es que me haga el duro, pero ciertamente no coopera en nada que haya perritos dibujados, jugando, en sus finas hojas. De los primitivos papeles de cuando niño -higienol. mayormente- rugosos, alijados, casi ofensivos, pasamos a los nuevos, que se han ido suavizando con el correr del tiempo para beneplácito de los ususarios. Pero lejos de querer dejar de ponderar ese cambio tan necesario y placentero, me dedico ahora a tratar de descifrar las razones que llevaron a los dieñadores a dibujar los perritos en unos de estos.
Sucede con el hombre algo que no acaece con las mujeres, claro. La predisposción física para con la cuestión, nos hace capaces de realizar una múltiple cantidad de cosas mientras lo hacemos y también incapaces de hacer otras. Mientras para ellas hacerlo sentada es una incomodidad a la hora de tener que elegir determiandos lugares parea satisfacer su necesidad, para nosotros, por el contrario, no deja de ser un trámite sea donde fuere que estemos. De todas maneras, éste tiene multiples facetas, quizás por muchas desconocidas.
Dejemos de lado la carambola con las bolitas de naftalina de los mingitorios; hablar de ello sería el equivalente de hacerlo acerca de las mujeres que van acompañadas al baño.
Así como la curiosidad mató al gato -dicho cuyo significado jamás averigué-, la ansiedad terminó modificando el hábito de algunas prácticas bañeriles. Como sucede conmigo, ¿cuántos son los hombres que infaliblemente aprietan el botón o lo que sea, mientras la cuestión está en pleno desarrollo?? ¿Cuál es la ventaja de semejante estupidez, convertida en rutina cada vez que voy al baño? ¿Será el temor a terminar algo, la verguenza del sonido de las tristes gotitas finales, alejadas ya del abundante chorro incial? Nada, nunca, nadie, podrá explicar por qué somos tantos los hombres que, en la mitad del proceso, deciden invariablemente apretar el botón para que los sonidos se confundan en una suerte de melodía de aguas denzantes.
Como toda práctica natural, cuando se racionaliza y se analiza, comienza, no ya a ser modificada ni suprimida, sino a adquirir nuevas aristas. Sería algo así, por ejemplo: "Ahora que sé que hago esto y es una pelotudez, le busco, para mí, un sentido más lúdico". ¿Cómo debe interpretarse ese sentido? Bueno, por ejemplo, calculando los segundos aproximados que tarda la "mochila" - ¿Quién habrá sido el desgraciado que unió esa palabra tan didáctica con el lugar donde se carga el agua que luego irá directamente a la cloaca? ¿Le darà más status a un plomero decir al mundo que que va a poner una "mochila" nueva a una casa? A todo esto, ¿qué dirán desde las librerías?- y los que faltan para la finalización de la acvitidad en cuestión. Claro que nunca coinciden estos dos valores, e inevitablemente, el triste chorro final -que choca con la función de llamado de apareamiento del chorro inicial- recobra protagonismo. Ergo, lo que presumiblemente justificaba inicialmente la apretada apresurada del botón no se logra y todo sigue igual o peor aún.
Toda la fisonomía del baño ayuda indudablemente a su correcto uso. En la entrada, claro, el inodoro cercano evita que cualquier contratiempo sea más intransitable. Ahora bien; ¿por qué existen inodoros cuya tapa inferior, la que cubre el marco de material, no se queda quieta arriba?Esto, en directa relación con la idea de urgencia que se viene a soslayar con el inodoro cerca de la puerta resulta por lo menos contradictorio.
Así como echar un vistazo al porta CD de alguien -sobre todo antes, cuando tener un CD era cosa más seria que ahora- te daba una radiografía inequívoca de la clase de persona con la que estabas, o, más acá en el tiempo, mirar el calzado q lleva puesto -algo así como "dime con qué caminas y te diré quién eres"-, algo smilar ocurre con los baños; con lo que éstos esconden detrás de sus compuertas.
Aunque resulte una falta de ética, muchas veces revisar -voluntaria o involuntariamente- el baño de una persona ofrece una descripción fiel de muchos de sus costumbres y modos. Desde lo medicamentos o cremas hasta los cepillos de dientes, pasando por elementos preventivos o estéticos -léase curitas y alicate, por nombrar dos de ellos-, darse una tácita vuelta por los estantes de los baños siempre ayuda. Su orden, sus lugares, sus recovecos, esconden las miserias o las locuras más insospechadas.
El baño es una de las pocas cosas, sino la única, que se usa cerrada. Por ende, una de las cosas que, por no tener la costumbre de hacer, no temrinio de comprender es a la gente que deja la puerta del baño cerrada automáticamente. Salvo en situaciones excepcionales, la puerta del baño debe estar abierta, para evitar el aproximaminto sigiloso y el innecesario golpecito a la puerta y el consecuente "ocupado", término que sólo los chicos usan sin vergüenza alguna. Un baño abierto es un baño amigo. Un baño cerrado, en cambio, genera dudas e incomodidades; es casi un placard.
Confieso aquí otro problema: Me da una profunda vergüenza decir "ocupado". Por empezar, el que está ocupado en el baño soy yo y no el baño, que puede albergar a mucha gente dentro suyo sin estar necesariamente ocupado. Esta es otra de las condiciones de los baños; que son los ambientes que se ocupan más fácilmente.
Volviendo a la respuesta incordiosa de "ocupado", debo admitir que le he buscado mil vueltas al reemplazo de esa lapidaria frase. "No", "¡¿Qué pasa?!" -como molesto-, una simple tos exagerada u otro golpe en la puerta como respuesta al inicial, son algunos de los atajos que diseñé a lo largo de mi vida para evitar decir "ocupado".
En definitiva, los baños, sus usos y sus hábitos, terminan desentrañando las obsesiones, locuras y costumbres que, sin ellos, jamás saldrían a la luz.
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llore de la risa con el ultimo parrafo! hay muchas cosas, tanto en éste ultimo de los baños que lei, como en el resto que llevo leído, con las que me siento muy identificada, muy buenos!
ResponderEliminarGracias, Ale, y perdón la larga demora en la respuesta
EliminarSaludos, tu tocayo