Reconocerse es, a menudo, el primer paso para cambiar las cosas que a uno no le gustan de sí mismo. Bueno, este axioma, tan repetido y muchas veces vacío de contenido como la gran mayoría de estos preceptos, no funciona en este humilde escritor. Reconocerme, para mí, no hace más que imbuirme en las infinidades de mis "problemas" -la palabra es, sin dudas, excesiva-.
Desde chico tengo la costumbre de saludar efusivamente y eso es algo que aún marca mis días."Qué educado, cómo da besos", repetían mis tías incansablemente, mientras yo pasaba largos minutos de cada reunión familiar -por aquel entonces multitunidarias, con más de 20 personas- completando la ronda de invitados besuqueando uno por uno -esa, junto a una similar tendencia de mi padre, es, quizás, la razón más grande de mi aversión a besar a hombres hoy en día-. Era francamente agotador pero sentía, ya no el placer, sino la inclinación natural a hacerlo, y era el único especímen de mi familia que se pasaba tanto tiempo besando parientes.
Es esta tendencia de niño -y al escribirlo me autopsicoanalizo- la que me lleva en mis años adultos a seguir, con otros matices, esa metodología. Y en los comercios. cuándo no, me sucede algo similar. Mi afán saludador y simpático hace que ràpidamente genere relaciones con los comerciantes, sobre todo los verduleros. Un chiste, un comentario, una chanza, son muchas veces el inicio de un vínculo indisoluble que, transcurrido un tiempo, comienza a pesarme.
Así como cuando niño sentía la natural tendencia a saludar a los comensales de mi familia, ahora, de más grandote, siento la obligación de, ante cada paso por determinados negocios, tener que mirar adentro y, si me ven, saludar -y en muchas ocasiones, por temor a quedar mal con un simple saludo, tener que entrar y entablar un diálogo francamente inconducente-, cuando no siempre es lo que más me intetesa hacer. Algunas de las estrategias que he tegido a lo largo de mis años fue, por ejemplo, pasar infaliblemente hablando por celular -así puedo conformar(me) con una levantada de mano-, pasar por la calle de enfrente o, en el caso de las vedulerías, mandar a otro a hacer las compras.
Todos los saludos rápidos, descomprometidos y necesariamente "buena onda", en mi caso ameritan un chiste y esa instantaneidad se expresa unívocamente hacia el lado del sexo. Y para esto la verdulería es, tal vez, "el" lugar indicado. Bananas, nabos, zanahorias, kiwis y hasta algún que otro zapallo calabaza, invarialemente despiertan en el humorista repentino comentarios soeces y comparaciones relacionadas al tema. "Quien pudiera", se repite ante una banana de gran porte; "vos si que sos vicioso", dice el verdulero cuando le pedimos zanahoria, son sólo algunos comentarios infalibles y esperables en una relación de este estilo.
Saber dónde nace este afán es complejo de analizar, pero claramente esto me resta credibilidad y seriedad. Todo saludo ocasional a gente quasio desconocida implica una dosis de buen humor, y muchas veces esa no es mi intención aunque así deba mostrarme."Este no tiene ningún problema", piensan; "A este no le importa nada", creen; cuando en realidad es esa obligación autoimpuesta la que me hace mostrarme así.
No siempre pasa lo mimso con todas las personas. Las más inescrupulosas, o bien te ignoran directamente o son innecesriamente sinceras. Como ese amigo que no veía desde mis años de la primaria y al reencontrarlo, después de 15 años -sí, 15 años-, no tuvo mejor idea que contarme, luego de mi "¿todo bien?" de rutina, su reciente ruptura con su novia que tanto amaba, etc. etc. etc. Esto, que podría haber actuado como enseñanza para mí, no dejó de ser una anécdota simpátioca y de sentar precedente para que, las próximas veces que lo divise, cruzarme de vereda instantáneamente.
Saludar es, sin dudas, una acción natural de la persona, cuando en realidad debería ser algo más selecto. Del mismo modo que me es inevitable pasar por determinados comercios de manera anónima, me sucede lo mismo con la gente que invariablemente voy a ver más de una vez en el día. Del inicial saludo de cordialidad, se pasa a la movida de cabeza, haciendo escala en la levantada de cejas o, por qué no, en comentarios hablados como "no doy más", mostrando claramente un agotamiento q no es tal, o que no es tal por culpa del trabajo sino que, completo, sería "no doy más de tener q saludarte siempre q te veo".
Y es justamente esta última frase la que se da mucho en los gimnasios. Este fenómeno suele suceder mucho en los este lugar donde el 90 por ciento de las personas que asisten se queja precisamente de lo que va a hacer. El "no doy más", es quizás, la frase más escuchada entre los pesistas de turno. O sea; de lo que se quejan es a lo que van. Vaya paradoja. El agotamiento producto de la exigencia física, sumado al calor, por ejemplo, genera comentarios como "no se aguanta", mientras se respira profundo y se hace que NO con la cabeza. No ostante, la rutina se cumple al pie de la letra, pero siempre con la tendencia a la queja a flor de piel, y este es otro capítulo que más adelante seguiré tratando.
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Creo que tengo el mismo problema, en mis reuniones familiares siempre me la pasaba saludando con beso, mientras que mi hermana apenas movia la cabeza una sola vez para saludar a los 50 que eramos, y cuando yo terminaba de saludar ella ya dormia. Esto me llevo a interminables anécdotas. Una vez estaba en nini con mi mamá, ya estabamos en la cola y se le ocurrió que le faltaba algo y me lo mando a buscar, para colmo en nini osea que tarde como 15 minutos para encontrar lo que me habia pedido, cuando vuelvo a la cola, ella estaba muy de charla con una persona, que yo creía que nunca la habia visto en mi vida, pero bueno ella no tuvo mejor idea que decirme te acordas de él, mmmmmmm, no me acordaba pero bueno por respeto saludé con beso, el sodero que venía a casa me dice, jaja yo pensaba el soderooooo bue.. Saludé, a él, a la mujer y al hijo, ponele, cuando termino de darle un beso al hijo, mi vieja me dice, el no tiene nada que ver, jajjaja era el chico que seguia en la cola, bue me subio el calor me puse puka(colorada) y le dije jajja te ganaste un beso mio, como para zafar. Y asi miles, me pasa por ser simpática.
ResponderEliminarjajaj recién acabo de leer tu comentario. Si te tengo que contar una anécdota, debería contarte miles, porque muchas veces ser "el simpático" de las reuniones termina significando un peso insoportable; pero, como no conozo grises, ahora suelo pecar más por "mala onda" que por "simpático", aunque en el fondo esa ya sea una lucha perdida... un place y gracias por pasar a visitar mi blog.
EliminarAle